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Sentadas en el patio de la casa de sus abuelos en Mateare, Yamileth, de 15 años, y Antonia, de 18, intentan recordar cómo ha cambiado su vida desde que su padre asesinó a su madre.

Las dos hermanas y sus dos hermanos menores dejaron a sus amigos, su vida familiar y sus rutinas para vivir con sus abuelos, a quienes visitaban cada dos o tres años. Enterraron a su mamá y simbólicamente también a su papá. “Yo no quiero saber nada de él”, dice la joven, --a veces interrumpida por el cerdo que se retuerce en el lodo a unos cuantos pasos de su silla--. “Fue difícil venir a vivir aquí”, dice Yamileth.

Ellas son como dos caras de una misma moneda. Una es extremamente reservada y la otra es comunicativa. La de 15 es bastante morena, de pelo lacio y ojos café claro, y grandes. La de 18 es blanca y tiene el pelo rizado, de las dos es la que más se parece a su madre. Antonia quiere ser estilista y Yamileth abogada. 

Yamileth y Antonia tienen otros seis hermanos mayores que viven en sus propias casas. 

En la escuela donde Antonia cursa sexto grado saben la historia de ella y sus hermanos, pero no se la recuerdan “porque cuando lo hacen me pongo a llorar”, cuenta casi susurrando, mientras sus hermanitos pasan corriendo al lado de ambas, jugando a perseguir gallinas. 

“Le da un torozón en el corazón”, explica Yamileth, quien desde este año estudia la secundaria todos los sábados en Ciudad Sandino. 

Ambas ayudaban a su madre a vender leña y se ocupaban entre todos de los oficios del hogar, sin ir a la escuela. Cuando se mudaron con los abuelos, entraron todos a otra primaria. Su abuela bañaba a los más pequeños por las mañanas y su abuelo los dejaba en clases. 

Digna Mercedes Fuentes, de 69 años, dice que “venían con el pelo hasta aquí”, refiriéndose a los varones y señalando su hombro. “Y yo se los di a volar”, completa después, mirando a los niños, como acordándose de ese día en que llegaron a quedarse, hace seis años. 

Ramón Saravia, el abuelo que en un par de años cumplirá 100, conoce bien la situación de sus nietos. Él también fue huérfano. Su madre murió cuando él tenía cinco años y a su padre nunca le conoció. Se crió en el Hogar Zacarías Guerra y sufrió el abandono total de su familia. 

“Yo quedé solitario en la llanura”, dice el anciano. Ahora la vida lo ha situado en el otro lado de la historia. Se ha convertido en la figura paterna de sus nietos, con quienes suele platicar por las tardes, desde el tronco de árbol donde pasa horas sentado. 

Yamileth se acomoda en su catre, en el que tiene que encogerse mientras duerme para que no se le salgan los pies, y Antonia en una cama contigua. De vez en cuando ven noticias. La primicia de que otra mujer asesinada por su pareja se apodera de la pantalla, la hermana menor piensa de inmediato en los niños y dice a su hermana: “Mirá Toña, igual que a mi mama. Igual que a nosotros, los dejaron motos”.

Preoceso doloroso

Las madres de las víctimas del femicidio enfrentan un proceso doloroso y complejo, explicó Elsania Espinoza, psicóloga experta en atención integral a la familia.

Desde hace algún tiempo esta psicóloga atiende a tres abuelas que sufrieron la pérdida violenta de una hija a manos de sus parejas. Ahora a las abuelas les toca criar a los nietos que quedaron sin su mamá.

Ella precisa que cada abuela vive el proceso de duelo de manera distinta, pues cada una cuenta con una red de apoyo diferente.

“Esto depende (la recuperación) de la red de apoyo con la que cuenten la abuela en la casa, de la edad, y depende también si laboralmente está estable o no, y cuál era el rol que desempeñaba su hija”, dijo Espinoza.

Los femicidios dejan a las familias destruidas y con el enorme reto de criar a los huérfanos. Archivo/ENDAlgunas abuelas dejan a un lado su propio proceso luctuoso por atender las necesidades emocionales de sus nietos. 

“Ellas se sienten sin herramientas, se preguntan constantemente qué deben hacer para apoyar a sus nietos además de estar pendientes de la comida y los estudios”. Muchas incluso niegan que están atravesando una situación que requiere atención especializada. Esto puede traer consecuencias emocionales y físicas entre estas mujeres de avanzada edad, explica Espinoza.

“Está demostrado en estudios que están las somatizaciones, aunque digas que estás bien, si no lo trabajas entonces lo somatizas con alguna dolencia física, ellas están padeciendo desórdenes gastrointestinales, migrañas y dificultades vasculares a partir del suceso”, agregó la especialista.

Carga económica

Además de aprender a sobrellevar la carga emocional de la pérdida de su hija y retomar un rol de madre para los nietos que quedaron a su cargo, estas madres en la mayoría de los casos también asumen solas la manutención de más de un nieto.

“Quizá antes ella solamente se dedicaba a los quehaceres de la casa, los niños llegaban el fin de semana, pero ahora le toca asumir el rol de mamá y estar pendiente de las reuniones de los niños, y no es lo mismo estar atendiendo a un niño que a tres o cuatro”, agregó Espinoza.

Familia paterna rechaza

Por otra parte, la familia paterna y materna de los niños huérfanos entra en conflicto, manifiesta la experta. “Si el hombre está preso, la familia de este se siente molesta porque culpa a la mujer por esta situación. Los niños no quieren visitar a la familia paterna porque es la familia del padre que mató a su mamá”, comentó.

Esta situación la atraviesa Jazmina Morán Rodríguez, madre de Yessenia Suyén Montenegro Morán, asesinada el 8 de enero de este año en una gasolinera de Matagalpa. El femicida, su pareja, Douglas Antonio Zamora Valle, fue condenado a 30 años de cárcel.

“Ella era el único sostén de la casa y me ha hecho falta, y me seguirá haciendo falta porque es mi hija y sus recuerdos yo los llevo dentro de mí”, expresó Jazmina Morán Rodríguez.

En estos meses ha trabajado y luchado para que a su nieto de un año y medio no le falte nada, desde la leche hasta la ropa que utiliza el pequeño. Se la rebusca con los 1,170 córdobas que le entrega el Seguro Social como un derecho que por ley le corresponde al menor.

De la familia del padre hasta la fecha no ha recibido nada. “Yo agradezco a la Defensoría Pública que al principio puso a disposición un psicólogo que vino un día y me preguntó cómo me sentía, y yo le dije: ¿cómo me ve usted?”.

“El niño tenía apenas un año y unos meses de nacido (cuando perdió a la madre). Uno se pone a platicar y ver las fotos de la mamá, él ve la foto y dice ‘es mi mamá’, mi hermana me dice que le enseñe las fotos, pero yo le digo que no, que va a tener el tiempo, él va a asimilar eso, pero cuando se para en la puerta y ve pasar a una mujer hermosa dice que es su mamá, yo digo que se le quedó grabado la imagen de ella en la mente”, declara Morán.

Al referirse a la familia paterna del niño, asegura que en ningún momento visitan al niño y la gente murmura. En una ocasión el padre mandó a decir que le mandara un listado de lo que necesitaba el niño, “y yo le di razón a la persona que él bien sabe su obligación como padre y que no hay necesidad de mandar papel ni nada, pero no dio nada y ya andaban comentando que me estaban entregando dinero para el niño”, señaló la abuela.