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Juan Peralta Lira es un productor de San José de Bocay, Jinotega, que a sus 40 años tiene siete hijos, ha tenido dos matrimonios, llegó a tener hasta 17 “queridas”, y reconoce que a su antigua esposa la golpeó varias veces cuando discutían. Hasta hace tres años estos comportamientos le parecían completamente normales, pero ahora asegura que está cambiando.
Cuando tenía 11 años su papá y sus dos hermanos mayores se fueron a la guerra y él se quedó como “el hombre de la casa”. A los 19 tuvo su primera pareja y con ella vivió durante 18 años. Tuvieron cinco hijos y nunca supo lo que es cambiar un pañal, jugar con ellos o llevarlos al colegio. Era infiel y dominante. En su casa no se le discutía una sola palabra. 

“Mujer que me hallaba y se ponía de tiro, iba conmigo. Si se daba cuenta mi esposa y me reclamaba no me importaba porque le decía que ella era la oficial y en la casa no le faltaba nada. Ahora me da pena contar estas cosas pero es necesario hacerlo para que otros se den cuenta que es incorrecto, que es un irrespeto a la mujer”, relata.

“Yo era de los que me gustaba tener mi mujer en la casa, pero me gustaba tener mis amantes. Por andar con esas mañas mi primera esposa me dejó y sufrí mucho porque tras la separación nos separamos de los hijos, ella se llevó dos y a mí me dejó tres”, agrega.

Cambios

El cambio llegó hace tres años cuando se incorporó a los talleres del proyecto “Salud y prevención de la violencia” ejecutado por un consorcio de organizaciones públicas y autónomas, con fondos de Anesvad, una organización nacida en España. 

El proyecto trabaja actualmente con 410 hombres de 10 comunidades de San José de Bocay, pero anteriormente se aplicó en El Cuá, Rancho Grande, Pantasma y San Ramón, indica Johnny Jiménez, facilitador del programa.

Douglas Mendoza, de Puntos de Encuentro, refiere que la iniciativa comprende cursos compuestos por 10 módulos que abarcan temas como la socialización de los hombres, cómo se aprende la violencia, la sexualidad, la afectividad masculina, la paternidad y las nuevas masculinidades. 

Sobre la violencia física, Peralta es tajante en decir que “el hombre que le pega a una mujer no es hombre, hay que respetarlas porque de una mujer soy hijo y es feo estarle pegando a una mujer semejante a mi madre”.

Él asegura que está cambiando: desde hace cinco años tiene nueva pareja con la que tiene dos hijos y a la que dice nunca le ha sido infiel, evita los piropos e incluso no se ha opuesto a que ella sea parte de los talleres de empoderamiento femenino. 
“La educación nos ha venido a cambiar grandemente, nos han hablado de cosas que tanto para hombres como mujeres nos parecían normales y que verdaderamente están mal. No es que ya cambié completamente, esto no es de la noche a la mañana. Es un proceso que me ha llevado ya tres años”, dice Peralta.

“Andar en talleres no es de hombres”

Manuel Isaías Pérez Rivas, agricultor de Rancho Grande, de 44 años, también se ha incorporado al programa y dice estar experimentando cambios. Cuando tenía 14 ingresó a la guerra y cuando el conflicto terminó él tenía 17.  A los 19 se casó con su primera y única mujer, asegura. Pero también le fue infiel en varias ocasiones.

Su esposa lo dejó por un tiempo y luego retomaron la relación.  “Mi infidelidad a ella le generaba problemas psicológicos y ahora me arrepiento”, cuenta.

Tanto Juan Peralta Lira como Manuel Isaías Pérez reconocen que ingresaron a los talleres creyendo que “andar en talleres no es cosa de hombres”, pero una vez dentro poco a poco fueron experimentando cambios  y ahora tratan de incentivar a otros para que tomen los cursos.

“Los hombres de Bocay nos hemos dado cuenta que ser hombre no es nacer solo con los genitales y tomar alcohol, sino el que aprende los quehaceres de la casa, comparte con la mujer y respeta su espacio”, concluye Pérez.