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La mañana del 24 de diciembre de 1972 los titulares de los diarios mexicanos El Universal y Excélsior pregonaban la desgracia en Managua ocasionada por el terremoto de 6.2 grados en la escala Richter, ocurrido un día antes.

Al enterarse, algunos médicos nicaragüenses que se especializaban en México en el Hospital General se reunieron inquietos, querían regresar a su país para contribuir en la atención a los afectados, y sobre todo, conocer de cerca las condiciones de sus familiares que habitaban en la zona del desastre.

El Aeropuerto Central del Distrito Federal, en Ciudad México, estaba repleto en la víspera de Navidad y muchos nicaragüenses radicados en la capital mexicana buscaban con desesperación una posibilidad de volar hacia Managua. De la tragedia, solo sabían lo que informaban la radio, la televisión y los periódicos, porque la principal ciudad de Nicaragua estaba incomunicada, sin energía y sin servicio telefónico.Doctor René Argeñal, en su consultorio en Managua.

Cuando el médico nicaragüense René Argeñal Gómez llegó a la terminal aérea del DF vio tan lleno el estacionamiento que le pareció imposible hallar un lugar para un vehículo más. Argeñal, con 30 años de edad y estudiante de Medicina Interna desde hacía dos años, se arriesgó a parquear su carro Volkswagen en una calle cercana.

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Intentó tomar un vuelo comercial a Managua y le resultó imposible porque los cupos estaban llenos, con reservaciones previas. Pero, dada la magnitud de la tragedia en Nicaragua, donde según se constató después, 10 mil personas murieron y más de 20 mil resultaron heridas, las autoridades mexicanas decidieron enviar un avión más de la Fuerza Aérea para trasladar a los médicos que se ofrecían para ir a asistir a las víctimas.

En el avión militar, “si había capacidad para 25 (pasajeros), veníamos 35. Como veníamos sin cinturón, yo pensé: ‘se va a caer’.  Fue el viaje más azaroso de mi vida”, rememora Argeñal, hoy de 75 años.

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Está en su consultorio en Managua, relatando su experiencia de hace 45 años, y se acuerda de cómo murió el beisbolista puertorriqueño Roberto Clemente, el 31 de diciembre de 1972, cuando cayó al mar la avioneta en que viajaba con un cargamento de ayuda para los damnificados en Nicaragua. “Pudimos haber sido nosotros”, reflexiona el doctor Argeñal al indicar lo difícil del vuelo que le tocó la noche de ese 24 de diciembre.

Su angustia crecía con el paso de las horas, porque desconocía la situación de su familia y de sus amigos. Las noticias en los medios mexicanos, con nuevos detalles de cómo el sismo había dejado una estela de muerte y dolor, lo estaban sumiendo en la desesperación.

Fue para él, el vuelo más largo y tormentoso. Duró cuatro horas. La turbulencia sacudía a los pasajeros que venían de pie, asidos a un tubo de metal, sin cinturones de seguridad. En la madrugada del 25 de diciembre aterrizaron en el aeropuerto Las Mercedes, al oriente de Managua. La oscuridad dominaba y lo poco que se veía era destrucción.

Los médicos caminaron desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad. El panorama era deprimente; escombros, cadáveres y personas huyendo de los incendios. Los familiares del doctor Argeñal ya habían partido hacia la ciudad de León, de donde eran originarios, en busca de refugio. “Yo andaba consternado e intrigado con tanta destrucción. No traíamos nada más que la voluntad de ayudar”, relata. 

Y el Volkswagen aún estabaLas brigadas médicas cubanas habilitaron un puesto médico en la colonia Máximo Jerez, para atender a los heridos. allí

En los predios del hospital El Retiro, que también se desplomó con el terremoto, habían instalado casas de campaña para recibir heridos. Las emergencias las atendían médicos nicaragüenses y extranjeros, usando materiales rescatados de los escombros del hospital.

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La mayoría de pacientes llegaban con quemaduras y fracturas, y quienes requerían alguna cirugía compleja eran trasladados al hospital de Jinotepe por voluntarios de zonas menos afectadas, como los barrios Monseñor Lezcano, Bolonia y Altagracia. Estos transportaban a los heridos en vehículos propios, en un gesto humanitario, dice Argeñal.

Parte del área donde estaba el hospital El Retiro, que cayó en 1972, la ocupa hoy el moderno Hospital Militar de Managua. Después de cuatro décadas y media, esa es una de las zonas de más desarrollo de la capital nicaragüense.

Los cadáveres eran llevados a fosas comunes en poblados cercanos por las autoridades municipales, para disminuir los riesgos de epidemias.

El médico recuerda haber visto muertas a personas conocidas de su vecindario, el barrio San José, cerca del Estadio Nacional de Beisbol, donde llegó a vivir con su familia después de estudiar Medicina en su ciudad natal, León.

Ríe, cuando recuerda que también vio a personas conocidas sobrevivientes, algunas de las cuales todavía llegan a su consultorio en Managua. Aún atiende a gente que ha sido su paciente desde antes del terremoto, cuando empezó a ejercer como médico general.

En enero de 1973, René Argeñal tuvo que volver a México para terminar sus estudios. Dejaba una Managua desolada, muy diferente a la ciudad en que había vivido. 

“Era una intriga. Vos venías a ver quién murió. Pero hasta después nos fuimos dando cuenta de quiénes murieron en el terremoto; ‘Fulano de tal murió en el terremoto, fulano de tal también murió en el terremoto’”, comenta, y agrega: “No perdí vidas, pero perdí cosas materiales”.

Se refiere a una propiedad que había adquirido con la ilusión de abrir una policlínica médica, en el centro de la vieja Managua, que tras el terremoto fue cercada y demolida por el Gobierno y después ocupada por otras personas que se adueñaron de ella.

Argeñal todavía recuerda a médicos que venían con él en el avión militar desde México. Menciona a los doctores Bolaños, Lezama y García - de quienes solo retiene sus apellidos-, Óscar Jirón, Jorge Ruiz Quezada. La mayoría de ellos se estaban especializando en Medicina Interna y Gineco-obstetricia.

El 25 de enero de 1973, ya de regreso en el Distrito Federal, el joven doctor nicaragüense caminó por los pasillos del aeropuerto de México un poco nervioso, pero aliviado. Sentía la satisfacción de haber servido a la comunidad damnificada por el desastre natural en Managua y la tranquilidad de haber visto a sus familiares a salvo.

Al salir del aeropuerto se acordó de su vehículo Volkswagen y supuso que lo habían robado; lo había dejado en una calle, cerca de barrios peligrosos. Aún con esa idea, caminó en dirección de donde lo había parqueado y encontró el vehículo cubierto por el polvo que recibió durante 30 días de abandono.

“Fui a buscar el carro pensando que ya no estaba, pero iba tranquilo porque no había pasado nada en mi familia... Llegué y encontré el carro, lo limpié y encendió. ‘Brum, brum, bruuuuuum’. Me fui”, cuenta René Argeñal Gómez cerrando una historia dramática con una anécdota curiosa y algo jocosa.

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