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Subía a su bicicleta cuando de pronto sintió una brisa en el rostro. Faltaban unos 15 minutos para las 8:00 p.m. Daniel Ramón Salinas, mesero del legendario Hotel Lacayo de Poneloya, León, iba a comprar arroz y al sentir la brisa volteó a ver hacia atrás: el mar se recogía. “¡Oe, se mete el mar!, ¡se está metiendo el mar!”, gritó a las mujeres que estaban en la cocina del local viendo una novela. Enseguida fue arrastrado por el agua.

A orillas de las costas de Masachapa, mientras planchaba dos tareas de ropa y miraba la telenovela venezolana Rubí, Yolanda Velásquez sintió un temblor y escuchó un ruido, pero pensó que se trataba de bombas de fumigación. En realidad era el sonido que produce el lecho marino cuando se fracciona. Era un sismo.

Doña Carmen PérezYolanda salió al patio y observó cómo el mar se retiraba. Luego vio cómo el agua venía tras ella. “¡Las niiiiñas!”, gritó a su nuera, refiriéndose a sus tres nietas, quienes estaban dentro de la casa. Corrió, pero no logró avanzar mucho. Fue arrastrada por las olas, golpeada contra barriles y paredes hasta que quedó prensada entre unas tablas. Cerró los ojos y sintió que moría.

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25 años han transcurrido desde aquel 1 de septiembre en el que una ola gigantesca destruyó gran parte de la infraestructura en la costa del Océano Pacífico de Nicaragua, provocando al menos 170 muertos, 63 desaparecidos, 486 heridos y más de 13,500 personas sin hogar, según un documento publicado ayer por medios oficiales y escrito por los investigadores Nicolás Arcos, Paula Dunbar, Kelly Stroker y Laura Kong.

El informe titulado “El maremoto de septiembre de 1992 en Nicaragua y su impacto en el desarrollo”, publicado por la Comisión Económica para América Latina (Cepal) en octubre de 1992, refleja que este fenómeno afectó a 26 poblaciones localizadas a lo largo de los 250 kilómetros de la franja costera del pacífico del país.

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De acuerdo con la Cepal, el costo total al que ascendieron las pérdidas fue de US$25 millones.

Idania Hernandez y doña Isabel Pérez.Reportes periodísticos de la época indicaron que la ola alcanzó de 4 a 10 metros de altura y fue causada por un terremoto muy fuerte en el fondo del océano. Nadie pudo dar aviso a las poblaciones costeras del peligro inminente de maremoto debido a que en ese momento no existía la red de alerta temprana del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter).

Las características inusuales del terremoto y el creciente interés por los maremotos -o tsunamis- en Estados Unidos llevaron a la organización del primer Equipo Internacional para la Evaluación de Tsunamis (ITST, por sus siglas en inglés) a documentar los efectos del fenómeno natural.

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El ITST realizó su evaluación a lo largo de más de 250 kilómetros de la costa nicaragüense. Se determinó que la mayor altura de las olas ocurrió en la parte central de la costa de Nicaragua. El maremoto alcanzó una altura de 9.9 metros en El Tránsito, disminuyendo hacia el norte y permaneciendo entre 6 a 8 metros al sur de Bahía Marsella.

En el balneario de El Tránsito el 80% de los edificios fueron barridos. Las olas impactaron como muros de agua en Masachapa, Pochomil y San Juan del Sur. En todos estos lugares el océano es poco profundo y cercano a la costa.En el caso del maremoto de Nicaragua, la velocidad de las olas en su trayecto desde el fondo del mar hasta las costas fue calculada en 120 kilómetros por hora.

El geólogo Eduardo Mayorga explica que, para que se dé un maremoto, se requieren condiciones específicas, siendo la primordial la ocurrencia de un sismo de gran magnitud. “El epicentro del maremoto de Nicaragua en 1992 estuvo ubicado en las coordenadas 11.4 grados norte y 87.2 oeste grados y estuvo localizado a una distancia de 78.2 kilómetros de la costa, frente a Puerto Sandino”, detalla Mayorga.

El científico señala que la intensidad del sismo fue de 7.2 grados en la escala abierta de Richter en el lecho marino, específicamente en la zona de colisión de las placas tectónicas Coco y Caribe.

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“Hubo un terremoto con magnitud fuerte, que ocasionó un deslizamiento en la zona de colisión de las placas tectónicas. Eso ocasionó que un bloque del lecho marino se desplazara hacia abajo, y ese espacio fuera ocupado por una masa de agua que fue ascendiendo de manera vertical, formando las olas en mar abierto que fueron propagándose hacia distintas direcciones. Así se generó el tsunami”, explica el geólogo.

Mayorga refiere que en mar abierto las olas tienen poca  altura, un metro aproximadamente, pero cuentan con una gran velocidad. Conforme la ola va avanzando hacia zonas costeras, el fondo del mar va disminuyendo, lo que provoca que esta reduzca su velocidad pero aumente su altura.

“La altura promedio de las olas en el maremoto de 1992 fue de cuatro metros, pero en algunos puntos de la costa alcanzó diez metros de altura. Eso dependió de la morfología del fondo del mar y también la morfología del terreno firme determinó qué tanto avanzó sobre la costa”, manifiesta Mayorga.END

En el caso del maremoto de Nicaragua, la velocidad de las olas en su trayecto desde el fondo del mar hasta las costas fue calculada en 120 kilómetros por hora.

 Según el especialista, en la costa del Pacífico de Nicaragua existe una particularidad. Desde Puerto Sandino hacia el noroeste están ubicados los grandes esteros y toda la costa es plana. Mientras que de Puerto Sandino hacia el sureste se ubican los esteros pequeños y la costa es más levantada.

 “Eso significa que una ola de cuatro metros en un balneario de superficie completamente plana penetra varios metros en la costa y se detendrá hasta donde la superficie del terreno sea igual o mayor a la altura que trae”, dice el científico.

Cuando Yolanda Velásquez abrió los ojos, el agua había desaparecido. Seguía de pie, prensada entre tablas y arrinconada en la esquina de un cuarto. Sus hijos, quienes habían conseguido huir a tiempo, la buscaban entre los escombros de la casa. “Yo quería hablarles y no podía. Solo logré pujar”, recuerda. Así lograron rescatarla. 

“Aquello era un desastre”, dice al describir la escena que vio cuando pudo salir del cuarto. Los techos y puertas de las casas estaban derribados, sus enseres yacían despedazados a lo largo de la costa. El mar se lo había llevado todo. Lo que no se llevó, y lo supo porque se regresó a buscarlo, fue un bolso con 900 córdobas en su interior. “El bolso tenía un garfio y quedó ensartado en el perlín”, detalla Yolanda. Con ese dinero se mantuvieron ella y su familia en los días posteriores a la tragedia. 

Quince refugios fueron habilitados en Jiquilillo, Corinto, Masachapa, Salinas Grandes, San Juan del Sur, San Rafael del Sur, Chichigalpa y León.

La mayoría de refugiados de Pochomil y Masachapa llegó a San Rafael del Sur la misma noche del maremoto. En ese municipio las escuelas funcionaron como albergue.

Fue en la escuela primaria de ese municipio donde Isabel Lanzas volvió a ver al mesero del bar que ella administraba. El hombre apareció descalzo, asustado, con las piernas heridas y las ropas sucias.La playa de Masachapa luce tranquila.

La última vez que lo vieron ella y sus cuatro hijos había sido minutos antes del maremoto, en el bar La Enramada, frente a la costa de Pochomil. A las siete de la noche la familia de Isabel se preparaba para dormir. Su hija, Idania Hernández, para entonces de nueve años, ya se había puesto una de las camisas enormes de su mamá que le encantaba usar para acostarse. El mesero estaba en el mismo cuarto viendo la novela en la televisión.

En esas estaban cuando oyeron una “tronazón”. Los hijos, de 12, 13 y 14 años, salieron a ver qué pasaba y a los segundos, los demás solo escucharon decir “¡Mamaaaa, el mar!”. La ola los zarandeó a todos dentro del ranchito. Los jóvenes quedaron colgados en el techo del bar. A Idania, la niña, la camisa azul de su mamá la hizo flotar por el aire que almacenó a sus lados. Mientras que a Isabel una plancheta que le cayó sobre una pierna la retuvo de ser tragada por el mar.

Una vez que pasó la ola fueron trasladados todos por una rastra que llegó a los pocos minutos a transportar a los afectados hacia uno de los refugios en San Rafael del Sur. Allí encontraron al mesero. El hombre también había salido al escuchar el estruendo y en cuanto vio la ola huyó sin decir una palabra. Iba descalzo y corrió sobre el monte, pasando ríos, con la sensación de que el mar lo perseguía. Corrió unos 13 kilómetros por trochas hasta que llegó a la escuelita. 

Los principales medios impresos de la época dieron cuenta del escenario dantesco en la franja costera del Pacífico del país un día después. “Infierno pavoroso”, “un rugido de ultratumba” y “todo se llenó de agua” fueron algunos de los titulares publicados por el desaparecido diario Barricada.

Mientras El Nuevo Diario tituló “Destrucción y muerte”. “Ola asesina sorprendió en la noche” informó La Prensa.

En esas notas se compartieron reportes preliminares de lo acontecido, en los que se hablaba de más de cien muertos, 300 heridos, 150 desaparecidos y 4,000 evacuados. También se reportó que más de 1.2 millones de huevos de tortugas de las reservas naturales La Flor y Chacocente fueron destruidos por el maremoto.

La radio fue la primera en informar sobre el maremoto. A través de ella se enteró del hecho Juan Raúl Duriez, entonces jefe de operaciones de la Cruz Roja, quien se dirigía a una misión en Chinandega. Una vez que llegó a Chichigalpa coordinó a los socorristas para que se desplazaran a lo largo de la costa del Pacífico esa misma noche. Al día siguiente regresó a Managua. 

“Cuando llegué a Pochomil y Masachapa, el daño ya estaba hecho, no quedaba más que hacer que evacuar a la gente que todavía quedaba en las costas y brindarles asistencia: ropa, comida y techo temporal. Desarrollamos un programa de asistencia humanitaria con todas las víctimas de la costa del Pacífico”, relata, añadiendo que unos 300 socorristas se desplazaron para brindar asistencia a la población esa misma noche. 

“Nos sentíamos impotentes al ver la cantidad de personas que necesitaban ayuda”, comenta Duriez, y agrega que para 1992 no había una cultura de educación en la población para enfrentar ese tipo de eventos. “La gente de allí no sabía lo que era un maremoto”, lamenta. 

Duriez, quien actualmente es jefe general del Cuerpo de Socorristas de la Cruz Roja, afirma que hoy día son unos 950 los socorristas entrenados en todas las especialidades de búsqueda, salvamento y rescate, que podrían brindar asistencia ante un evento similar. 

“Después de la tragedia, la Cruz Roja Nicaragüense desarrolló un programa de preparación ante tsunamis. Ahora somos parte del Sinapred (Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres) y hemos hecho un trabajo conjunto con ellos, con las organizaciones no gubernamentales, para preparar a la población, especialmente en las zonas costeras”, señala el socorrista con más de 40 años de experiencia. 

Daniel Ramón Salinas tiene hoy 69 años. Tras el cuarto de siglo transcurrido aún vive cerca de la playa. Sigue vinculado a los propietarios del antiguo Hotel Lacayo, a quienes todavía llama “patrones”, aunque ese negocio dejó de funcionar hace seis años. Es el encargado de cuidar el terreno en el que operaba el hotel, que todavía conserva parte de su vieja estructura. Duerme en un cuarto ubicado donde fue la vieja cocina, de la que salió minutos antes que el maremoto impactara.

Entre la costa de la playa, el malecón y las ruinas del hotel hay una distancia aproximada de 50 metros. En ese punto en específico fue arrastrado Salinas. Hoy hay un malecón. Él sigue desplazándose en bicicleta y dice que no siente miedo del mar.

Idania Hernández, arrastrada por las olas del maremoto y hecha flotar por la camisa azul de su mamá, ahora tiene 34 años y es mesera del bar La Enramada. Todos los días viste como uniforme una camiseta blanca y unos pantalones negros, esperando a que lleguen clientes a las costas de Pochomil. 

Aunque convive con el mar, afirma que le tiene temor. “Yo voy al mar y me baño con una panita, me da una cosa fea meterme, me da miedo”, confiesa. Cada vez que escucha la sirena que indica a los pobladores de la costa que hay una alerta de maremoto, corre con sus tres hijas a un terreno elevado y se desvela pensando que las olas llegarán por ellas en cualquier momento. 

Isabel Peralta, en cambio, se queda dentro de la casa y se acuesta a dormir. “Como él me dejó que quedara viva, él también me puede llevar”, responde la madre de Idania, cuando esta le pregunta si le tiene miedo al mar. 

Yolanda Velásquez también le teme a las aguas del mar. “Por la necesidad, por eso me quedé aquí. Pero no crea, tengo miedo”, sostiene la mujer, ahora de 68 años. Todavía hay días en que se desvela observando el agua, viendo el mar hasta el amanecer. Cree que en cualquier momento los puede traicionar otra vez. 

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CAMBIOS • A pesar de que la tragedia marcó la vida de cientos de pobladores y de todo un país, esta permitió enfocar la investigación científica en esas vías. El evento también dio lugar a la creación de un sistema nacional de alerta de tsunamis en Nicaragua, el cual utiliza componentes tales como la Red Sísmica de Ineter.

Nueve balnearios de la franja pacífica están bajo vigilancia con este sistema de alerta temprana: Jiquilillo, Corinto, Poneloya, Puerto Sandino, Pochomil, Casares, El Tránsito, La boquita y San Juan del Sur. El sistema se basa en las informaciones de la Red Sísmica y de la estación sísmica de banda ancha del Ineter.

Tres estaciones mareográficas están instaladas en Corinto, Puerto Sandino y San Juan del Sur, desde las cuales se vigila el nivel del mar una vez detectado el sismo marino. Si un tsunami ocurriera, tardaría aproximadamente 30 minutos en arribar las olas a las costas del país.

En cada una de las playas de Nicaragua  está instalado al menos un sistema de sirenas de alarma ante maremotos. Cada año se realizan cuatro ejercicios nacionales bajo escenarios multiamenazas, y cada balneario está señalizado con las rutas de evacuación ante estos eventos. 

Así mismo, en alianza con el Gobierno japonés, el Ineter está desarrollando un Centro de  Asesoramiento de Tsunami de  América Central (Catac).