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Cada sábado, Isabel Tercero llega al café Mará Mará para comprar una canasta de hortalizas orgánicas. Esa canasta es más que todo una unidad de medida, llena de vegetales diversos cultivados por pequeños productores, como acelgas, rábanos, berenjenas, rúculas, eneldos o pepinos.

Mientras recolecta su porción semanal de vegetales en el patio del café y decide qué otros productos comprará ese día, interactúa con otros “canasteros” o con los mismos productores de vegetales para intercambiar experiencias de hábitos saludables y hacer preguntas sobre la producción de los alimentos, mismos que su esposo cocinará durante la semana. Rábanos producidos libres de agroquímicos.

Tercero, de 49 años y economista, rememora en cada encuentro los mercaditos locales que existían antes. Asegura que en las canastas, como le llaman también a los encuentros, se puede interactuar con otras personas que como ella, priorizan estilos de vida saludables.

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Isabel es una de las cincuenta personas afiliadas a La Canasta Amarilla, una iniciativa que se ha propuesto facilitar la compra de productos agroecológicos y orgánicos mediante un vínculo directo entre productores y consumidores.

“Se asume que las personas que participan en esta iniciativa comparten la preocupación de contar con una dieta sana, y a la vez fomentar la producción agroecológica y orgánica, mediante la compra directa de productos a precios razonables”, comenta Irene Lindenhovius, socia de la iniciativa.

Dieta Sana

“Uno de los propósitos de la Canasta Amarilla es también brindar información a personas interesadas sobre la alimentación sana, la producción limpia y la integralidad de construir una vida saludable”, sostiene Lindenhovius.

Tercero afirma que esa es una de las principales razones por las que ella compra allí, ya que “uno nunca sabe qué tipo de químicos tienen las hortalizas que uno compra en otros lugares”. Agrega que los productos son frescos y diferentes a los vegetales tradicionales, lo que a su juicio propicia que el consumidor tenga una canasta variada de productos.Productores y consumidores se encuentran directamente.

La economista asevera que siempre le ha gustado la cocina alternativa. “Me gusta probar cosas raras”, afirma cuando se le pregunta sobre su motivación para comprar vegetales que no son tan populares en Nicaragua, como la acelga, el hinojo o el nopal.

Pero ese no fue el caso de Marjorie Cruz. La primera vez que probó la rúcula, por ejemplo, arrugó la cara por la acidez de la hoja. Ahora ya se ha acostumbrado a consumir ciertas hortalizas no tradicionales de la cocina nicaragüense.

“Mi esposo es productor y empezó a llevar hortalizas a la casa. A mí no me gustaban, pero empecé a probarlas y ahora ya me familiaricé con ellas. Siempre hay que tener la mente abierta, uno no tiene idea de la cantidad de nutrientes que tienen estas plantas”, afirma.

Con ella concuerda Tercero, quien afirma que “hay cosas que no se consumen en el país simplemente porque se desconocen”. Defiende que “habría que llevarle los productos a la gente para que los probara, talvez haciendo unos platos como para introducir ese tipo de comida”.

Y ese es precisamente el indicador de éxito de La Canasta Amarilla. Peter Schaller, otro de los socios, destaca que su objetivo no es perseguir fines lucrativos, sino “ir educando a la gente en cómo mejorar la salud, y a la vez proteger nuestros recursos naturales. La medición de éxito depende realmente del nivel de conciencia que vamos generando y el interés por el cambio”.

Schaller también destaca que la invasión de comida rápida y procesada es un “tremendo peligro” para la población nicaragüense.

Por poner un ejemplo, el Censo Nutricional del Ministerio de Salud, realizado entre febrero y abril de este año, reveló que la desnutrición aguda y el sobrepeso son los problemas de mala alimentación que más afectan a los niños y niñas nicaragüenses.

El 10.5% de los menores de dos años tiene sobrepeso, mientras que un 5.3% de este segmento ya padece de obesidad a esta edad. Mientras que la desnutrición aguda afecta al 12.8% de niños y niñas menores de 5 años, y al 10.1% de los menores de entre 5 y 6 años de edad.

Producción orgánica

Schaller también afirma que este espacio es una manera de que los consumidores puedan tener seguridad sobre el origen de los productos y conocer a las personas que los producen.

Desde su finca en Santa Teresa, Carazo, Félix Benjamín Peña transporta sus rábanos a Managua. “Este rábano no tiene pero ni una pizca de ningún tipo de contaminante químico”, asegura.

Él es uno de los productores que mantiene un diálogo abierto con los canasteros que llegan al café de la colonia Centroamérica.

“Vender aquí es una experiencia más bonita, porque interactuás más con las personas, conversás, conocés gente que produce otro tipo de hortalizas, la gente nos pide que produzcamos otro tipo de productos, cosas que no se encuentran en el mercado”, asegura Félix, quien además de rábanos produce zanahorias, eneldos, berenjena, tomate cherry, cilantro, espinaca, rúcula italiana y otras especias como tomillo o romero.

El productor caraceño compara su experiencia vendiendo en las canastas con otros de los clientes a los que abastece, como restaurantes de comida china y mexicana. “Los restaurantes no te exigen que los productos sean libres de agroquímicos, compran cantidad; mientras que aquí (en las canastas) estos compradores tienen la motivación de comer sano, libre de contaminantes, ellos lo que compran es calidad”, contrasta.

Peña, quien ya tiene casi tres años de participar en La Canasta Amarilla y otras canastas que han surgido en la capital, afirma que producir de forma biointensiva requiere más dedicación y esmero. El reto más grande es, sin embargo, lograr la climatización de las semillas, que en su mayoría son importadas.

Lindenhovius destaca que desde la iniciativa de la que es parte, hay una comisión que se encarga de valorar solicitudes de nuevos productores. “Producir orgánicamente no es fácil y aceptamos productores no certificados o productores que están dispuestos a mejorar sus procesos de producción”, detalla. Pero se aseguran con visitas de campo y seguimientos que los productores están siguiendo un modelo biointensivo.

La dinámica

En Managua existen diversos tipos de canastas, pero todas funcionan de una manera similar. Los consumidores eligen los productos de una lista de hortalizas y vegetales, las cuales varían dependiendo de la temporada y los productores y arman su canasta. Las formas de entrega varían, algunos se reúnen ciertos días a determinadas horas, y otros cuentan con servicio de entrega a domicilio.

Los canasteros de la colonia Centroamérica se reúnen los sábados de once de la mañana a una de la tarde para retirar sus pedidos, “pero también para compartir experiencias, recetas y saberes”, según una de sus socias. Aquí los consumidores no son clientes, “ya que esta es una iniciativa colectiva donde las personas que participan aportan desde su propia área de experiencia al crecimiento y sostenibilidad de la iniciativa, donando tiempo para organizar la repartición de canastas u organizando charlas sobre un tema de interés común”, señala Lindenhovius.

Además, los canasteros pagan una membresía anual de quinientos córdobas, aunque “no hay obligación de hacer pedidos semanales”.

Los productos de La Canasta Amarilla tampoco se limitan a hortalizas, también ofrecen productos procesados, como cáscara de naranja caramelizada o vinagre, productos de limpieza como plaguicidas para plantas y productos de cosmética natural como exfoliantes. Los precios los determinan los productores, “a estos se les agrega un porcentaje mínimo para cubrir gastos administrativos y de transporte”, indica Lindenhovius.

Tercero gasta semanalmente entre 500 y 700 córdobas en su canasta, para alimentar a su familia de tres miembros. Aparte compra otras verduras como tomates, chayotes o cebollas.

Una vez que recibe sus hortalizas y productos orgánicos, Tercero los organiza dentro de dos saquitos de tela que ha traído desde su casa. Se acomoda uno en cada hombro y se despide, esperando regresar el próximo sábado, porque “el día que no hay canasta, ya uno se siente triste”.