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Cosigüina
Fueron 10 kilómetros, dos litros de agua y un sol cuesta arriba para llegar a comprobar que por donde se vea, Nicaragua más que un mapa es un poema telúrico, una armonía de árboles y una geografía tan agradable como el ojo de paz que nos quedaba viendo con su mirada líquida, desde el fondo del cráter del Cosigüina: una laguna apacible cuyo génesis se debió, luego, gracias a la apocalíptica erupción del 21 de enero de 1835.

El viento por esta cumbre es de pausados giros, viento dariano debía ser, y que se quedó soplando desde su siglo XIX. El borde del cráter nos otorga la corona de una mañana dedicada al ascenso, con algunos breves descansos, y aún más la vista, porque a medida que subíamos, el volcán se convertía en un balcón de varias escalas del suelo al cielo.

Aquí se alzan desde la base, las grandes paradojas. Porque abajo del esplendor celeste, las cifras de la pobreza, de la ONU o de la Cepal, se visten de vidas tristes, de niños a lomo de caballos enjutos, de ranchitos sin paredes que protejan nada a la orilla del Golfo de Fonseca, en caminos todavía con las últimas cenizas lanzadas por el antiguo coloso.

Desde el borde del volcán uno no halla qué escoger, con qué escenario deleitarse o qué recuerdo nombrar. Es todo a la vez: las elevadas laderas interiores, su verde implícito, la serena y formidable laguna, tan quieta que uno duda de que alguna vez ahí, en la cima, todo haya sido caos, explosión, y en los pueblos cercanos, pánico, juicio final, rezos desesperados y procesiones bajo cenizas
Pero si yo miraba extasiado el espejo del volcán, pronto deseaba ver el Golfo de Fonseca. El mapa se extendía en página viva, celeste y admirable, como si Nicaragua se nos ofreciera en una magna visión de piedras vetustas, coladas de lava, verde falda de bosques, y, por supuesto, extensas áreas sometidas por la mano del negocio.

Desde el desperdiciado mirador --porque son pocos los nicaragüenses que pueden disfrutarlo-- se observa a tres países saliendo al encuentro de su compartida historia: éste es uno de los privilegios con que nos premia el Cosigüina a los fugaces y escasos visitantes. Las adelantadas islas con el telón de fondo de El Salvador; un poco más a la derecha y a nuestra izquierda, difuminada a trazos limpios, la cadena volcánica nicaragüense se alza como la obra incalculable de un artista mayor.

A pesar de estas maravillas, y de que no hay peligros ni fieras, ni delincuentes, tampoco hay infraestructura hotelera en Potosí, salvo una o dos casas con algunas habitaciones para huéspedes “todo terreno”. Sin embargo, norteamericanos y europeos, pocos por cierto, son los que aprovechan el paisaje que ofrecen el Volcán y el Golfo de Fonseca. ¿Y los nicaragüenses? Algún día…
Lo que se desperdicia
Al llegar a la cima, le preguntamos al ingeniero Dionisio Rodríguez, Director del Centro de Investigaciones Geocientíficas, Cigeo-UNAN, qué se puede aprovechar de este volcán.

“Es de los más famosos del mundo, porque su cráter es catalogado de los más grandes del planeta. También es un volcán que está en los registros de erupciones históricas a nivel mundial. En 1835 fue su última erupción, tan potente que se destruyó la parte superior del cono. Lo que ahora vemos es la caldera, y, al fondo, la laguna formada luego. Hay materiales piroplásticos, como ceniza y arena.

“Está documentado que se extendió por la atmósfera, hasta llegar a México, por el norte, y hasta Colombia, hacia el sur. Lo que quiere decir que su ceniza y arena muy finas se depositaron a lo largo de Centroamérica.

“Por otro lado, se formó una laguna, con una vista espectacular, casi redonda, y con laderas internas muy inclinadas, formando una especie de embudo, hacia el fondo de la laguna, que es donde estaba el conducto volcánico. Debajo de la laguna está la chimena o conducto, que quedó tapada, a partir de la última erupción, y se hizo esa pequeña depresión.

Lo aprovechable

“Este volcán es uno de los más espectaculares que tenemos para ver, y puede ser explotado desde el punto de vista turístico, que podría ser de aventura, pero también científico. Hay hombres de ciencias que quieren conocer estructuras geológicas como éstas que son históricas, que tienen nombre a nivel mundial. El acceso no es difícil hasta Potosí, luego tampoco es difícil subir el volcán en algunos de sus senderos. Hay unos que son más riesgosos e inclinados, pero hay otros más adecuado para subir incluso en familia”.

La caminata es de cinco kilómetros en ascenso y otros cinco para el retorno. El punto máximo de altura es de 877 metros.

Volcán anómalo

Al doctor en Geología, William Martínez, le escuchamos decir, mientras subíamos, que caminábamos sobre el lomo de un volcán “anómalo”. Le entendí que parecía “suelto”, sin pertenencia a los conjuntos volcánicos de El Salvador o de la misma Nicaragua, solitario en la península a la cual da su nombre.

El volcán Cosigüina en el extremo NO, señala, no se alinea a ninguno de estos segmentos característicos, por tanto, aun siendo parte del frente volcánico o cadena de volcanes activos, se puede considerar un volcán anómalo desde el punto de vista de su ubicación (aislamiento) tectónica, pues igualmente no se alinea al frente volcánico en El Salvador, del cual se encuentra separado por una estructura hundida con un volcanismo secundario NE que se refleja en el Golfo de Fonseca.

“Hablamos de una estructura volcánica que voló más de mil metros, el doble de lo que es hoy su edificio volcánico. Es un estimado de más de 50 kilómetros cúbicos de roca. Es comparable a lo arrojado por el Monte Santa Elena, en Estados Unidos, que fue de 10 kilómetros cúbicos; la explosión más grande, contemporánea, fue la del Pinatubo, entre 30 y 40 kilómetros cúbicos de roca.