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Esther del Socorro Guevara Romero, es una mujer que a sus 42 años de edad ha luchado durante nueve años en su negocio de comida, ubicado en el mercado municipal de la ciudad de Diriamba.

La emprendedora comenta que cuando inició con el negocio fue muy difícil porque cometió el error de trabajar con dinero prestado.

“Lo más duro es deber dinero, porque los prestamistas te van consumiendo, ya que el interés es muy alto, pero poco a poco comencé a luchar, tenía el tramo, pero no tenía las herramientas necesarias. Primero fueron cuatro piedras mi cocinero y unas cuantas pailas que traje de mi casa y poco a poco fui creciendo y modificando mi negocio”, dijo Guevara.

Junto a sus dos hijas y esposo ha batallado y traspasado fronteras, también ha logrado mantener su clientela, hacer un menú regular y algo diferente para los fines de semana.

“De lunes a viernes tengo un menú variado y logro vender 60 platos de comida, los fines de semanas el plato fuerte es el vaho y los nacatamales, las ganancias van variando, pero siempre trato de ganar el cien por ciento”, indicó Guevara.

A pesar que en su negocio siempre hay comida variada, Guevara aduce que sueña con tener un rancho muy grande donde la especialidad sea todo tipo de sopas.

“A diario le pido a Dios que me ayude a realizar mis sueños, quiero dedicarme a preparar y vender solo sopas, me encanta porque se le gana bastante y uno se friega menos y es una comida que la gente busca mucho, pero mi sueño es realizarlo en un rancho, algo bien diferente”, expresó la emprendedora.

Alma caritativa

Cada tres meses doña Esther realiza más de 30 platos de comida, los cuales los regala al comedor de la tercera edad de Diriamba.

“Lo hago en memoria a mi papá que falleció hace un año, él me decía que teníamos que ser caritativos y dar al necesitado, de lo poco que Dios me regala yo preparo esa comida y me voy al asilo y yo misma le sirvo a los ancianos”, aseguró Guevara.

También apoya con su mano de obra en la iglesia evangélica Impacto de Dios, ubicada en el municipio del Rosario, donde ella y su esposo se congregan.

“Yo en la iglesia cocino y ayudo a vender la comida, lo hago con mucho amor porque estamos levantando un templo para adorar a Dios, también lo hago en forma de agradecimiento a mi creador  por ayudarme a salir adelante y preparar a mis hijas, pues una ya es profesional y la otra cursa el cuarto año de secundaria y le doy trabajo a una persona que me apoya en el negocio”, añadió Esther.

Guevara dice que la perseverancia, obediencia a Dios y sobre todo el bajo precio de su comida, la han llevado a salir adelante, pero sobre todo aprendió la lección de no volver a tratar con un prestamista.