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Llegó la Navidad al plantón de los ex bananeros afectados por el Nemagón, quienes este 23 de diciembre cumplieron ocho meses de haber salido a pie desde Chinandega hasta Managua a protestar contra el gobierno en demanda de mayor y mejor atención social a sus problemas de salud.

A diferencia del ambiente festivo y luminoso que caracteriza a la época, en el plantón de casas de plástico negro y mecates, no hay árboles con luces multicolores, ni guirnaldas ni imágenes de Santa Claus barbados.

No obstante la pobreza apabullante que reina a plenitud en el sitio, ayer sus habitantes, unos mil campesinos, entre hombres y mujeres, estaban en plena faena de arreglos de las champas, patiecitos improvisados y los fogones rústicos donde se cocinan los alimentos al aire libre.

El Árbol de la Pobreza
“Ahorita somos mil personas o menos en el campamento, unas dos mil personas de nuestra organización se dieron libre para ir a visitar a sus familiares en esta fecha”, explica Victorino Espinales, el principal dirigente de la protesta social que arrancó en mayo pasado desde Chinandega, y que al finalizar el año cumplirá ocho meses de estar asentada en el parque frente a la Asamblea Nacional.

Usualmente en ese parque se ven a diario a miles de personas en actividades de protesta y rutina doméstica en casas de plástico negro, pero ahora la actividad humana se ve reducida por el regreso de los campesinos a sus lugares de origen para celebrar la Navidad.

Pero aún así, se ve movimiento, y en medio del aspecto lúgubre de las casas negras y los callejones de tierra, hay alegría en un grupo de hombres que arman un inusual arbolito navideño de madera, telas de mantas que antes eran de protestas, y volantes de papeles con caricaturas, recortes noticiosos y mensajes escritos a crayón.

En una caseta un grupo de hombres, a imagen y semejanza de niños escolares en clases de manualidades, cortan con tijeras pedazos de periódicos y adhieren los titulares a otras hojas de papel con botellas de pegamentos de oficina.

Esos trabajos, explica uno de los alegres campesinos, son los adornos del arbolito al que Espinales bautizó como “El Árbol de la Pobreza”.

El país como adorno navideño
Los recortes de los periódicos hablan de la situación general del país: el huracán Félix, las lluvias de septiembre, la creación de los Consejos del Poder Ciudadano, los discursos encendidos y disparatados del presidente Daniel Ortega, los mensajes de amor-reconciliación y críticas-acérrimas de Rosario Murillo, las agresiones verbales a los medios de comunicación, los pleitos de los políticos, y la foto de Wilfredo Navarro chupando huevos de tortugas.

También aparece Arnoldo Alemán, contrariado, escuchando la notificación de su sentencia, y a la par la destrucción de la fuente musical de la antigua Plaza de la República, las caricaturas sobre la pareja presidencial y los funcionarios de gobierno, un gran titular con la frase “Por qué no te callas”, y mil recortes más con noticias sobre la mala situación política y económica del país.

“Ese es nuestro arbolito y se lo dedicamos a don Daniel y a doña Rosario, gracias a ellos estamos peor de jodidos y divididos, mirá que ahora hay pobres CPC y pobres oligarcas”, dice a modo de broma Espinales, mientras a su alrededor estallan en carcajadas los campesinos que le siguen.

El árbol es, junto a un grupo de viejos guitarristas, el conjunto de las celebraciones que esta Noche Buena se celebrará en el plantón, previo a una misa católica y a una actividad de oración evangélica. Ahí mismo colgarán fotos y listas de fallecidos por año desde 1998, incluyendo los supuestos 100 muertos de este año.

“También vamos a quemar un muñeco que representa al año viejo, tal vez espantamos los malos espíritus y chamucos que nos atormentan”, celebra Gilberto Acuña, uno de los organizadores del arreglo del inusual arbolito.

Digna Jirón, de San José del Obraje, Chinandega, ve de largo la instalación del árbol, y atiza a soplos un fogón donde hierve agua para un café. “Sin nada que cenar, señor, así la vamos a pasar, a purita hambre, pero esperando que caiga algo”, dice con una sonrisa triste.

María Cristina Aguilar, una anciana chinandegana que se quebró la pierna en el plantón hace dos meses, yace sentada viendo el alboroto de los hombres que arman el adorno navideño, y no hace más que gritar de largo lo mal que va quedando el ornamento.

“Todo se paga en la vida”

En un momento opina sobre su situación y la de su gente: “Me han dicho muchas veces que me vaya a mi casa, que en estas condiciones no voy a durar mucho, pero jodido, ¿qué voy a hacer allá si mi vida depende de lo que logre aquí?”, dice esta mujer, que posee una descolorida bandera rojinegra sobre su casa de campaña.

José de Jesús Rayo, ex bananero de Chinandega, igual opina que no se irá hasta no obtener una respuesta del gobierno, a pesar de que él ha padecido dengue y diarrea en el local, a causa de la explosión de zancudos en el invierno pasado, y la poca higiene existente en el lugar.

“Ya cumplió un año que me levanté de madrugada con mi mujer a votar por Daniel Ortega, porque hablaba de paz y reconciliación y que nos iba a ayudar, ahora no me voy de aquí hasta que el comandante se digne siquiera a pasar dándonos un saludo y una promesa al menos, pues”, expresa molesto por lo que, dice él, es una afrenta a los pobres del campamento.

“Ahí ha pasado en sus camiones y ni por fregar voltea la mirada al campamento”, dice Rayo, y una señora que a sus espaldas barre contribuye a voz alta: “Ahí dejalo niño, todo se paga en esta vida”.