•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Orlando Valenzuela acababa de cumplir 23 años y cursaba su quinto año de secundaria  cuando lo enviaron a las zonas rurales de Nicaragua para reportar el proceso de alfabetización que vivía el país en 1980. De esa experiencia surgió su primer libro: “Días de lluvia y sol” en los que recoge los testimonios de aproximadamente 35 brigadistas. 

Con su inicio en el reporteo también comenzó su labor como fotógrafo. “Cuando me dijeron que iba ser corresponsal de El Brigadista (vocero de la Juventud Sandinista que informaba sobre la albetización) no me dieron ni libreta ni lápiz. Solo me nombraron. Ni cámara me dieron. Me dijeron que la consiguiera y fui a conseguir una camarita 126. En algún momento anduve hasta cinco camaritas prestadas, chicleras. 

Las primeras fotos que tomé fueron con cámaras chicleras”, recuerda. 

Valenzuela, quien es periodista y fotógrafo de El Nuevo Diario, tiene 37 años de trayectoria. Su libro fue publicado en 2011 y se encuentra disponible en la librería  Rigoberto López. Hoy se dedica a recorrer el país para contar sobre las bellezas turísticas recientemente descubiertas. Lo suyo es conocer nuevas personas y lugares y relatar cómo viven. 

¿Qué representó la alfabetización en la vida de Orlando Valenzuela en todos los sentidos, como fotógrafo, como persona?

Ha significado un hecho importante en mi vida porque como estudiante que era en esa época participé con la expectativa de ir a alfabetizar. Estuve en los talleres para prepararme, pero un grupo de estudiante me nombró como corresponsal del diario El Brigadista. Sin ninguna experiencia en periodismo. Iba ser participante de la alfabetización, pero me tocó ser testigo como periodista y fotógrafo, ahí empecé hacer mis primeras fotografías para registrar el trabajo que hacían los jóvenes en las zonas rurales del norte. En todo lo que es Nueva Segovia.

¿Cómo surge la idea de registrar los testimonios durante la cruzada Nacional de Alfabetización (CNA)?, ¿se dio en el momento o ya tenía la intención?

No. Como periodista yo cubrí la alfabetización como uno de los primeros eventos, así hubo varios, por ejemplo: cortes de café, de caña, incluso la guerra. Primero fue empíricamente, luego estudié la carrera y tuve mayores herramientas. El libro se dio 30 años después. En algún momento se me ocurrió hacer un libro porque tenía todas las fotos, la gente con la que estuve la tengo accesible en Ocotal. Hice unos ocho viajes con las fotos que hice en 1980 y me los encontré uno por uno. Fue una sorpresa para mí y para ellos. Los testimonios se fueron dando así, como plática. 

¿Cuántos “Días de lluvia y sol” vivió para poder crear esta publicación histórica?

Cinco meses que fue lo que duró la alfabetización. De marzo hasta agosto de 1980. 

¿De los testimonios hay alguno especial para usted?

Todas tienen su parte anecdótica e interesante. Podría decir que hay algunas experiencias que son más duras. Situaciones de peligro, escasez y limitaciones, pero otras que son muy cómicas.

Cuénteme alguna de las cómicas y otras que son más duras

Sucedieron muchas situaciones cómicas,  como el caso de un brigadista que un día se subió a un árbol bien alto y de pronto se vio rodeado de una manada de monos cara blanca, que ante su presencia empezaron a aullar y él no supo ni cómo bajo tan rápido. O el caso de una alfabetizadora, que se cansó de un muchacho de la casa donde estaba ubicada que padecía de sonambulismo. Todas las noches completamente desnudo entraba y salía de la habitación donde ella y otra compañera dormían, un día decidió esperarlo y cuando este entró al cuarto, ella lo agarró de los hombros y lo zarandeó fuerte,  al momento que le gritó: ¡Ahhhh, jodido!, ¡ya es mucha la cosa, así como te estoy enseñando a leer, también te voy a componer! Y santo remedio, el “enfermo” nunca más se volvió a levantar de noche. 

También está el caso de otro brigadista que una tarde decidió probar unas hermosas flores que crecían a la orilla de una quebrada y al rato empezó a alucinar y sintió que lo seguía un perro negro, pensó que era el cadejo y corrió como un condenado, llegando jadeante al caserío, donde repetía: ¡el cadejo!, ¡el cadejo¡ y desde entonces sus compañeros le pusieron de apodo el cadejo.

Una situación dura que le tocó vivir a un brigadista el 30 de mayo, Día de las Madres nicaragüenses, cuando unos compañeros le pidieron  que declamara un poema que  había escrito, titulado “Préstame a tu mamá”, el poema fue tan emotivo que sacó lágrimas a todos los presentes, y más aún cuando se conoció que él había quedado huérfano de madre a la edad de año y medio.Orlando Valenzuela en 1980 con una familia rural.

Dramática fue la experiencia que vivió otra brigadista, a quien una noche, bajo un torrencial aguacero, un campesino llegó pidiendo ayuda porque su esposa se estaba muriendo ya que  había tenido un aborto y se estaba desangrando. Ella y un profesor tuvieron que asistir de emergencia a la mujer en medio de llantos de niños, la lluvia y el nerviosismo, pero lograron contener la hemorragia y salvarla,  llevándola entre varios comunitarios y brigadistas en una hamaca hasta Murra, distante 40 kilómetros.

Las limitaciones eran grandes, como las que pasó una alfabetizadora en la selva, que llegó a la casa de una familia tan pobre que a veces solo había tortillas con sal para comer y en ocasiones algunos se quedaban sin alimento. Hubo una vez que pasaron una semana de crisis tan dura, a tal punto que almorzaban y no cenaban, pero ella se mantuvo firme, hasta cumplir su misión.

¿Cómo recuerdan la experiencia los brigadistas con los que habló tantos años después?

La mayoría recuerda la Cruzada como una de las experiencias que más ha marcado sus vidas y eso se puede apreciar en los siguientes pensamientos: “Yo creo que más sacrificio no puede haber. Todos dimos lo que teníamos y lo hicimos con mucho amor, no se pueden quejar los campesinos de todos los que anduvimos allí, imaginar que todos los días caminar cerro arriba, cerro abajo, expuestos a muchos peligros, pero lo hicimos con amor”, me dijo Dilcia Montoya.

“La CNA tuvo un gran impacto en mi vida porque aprendí a caminar sola, a cuidarme sola, aprendí que la vida se debe respetar, que a la naturaleza se le debe respetar, aprendí a conocer el miedo, aprendí a amar de verdad”, dijo, por ejemplo, Isabel Guillén.

Otro brigadista, Ramón Granados, me dijo que la Cruzada contribuyó a nuestra formación “porque en la profundidad de la montaña miramos que no hay agua potable, que no hay luz eléctrica, no hay caminos de penetración, eso dificulta la vida y eso hace reflexionar a uno. La alfabetización fue un proyecto sublime y un mensaje que le llegó al campesino”.

¿Qué le dejó esta experiencia en su vida?

Conocer y vivir de cerca la realidad que viven las personas en el campo. Gente que tiene muchas limitaciones, que sufren pobreza y abandono, pero también cómo el campesino se las ingenia para sobrevivir. En lo personal aprendí que hay cosas que uno puede lograr si se lo propone y si tiene el espíritu de hacerlo. No ponerle peros a las dificultades, si hay que aguantar sol, sed, hambre por una razón noble, hay que hacerlo. Uno siente mucha satisfacción.

¿Hay o hubo más historias publicables de esa experiencia que no pudo registrar en su libro?

Sí. En este caso me quedaron como 15 historias que no van en el libro. Hay otras que no se lograron incluir, son anécdotas como la de una muchacha que se perdió en la montaña. Ella tenía un pánico terrible y logró sobrevivir en el fondo de un guindo hasta que amaneció.

Hace poco se conmemoró un aniversario más de la Cruzada, ¿qué reflexiones vienen a su cabeza?

Fue un evento que unió bastante a toda la juventud nicaragüense. La juventud que participó la recuerda como una de las mejores experiencias que ha tenido en su vida. Les ayudó mucho a valerse por sí mismos y a cortar el vínculo de mamita y papito. Se lograron formar como personas con mucha independencia y como seres humanos. 

¿Considera que este libro es importante para las nuevas generaciones?

El libro contiene testimonios y cuando las nuevas generaciones lo lean van a tener una idea de cómo fue la Cruzada Nacional de Alfabetización. No es un libro académico ni un texto de estudio, sino testimonios personales. Cada quien lo vivió de manera distinta, pero en conjunto la alfabetización logró unir a tanta gente que tenía como propósito sacar del analfabetismo a tantas personas, no solo campesinos.

Pienso que la nueva generación puede aprender que la alfabetización fue una jornada donde los jóvenes dieron todo. Con una entrega total. Fue una de las actividades culturales y sociales que dejó una gran satisfacción.