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I

Me encerraba y no quería ver a nadie. Solía estar siempre de malhumor y tratar mal a los demás, luego vinieron los insomnios y pensé que se debía al estrés, el trabajo, ¡o qué sabía yo! Pero más tarde vino la ansiedad, el miedo, la taquicardia, ¿qué era eso?

Quien relata esta experiencia tiene 30 años y nació en Juigalpa. Su diagnóstico: trastorno depresivo.

Sigamos leyéndolo:

La primera cita con el psiquiatra fue algo incómoda. Hasta ese momento no estaba acostumbrado a hablar de lo que sentía. Problemas no tenía, ¿traumas? Menos. Después de recetarme antidepresivos y ansiolíticos me dijo que todo había sido provocado por la relación con mi papá y, probablemente, por el entorno familiar. Tenía entonces 24 años.

Vivimos en una sociedad en la que el maltrato a veces se disfraza de educación o corrección paterna. Mi padre nunca golpeó a mi madre, pero ante la mínima queja a mi hermana y a mí nos pegaba; si había malas notas, había faja; si nos portábamos mal fuera de la casa, también había faja. Si de repente no comía, sin duda había faja.                        

Quien cuenta todo lo anterior no forma parte del registro del Ministerio de Salud (Minsa), en el que se indica que el año pasado 5,274 nicaragüenses tenían una enfermedad mental crónica. 

Francisco Chavarría, de Granada, sí pertenece a estas estadísticas. Diagnóstico: depresión severa y trastorno bipolar.

Después de 27 años de dar clases me agobié. Estaba sobrecargado. Al salir de la escuela llegaba a casa para encerrarme en mi cuarto. Tenía entonces 48 años y problemas familiares. No conciliaba el sueño y sufría de muchos dolores de cabeza. 

Un día me preocupé y acudí al hospital. Descartaron afectaciones neurológicas y me remitieron con un psiquiatra. Me resistí, ¡eso es para los locos!, al final mis cuatro hijos y mi esposa me convencieron de ir.

De no haber ido estaría muerto. Mi problema era tan grave que una junta de médicos declaró mi incapacidad laboral y me jubilé 12 años antes de tiempo. Apartarme de las aulas me afectó más. Diez años después me decretaron trastorno bipolar, ahora tengo seis años de convivir con él. 

Si un día no tomo la pastilla para la bipolaridad no estoy en paz: me sofoco, me da más ansiedad de lo normal, grito y me pongo de malhumor. Para dormir debo tomar dos lorazepam, pero la medicina y el apoyo familiar que recibo me mantienen bajo control.

Francisco calla.  Ahora habla Óscar Martínez, carpintero, 57 años, padre de cinco varones y una mujer. Diagnóstico: trastorno de ansiedad. 

Cuando tenía 13 años desperté en la madrugada y el techo de mi casa había colapsado. Era el 23 de diciembre de 1972 y un terremoto de 7.2 grados había azotado Managua.

Al ponerme de pie empecé a temblar incontrolablemente y así permanecí durante dos horas más. Antes de ese día no había experimentado esa sensación. Desde entonces no hay un solo día en el que no haya sentido miedo, frustración y angustia. 

Ahora no tolero subir a los buses ni me gusta sentirme solo, hablar con extraños o salir a la calle. Las personas de mi barrio me conocen como el carpintero, pero muy pocos conocen mi estado de salud mental.

Cada día puedo sufrir de ataques de ansiedad en más de cuatro ocasiones, algunas más fuertes que otras. El 30% de mis crisis han sido de llanto y el 70% de tristeza profunda y desánimo, algunas veces marcada por otra situación como problemas en mi familia, sustos y enojos.

Cuando tengo que subir a un bus cierro los ojos y trato de ocupar la mente en otra cosa. Cuando tengo una crisis de ansiedad, un miedo incontrolable se apodera de mi mente, pienso que me puede pasar algo malo o que yo puedo hacerle daño a los demás.

Siento dolor de cabeza, dolor en el estómago, sudo más y mi corazón se acelera. Fui diagnosticado en 1996 cuando tenía 37 años. Aunque los especialistas me dijeron que no está relacionado con lo que pasó en el terremoto, ni yo siento que eso me haya impactado tanto para desarrollar la enfermedad, después de ese suceso, la ansiedad comenzó a invadir cada parte de mi vida.

Hace tres años no voy donde el psiquiatra.

II

El problema de la salud mental debe ubicarse en el contexto histórico en el que cada persona elabora y realiza su existencia en la telaraña de relaciones sociales, explica la psicóloga Martha Cabrera, especialista en terapia de constelaciones familiares.

“La salud mental hay que verla no de adentro hacia fuera, sino de afuera hacia dentro”, agrega Cabrera y en seguida se pregunta: “¿Cuál es el afuera que viven los y las nicaragüenses? Desempleo, migración, falta de oportunidades, baja autoestima colectiva, una sociedad machista y autoritaria y a cultura de silencio muy arraigada, que tal vez es menor que la de El Salvador o Guatemala, pero aún es muy fuerte”. 

La cultura de silencio se sustenta en un conjunto de creencias, como aquellas que indican que “los trapos sucios se lavan en casa” o por vergüenza.

“Todos estos argumentos están encaminados a ocultar y guardar lo que sentimos, a creer que solo a nosotros no pasa y pagamos un precio alto porque nuestra biología humana no nació para el silencio porque somos mamíferos, gregarios, necesitamos a la otras personas para compartir lo que nos ahoga. Para sanar necesitamos reconocer los que nos pasó y que a todas las personas nos duele lo mismo: la discriminación, la exclusión, la descalificación, etc.”, analiza Cabrera.

Esta especialista se distancia del concepto de salud mental, porque a su criterio “es anacrónico y cartesiano”. El 95% de las enfermedades tienen causas emocionales, las emociones son las que regulan el funcionamiento del cuerpo, si estás en paz, respirás mejor y dormís mejor”, dice. 

Según el Minsa las enfermedades mentales están en el octavo puesto entre las enfermedades crónicas, que más afectan a los nicaragüenses, con una tasa de ocho casos por cada 10,000 habitantes,  pero a nivel de municipio la situación varía. 

En El Sauce, León, las enfermedades mentales están en el sexto lugar, y el nivel de afectación sube a 39 casos por cada 10,000 habitantes. En Granada también son la sexta enfermedad crónica que más ataca a la población con 14 casos por cada 10,000 habitantes.
Otros municipios como San Francisco de Cuapa, Chontales, tienen una tasa de 26 casos por cada 10,000 habitantes. Las enfermedades mentales también están en el puesto número seis en municipios como Estelí, Nueva Guinea, Condega, San Rafael del Norte, El Coral, San Sebastián de Yalí y San Pedro de Lóvago.

El psiquiatra Humberto López, quien tiene 51 años como especialista, considera que las enfermedades mentales crónicas no deberían estar en el puesto ocho de la lista a nivel nacional, sino en uno de los primeros lugares, puesto que en la estadística están los pacientes con trastornos mentales severos y estos representan un porcentaje bastante bajo en comparación con la cantidad de personas en Nicaragua que precisan de asistencia psiquiátrica.

Guillermo Gosebruch, especialista en psiquiatría y máster en salud pública, coincide que las cifras oficiales tiene un subregistro porque el Minsa solo contabiliza las personas y atenciones que brinda en hospitales o centros de salud, “pero en realidad hay mucha gente que no acude a un psiquiatra o psicólogo porque en general hay un estigma”.

Los tabúes impiden que los nicaragüenses usen los servicios de salud donde hay un psiquiatra, porque hay desinterés por parte de la población, sin importar el nivel cultural. Cuando una persona busca atención psiquiátrica es vista como “el loco, la loca”, sostiene el psiquiatra López.
Las enfermedades mentales crónicas a las que se refiere el doctor López como las más severas son la esquizofrenia, la psicosis maniacodepresiva y la psicosis paranoica. Sin embargo, los trastornos de la personalidad y trastornos emocionales como la angustia, la depresión y la ansiedad son un problema de salud pública en Nicaragua, en especial porque no se busca asistencia de especialistas.  

En el sistema de salud actual si una persona presenta un problema de este tipo y acude a un centro de salud, lo que se hace es brindarle un antidepresivo y, en dependencia del caso, se le transfiere a un psicólogo, comenta el doctor Guillermo Gosebruch.

Él revela que las personas más afectadas por las enfermedades mentales tienen entre 15 y 25 años, aunque esto depende de la patología. La depresión tiende a presentarse de los 25 años en adelante, la esquizofrenia afectar a personas entre los 15 y los 25 años.

“Hay lugares donde solo hay la prescripción. Lo ideal sería que haya un psiquiatra en todos los municipios con equipos de salud mental”, recomienda Gosebruch.

¿Episodios o enfermedades?

A diferencia de una crisis o los estados delirantes en las que una persona pierde la razón en una circunstancia determinada —como una crisis emocional intensa, el efecto de una droga o un golpe en la cabeza— las enfermedades mentales son la alteración de las funciones de la mente, presentada por episodios o de manera continua, afirma el doctor Humberto López.

La enfermedad mental crónica altera funciones como la atención, la consciencia, el pensamiento, el lenguaje, y principalmente, el sueño; además de requerir tratamientos para que la persona pueda estar bien, argumenta el psiquiatra.

Gosebruch agrega que hay que tener en cuenta que las enfermedades mentales están dentro del grupo de males crónicos que más atacan y con esto se debe estar claro que “las enfermedades crónicas son las que van a persistir en el tiempo y que quienes las padecen deberán recibir tratamiento por un largo período”.

La pregunta del millón es ¿cuáles son las causas de las enfermedades mentales? El doctor López sostiene que esta inquietud tiene un millón de respuestas: pueden ser tóxicas, genéticas, traumáticas o infecciosas.

Mientras que en las enfermedades mentales severas la predisposición genética juega un papel fundamental, no precisamente una “herencia”, sino una tendencia de repetirse en los hijos y nietos. Entonces, cuando ya hay una tendencia hacia la enfermedad mental y la persona se expone a un cuadro de alta presión, el trastorno será más evidente, frustrante y agudo, destaca López. 

Los factores sociales de la actualidad, como la desintegración familiar provocada por la migración, el desempleo y la incertidumbre por el futuro ocasiona que cada día haya más nicaragüenses que vivan angustiadas, tensas e inseguras. 

Gosebruch indica que otros detonantes de estos padecimientos tienen que ver con el estrés ambiental: cambios de trabajo, duelos, la violencia y la pobreza.

El doctor López lo ilustra con una situación común en las familias nicaragüenses: un padre de familia que llega de su trabajo por la noche y no quiere estar con su familia porque está irritable; este hombre está pasando por un cuadro de frustración o ansiedad que si no se controla, puede causarle un estado depresivo. 

Sin embargo, los mismos tabúes no permiten que ese padre de familia busque ayuda psicológica y en cambio, relacione su malestar con enfermedades físicas, como el “aparente” dolor de cabeza, del estómago y hasta afecciones del sistema respiratorio y gastrointestinales, que en realidad tienen una causa emocional, precisa el psiquiatra.

III

En 2003 dos médicos y familiares de personas con problemas mentales se reunieron en Granada para formar una asociación con el propósito de buscar medicamentos y capacitar a familiares sobre las enfermedades mentales. 

Hasta ahí llegó el maestro Francisco Chavarría, quien actualmente es presidente de esta organización.

Cada sábado unas 50 personas se reúnen en su casa para recibir talleres sobre autoestima, liderazgo, cooperativismo, convivencia, derechos humanos, manualidades, leyes sobre discapacidad y demás temas que empoderen a los miembros sobre sus habilidades y derechos.

La misión de la organización es vital, dice, tomando en cuenta que en Granada las enfermedades mentales se ubican en el sexto lugar entre las que más se registran en el departamento.

“Nosotros somos tres veces pobres, primero porque no trabajamos, segundo porque la familia también es pobre y no trabaja y tercero porque hay que buscar para conseguir el medicamento”, dice Chavarría. 

La opción de los nicas que viven con una enfermedad crónica o un trastorno mental es integrarse a sus familias con tratamientos adecuados y que los demás integrantes del núcleo familiar identifiquen las situaciones de riesgo que puedan agravar sus problemas de salud mental, opina el doctor Miguel Orozco, especialista en salud pública y director del Centro de Investigaciones y Estudios de la Salud de la UNAN-Managua. (CIES-UNAN).

Óscar Martínez, el carpintero, confiesa que su enfermedad ha sido una muralla entre él y sus familiares debido a que no les ha dedicado mucho tiempo.

“Me hubiera gustado ser músico o mecánico, pero en muchos momentos mi mente boicoteó estas metas”. 

La última vez que Óscar subió a un bus fue en diciembre pasado, cuando venía de San Bartolo, Nueva Segovia, después de estar allá por varios días. Cuando logró bajar del transporte público, respiró hondo y sintió que había realizado la proeza más grande de su vida. 

“Para algunos una gran proeza es poner un negocio, para mí es montarme en un bus y llegar a mi destino”, dice.

Es importante no  automedicarse

Los costos de tratamiento son elevados en el caso de las enfermedades mentales. En el caso de la depresión, que es la más común, según los expertos, el tratamiento debe ser tomado por al menos seis meses y debe ser prescrito por un especialista.

Este consiste en tomar un antidepresivo al día que en dependencia del laboratorio que lo fabrica y la farmacia que lo vende, podría costar entre 30 y 70 córdobas. 

La automedicación en estos casos también debe ser regulada, sugieren los especialistas. “Muchos pacientes que están tristes se toman un antidepresivo la semana que se sienten mal y está clarísimo que estos medicamentos tienen un tiempo más largo de uso. Lo ideal es no automedicarse y acudir al médico sin miedo porque la mayoría de la gente desconoce los efectos secundarios”, recomienda  el doctor Guillermo Gosebruch.