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ESTELÍ

Enfrentando una serie de altibajos y vicisitudes, como toda persona en la vida, doña Elba Armas Rodríguez ha logrado llegar a sus 112 años de existencia.

Así como ha visto caer gobiernos, también ha sufrido en carne propia las intemperies de vivir tanto, es decir, las dificultades que provocan fenómenos naturales como huracanes, terremotos, y otros hechos de los cuales ha logrado salir airosa, superar el siglo y contar el cuento.

Tal como señala el refrán popular, esta señora “es un hueso duro de roer”, difícil de engañarla o “darle atol con el dedo”, como indica otro adagio de nuestra gente norteña.

Doña Elba Armas Rodríguez, en su largo calendario por esta vida, aún conserva su lucidez, no necesita aún de la ayuda de nadie, y alegre, pasa sus momentos joviales, y nos divierte con los chistes propios de su época.

La dieta de la longevidad

Ella es una señora sumamente saludable y tiene muchos secretos que contar, entre ellos, que para tener una larga vida es bueno someterse a un régimen alimenticio correcto. Asegura que se debe comer tres tiempos al día y a la hora indicada, ni un minuto más. Claro, es su mejor deleite, aunque como pobre no se refiere a los ricos manjares de los poderosos, porque además son malos los altos contenidos grasos o condimentos. En este aspecto, doña Elba dice que se debe beneficiar al cuerpo y proteger su metabolismo de las comidas dañinas.

Se trata, dice, de comer frijoles, y su sopa rica en hierro y otras proteínas, y beber siempre su lechita de vaca y otros derivados sin faltar la rica tortilla elaborada en comal de barro.

No se requiere de muchos gastos

De tal forma que se trata de algo sencillo que no necesita de grandes complicaciones ni de gastos, como ella misma afirma con toda su existencia, como evidencia firme de que lo que habla lo cumple. Cuando se tiene recursos con qué comprar algo para alimentarse no hay que andar con “pinchería”, o mezquindad, nos suelta, como otra de las recomendaciones vitales que se digna en compartir para los que no sumamos muchos almanaques.

Doña Elba Armas, con toda lucidez, narró quiénes fueron las primeras familias que habitaron en el Estelí del siglo pasado. Y así van apareciendo familias enteras, apellidos con sonoridad norteña. Y para demostrar que ella no miente ni nada por el estilo, en cuanto a su matusalénica edad, hasta nos mostró su fe de bautismo, un documento antiquísimo, como sacado del cofre de las cédulas reales del tiempo de los españoles.

Pero si de documentos de identidad modernos se trata, también cuenta con la cédula, la cual reafirma lo dicho y lo indicado en su fe de bautismo: que nació el 26 de junio del año del Señor, 1897.

Esta mujer que ha vivido tres años del siglo XIX, todo el siglo XX, y todavía fresca disfruta del siglo XXI, trajo a este mundo diez hijos, los cuales le han regalado treinta y ocho nietos dice con picardía, como saliendo de la preciosa canción de Carlos Mejía, “Abuelita”, la que dice que “sus yernos son bolos”…

Una basta descendencia
Esta mujer, que actualmente, rememora, aquellas épocas cuando Estelí contaba con casas de taquezal, con paredes de lodo embutido, cuenta con cerca de noventa biznietos y 26 tataranietos.

Doña Elba es miembro de una admirable familia longeva: su mamá (Elba Francisca Armas) murió a los 116 años. Pero si le preguntan a ella cuándo cerrará su biografía, dice inmediatamente que no tiene pensado irse de este mundo, a menos que Dios a quien venera --como católica que es-- le disponga o depare otra cosa.

¡Ah, los tiempos aquellos!

Elba Armas Rodríguez, nos habló con lucidez de modas, formas de hablar de aquella época (léxico) y de otras cosas como para llenar no sólo un libro, sino que una enciclopedia completa: es una mujer bien conservada física y mentalmente, indican varios jóvenes vecinos.

Estas aseveraciones son ratificadas por varios de sus nietos como Henry Vargas Moreno y su hijo menor (al que llama cumiche) Isidoro Armas Martínez, de 80 años. Esta dama es una mujer de “ñeques”, e inclusive tiene una visión más clara que la de varios de sus hijos.

Es, pues, doña Elba, un ejemplo viviente, siempre dedicada a su familia, a cuidar de los suyos y a exponer, con sus actos, la educación de una época cuando florecían más las virtudes que los hechos lamentables que componen los nuevos años.

Del siglo XX sacó un enamorado tenaz

Con una mente clara y envidiable, recuerda los nombres de todos de sus vástagos, sin perder la cuenta de sus cinco mujeres e igual número de varones.

Actualmente asegura que tiene familiares trabajando en España, quienes le envían de vez en cuando su dinerito para ayudarse en su hogar.

Es un vestigio en pie de otras épocas, que quizá pocos de los pobladores del barrio “José Benito Escobar” la conozcan a fondo, pese a ser sus vecinos. Tampoco las autoridades locales se han percatado de que poseen un tesoro, no sólo por su sabiduría, sino por las distintas experiencias que cuenta en su bregar.

Esta señora procreó parte de sus hijos con su esposo José Martínez (qepd), y su primogénito asegura que fue hijo del general Ramón Raudales, uno de los estrechos colaboradores del general Augusto C. Sandino, célebre por su gesta patriótica contra la intervención militar norteamericana.

Ella recuerda con suma claridad --y remarca una y otra vez-- que Raudales era el segundo al mando de Sandino, y que se enamoró perdidamente de ella, aunque recuerda que no todo era color de rosa por la situación política y militar que enfrentaba el país.

También porque, muchas veces, tanto los llamados “bandoleros” (calificativo despectivo que daban en aquella época a los que luchaban junto a Sandino) como las mismas tropas interventoras y sus colaboradores nacionales, obligaban a las mujeres --sobre todo campesinas-- a brindarles alimentación y otros recursos que les sirvieran en la lucha que ambos bandos sostenían.

La crueldad de la guerra

Dijo que inclusive ellos, sin excepción de bando, mancillaban a las mujeres del campo, a la vez que les obligaban a alimentarlos.

Doña Elba nació en el sector conocido como El Cóbano, a unos ocho kilómetros al norte de Estelí, y escenario de fieros combates entre las fuerzas del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y los interventores.

Debido al conflicto militar, ella y su familia fueron obligadas a trasladarse a vivir a Estelí, un pequeño poblado de unas pocas casas, rodeado de potreros. Recuerda que sus pobladores vivían exclusivamente de lo que producía el campo, y que tomaban café endulzado con rapadura (dulce de caña).

La sal era carísima en aquél entonces, recuerda esta centenaria mujer, haciendo eco de otro adagio popular: “Era sangre de nariz”, para referirse a lo escaso que era obtener el producto.

Ella entrelaza la situación que se vivía en aquellas épocas de abundancia en el campo y la riqueza que ahora está concentrada en pocas manos, y para resumir tal hecho lo hace con un refrán: “De qué le sirve al molino moler con tanto afán, si al final yo no como pan” o “De qué sirve que algunas persona tengan grandes capitales, si cuando se mueren no se llevan nada”.