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Las principales calles y avenidas de Managua ostentaban luces de colores y adornos navideños la noche del 22 de diciembre de 1972. 

Unas semanas antes, los capitalinos se habían contagiado de la fiebre deportiva en la Copa Mundial de Beisbol Amiga 1972, que tuvo como escenario principal el Estadio Nacional de Beisbol, posteriormente llamado Dennis Martínez y actualmente nombrado Stanley Cayasso. 

Al igual que muchos capitalinos, Jaime Caldera, hoy de 62 años, grabó en su memoria desde hace más de cuatro décadas esa apasionante jornada deportiva.  Los detalles de este acontecimiento y otros que ocurrieron en la ciudad ese año, están plasmados en su libro “Vivencias de un joven en la vieja Managua”, lanzado el pasado 5 de diciembre en conmemoración del aniversario número 45 del terremoto que asoló la capital. Francisco López Pérez, sociólogo, especialista en derecho y actual rector de la UCN.

“Se efectuó un juego de estrellas con los mejores jugadores de las diferentes selecciones contra el campeón Cuba. Este se vengó de su derrota ante Nicaragua (2-0, en uno de los juegos anteriores) con una aplastante paliza. El segundo lugar lo compartió la selección de los Estados Unidos con Nicaragua, Japón quedó en el tercer puesto”, reseña. 

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Memorias

Caldera recorre las calles y avenidas de la Managua vieja en las páginas del libro. Recuerda los populares cines González, Margot y Alcázar (anteriormente conocido como Salazar) que se abarrotaban de capitalinos cuando se presentaba en taquilla alguna película muy esperada, como El Padrino, La naranja mecánica; Furia oriental, protagonizada por Bruce Lee, y el éxito animado de Walt Disney, Aristogatos. 

También  menciona algunos de los clubes y discotecas frecuentados por los jóvenes en esa época, como El plaza, El versalles, La tortuga morada, Scorpio y Club 113. La noche del viernes 22 de diciembre de 1972, muchos de estos clubes y algunos hoteles eran el escenario de fiestas en la víspera de Navidad. 

Para entonces, estos sitios estaban en auge. También había protestas estudiantiles, los jóvenes ya comenzaban a adoptar el movimiento hippie y con el movimiento de turistas, la capital se perfilaba como una ciudad “más cosmopolita”, cuenta hoy Francisco López Pérez, quien tenía 20 años para esa época y era universitario.  

Pero esa realidad fue arrebatada en segundos. El terremoto de la madrugada del 23 de diciembre sepultó esa Managua que hasta el día de hoy, continúa  siendo solo un recuerdo. 

“En primer lugar fue un trauma quedarnos sin ciudad, porque en ese momento después del terremoto nos quedamos prácticamente sin nada. Sin lugares de referencia, sin amistades. Todo el mundo desapareció. Quedó un sentimiento de desarraigo totalmente para la generación nuestra”, lamenta López, quien  había crecido en la Managua vieja.Estudio fotográfico Lux en su nuevo local, después de 1972.

La noche del viernes 22 de diciembre de 1972 Francisco López Pérez escuchaba los relatos de su papá, el fotógrafo Francisco López Argüello, sobre los estragos ocasionados por el terremoto de magnitud 5.6 en la escala Richter que asoló la capital el 31 de marzo de 1931, como una premonición del desastre que ocurriría unas horas después. 

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Aunque el terremoto de la madrugada del sábado 23 no destruyó su vivienda, en Ciudad Jardín, la sacudida los alarmó y salieron hacia la calle, desde donde se pudieron divisar las llamas del mercado San Miguel, cerca de donde estaba Fotografía Lux, el negocio familiar.

Francisco López Pérez y su padre intentaron llegar hasta esa zona en medio de la oscuridad, las réplicas y la desesperación de las personas, por lo que desistieron y regresaron al amanecer. 

Todo sobre el terremoto de 1972

El estudio fotográfico había sido sepultado por los restos del edificio, solo se pudo recuperar una pesada cámara de fuelle, que era novedosa en esa época. La colección de fotos y demás herramientas quedaron soterradas en el local. 

Salieron con las únicas posesiones que pudieron recuperar entre las réplicas y el tumulto de personas que buscaban saquear los establecimientos. Los incendios aún continuaban y una escena común era la de los cadáveres tapados con sábanas blancas en la acera de lo que había sido una ciudad próspera, unas horas antes. 

 “Mientras en otros lugares estaban festejando, nosotros estábamos de duelo, doble duelo. Los que no habíamos perdido familiares, perdimos amigos o conocidos, pero perdimos sobre todo la ciudad para nunca más reconstruirse”, precisa López Pérez, hoy de 75 años,  quien es sociólogo, especialista en Derecho y actual rector de la Universidad Central de Nicaragua (UCN).

Algunos conocidos suyos no volvieron, nunca se supo si migraron hacia los departamentos o al extranjero, o si murieron bajo los escombros de algún edificio de la Managua vieja, cuenta hoy.

Joven “enamorado” 

Muy diferente a la Managua actual, antes del terremoto de 1972 las calles eran idóneas para caminar. Las aceras eran anchas y los aleros de las viviendas protegían a los transeúntes del inclemente sol. 

Jaime Caldera asegura que tiene recuerdos muy vívidos de la sensación del calor del concreto que traspasaba la suela de sus zapatos. Casi a diario caminaba sobre la calle 15 de Septiembre hasta los mercados San Miguel y Central en busca de productos para la pulpería que funcionaba en su casa, en el barrio San Sebastián. 

En ese entonces tenía 17 años y se sentía enamorado de la ciudad. Para él y para otros que vivieron en el corazón de la Managua vieja, caminar era placentero. Las calles eran seguras; las tiendas, mercados y edificios públicos estaban concentrados en un solo lugar, y en el trayecto a pie por la capital se podía saludar a amigos, familiares y vecinos.  

 “No era un mundo perfecto, pero había más comprensión”, rememora, refiriéndose a los recuerdos que más atesora de su juventud.  

En los primeros minutos del 23 de diciembre de 1972, Caldera recuerda haber sentido el movimiento telúrico mientras estaba en el sofá rojo de la sala de su casa, escuchando un programa radial en la emisora costarricense La pantera. 

La vivienda solo sufrió daños parciales, pero en ese instante se percibió una densa nube de polvo que se había desatado con el movimiento telúrico. Sus familiares estaban a salvo, “no fue tan catastrófico”, creyó el joven hasta ese momento.   

Al amanecer salió junto a su amigo y vecino, Óscar Argüello, a recorrer una vez más la calle 15 de Septiembre, con las esperanzas de encontrar el lugar como lo guardó su memoria, aún hasta el día de hoy. 

Pero pronto se topó con escenas aterradoras: los cadáveres ya estaban siendo apilados en camiones para ser enterrados en fosas comunes y, en medio de la desesperación, algunos buscaban cómo saquear los establecimientos comerciales que habían cedido ante el sismo. 

“Golpea emocionalmente, porque cuando hicimos el recorrido en la mañana pensamos que la ciudad, como nuestras casas, se había dañado, pero no en demasía. Fue doloroso ese impactó al darse cuenta de ese desastre, esa devastación”, comenta apesadumbrado. 

“Managua murió físicamente esa madrugada del 23 de diciembre de 1972, pero sigue y seguirá viviendo permanentemente en los corazones de sus hijos que aún la amamos”, concluye la obra literaria de Caldera. 

El corazón de la ciudad fue arrasado

Posterior a la catástrofe, el casco urbano de la ciudad fue cercado por orden del Gobierno. Managua creció desorbitadamente hacia las periferias. Las casas que no fueron destruidas con el sismo se convirtieron en oficinas o negocios. El centro de la ciudad desapareció. Esas calles de aceras anchas, edificios pequeños y casas de taquezal no volverían jamás. 

Los mercados San Miguel y Central desaparecieron. Algunos negocios, como los textiles que eran propiedad de árabes residentes en Managua, hicieron su reapertura en Ciudad Jardín, cerca del mercado Oriental. 

Hasta antes del terremoto, el centro de compras estaba conformado únicamente por dos galerones donde se ofertaban alimentos perecederos que traían los comerciantes de otros departamentos, recuerda Francisco López Pérez. 

 “A mí me hubiera gustado verla de nuevo renacer a Managua, pero es imposible.  Nos quedó a la generación nuestra, y a los mayores que yo, esa añoranza por la Managua de esa época, de la que solo nos quedó los recuerdos”, concluye López Pérez, entre suspiros.