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A Johana Isabel López Fonseca le gustaba coser. Su suegra le había enseñado hace algunos años cómo debía unir los retazos de tela a máquina y ella en ocasiones hacía camisas de niñas, cosía uniformes de colegio o remendaba alguna costura rasgada que le encargaran sus vecinos. Su madre Rosa Fonseca, aún conserva unas camisas que su hija confeccionó. 

Esas costuras de Johana son de los pocos recuerdos físicos que a doña Rosa le quedarán de su hija mayor, de 37 años, quien murió el pasado jueves luego de que su cuerpo colapsara por las golpizas que le habría propinado su pareja, Álvaro de Jesús Hernández Zamora, de unos 40 años. 

El cuerpo de Johana fue enterrado ayer en el camposanto de la comunidad Los Romeros, en el municipio de Villa El Carmen, en Managua. Su muerte se convirtió en el segundo femicidio en lo que va del año en Nicaragua. Johana López tuvo cinco hijos, el menor tiene 12 años.

“Yalita”

La Yalita, como le decía su familia a Johana, nació en 1980 en el seno de una familia violenta. Era la primera hija de Rosa Fonseca, quien se separó del padre de Johana luego de cuatro años de violencia de género. 

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Tras la separación, la niña se fue a vivir con sus abuelos maternos en la comunidad de Santa Rita, en Villa El Carmen. “Yo era su tía de sangre, pero más bien sentíamos que éramos hermanas”, dice Digna Fonseca, de 54 años, hermana de la madre de Johana. 

Las niñas se dedicaban a realizar labores agrícolas y domésticas. Digna recuerda que por las mañanas iban al plantío de yuca de su padre para arrancar el tubérculo y por la tarde lavaban, tendían y molían el maíz para hacer las tortillas. A la Yalita nunca la enviaron a la escuela, por lo que a su muerte no sabía leer ni escribir. 

Mientras vivía con sus abuelos nacieron sus otros nueve hermanos de parte de madre. A su padre no lo vio seguido, sino hasta que fue una adulta. 

Maternidad

A los 15 años Johana tuvo a su primer hijo. Se había unido a un hombre de Santa Rita, cuenta una de sus hermanas, María Lissete Gutiérrez. 

Tres años después nació una niña, su segunda hija. Entonces, la violencia empezó a aparecer nuevamente. “Yo era testigo de que él le daba maltrato porque yo le cuidaba a los niños después de mis clases”, asevera Gutiérrez, de 30 años. 

A los 19 Johana se separó. Gutiérrez dice que su abuelito se dio cuenta de que el marido de Johana la maltrataba y la llegó a traer. Otros familiares dicen que él la abandonó. El caso es que la Yalita estaba embarazada de su tercer hijo, pero cayó gravemente enferma de anemia y perdió al bebé. 

Su vecino José Timoteo Potoy, un hombre 25 años mayor que ella, la ayudó a recuperarse. “Y ya nos vinimos quedando”, recuerda Potoy, hoy de 62 años, refiriéndose a que empezaron a vivir en una unión de hecho estable. Él trabajaba en un vivero y ella se quedaba en la casa cuidando a los niños. Fue entonces cuando nacieron sus otros tres hijos. 

Johana era “morenita, pelo liso y cachetoncita”, recuerda Potoy, a quien los dos hijos mayores de Johana le dicen papá. María Lissete Gutiérrez afirma que Potoy siempre cultivó una buena relación y “nunca le dio mala vida” a su hermana. 

En 2009 Johana y Potoy se mudaron a Los Cedros, otra comunidad de Villa El Carmen. Allí ella conoció a  Álvaro de Jesús Hernández Zamora. 

Después de unos meses empezó una relación con Hernández y se llevó con ella a su hijo menor, para entonces de 4 años. Nadie supo a dónde se había ido, hasta que volvió un año después a la casa de su nueva suegra, ya con los primeros signos de violencia. 

Relación tormentosa

La relación con su nueva pareja siempre fue violenta, concuerdan vecinos y familiares de Johana, quienes la veían llegar con moretones y golpes en el cuerpo. Ella siempre lo negaba. “Decía que había sido un accidente, que había chocado en la moto, que se había caído de la bicicleta, nunca aceptaba el maltrato”, relata su hermana. 

Una de las pocas veces que le contó a su hermana de su relación violenta, que duró ocho años, le confesó que Hernández la había amenazado. “Le dijo que solo muerta se iba a separar de él, que se la iba a mandar a mi mamá en una caja”, dice entre sollozos Gutiérrez. 

Hernández trabajaba conduciendo una caponera y no dejaba que Johana visitara a su madre o a sus hijos con mucha frecuencia. “La aislaba”, asevera una de sus hermanas menores. “Él tenía dominio de ella solo con la mirada”, refuerza. 

El final

El 24 de diciembre de 2017 Johana llegó a la casa de su madre. Llevaba puesto un vestido azul y se le veían las piernas llenas de moretones. Dijo que se había caído. El 31 de ese mes regresó de visita, pero su pareja llegó a traerla al poco tiempo. 

El 3 de enero volvió a la casa de su hermano en compañía de su pareja. Estaba fajada y caminaba lento, como adolorida. Hernández se la llevó sin que pudiera decir qué le pasaba. Sus familiares no supieron de ella hasta el 8 de enero, cuando llegaron a buscarla y la encontraron postrada en su cama. Estaba muriéndose. 

Luego de llevarla a dos hospitales sus hermanos la trasladaron a casa, desahuciada. A su cuerpo le faltaba un par de horas para colapsar, dijeron los médicos. Los golpes le provocaron graves daños internos, entre ellos desprendimiento pulmonar. Al morir Johana entró a las estadísticas de violencia machista. En 14 de los 51 asesinatos de mujeres ocurridos en 2017 utilizaron armas de fuego, en 21 usaron armas cortopunzantes y en tres fueron golpes con los puños, según el Observatorio Católicas por el Derecho a Decidir. 

“El miércoles en la noche me dijo que le dijera a mi mamá y a sus hijos que la perdonaran, que me cuidara porque tengo anemia y padezco de azúcar, que no permitiera que mi marido me pegara”, aseguró su hermana Emilia Gutiérrez, de 26 años.

Hernández tiene dos días de estar prófugo de la justicia. Los familiares de Johana afirman que los vecinos han visto al hombre llegando a sacar cosas de su casa durante la noche. 

El delito de femicidio, según La Ley 779

Comete el delito de femicidio el hombre que, en el marco de las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, diere muerte a una mujer ya sea en el ámbito público o privado, en cualquiera de las siguientes circunstancias:

a) Haber pretendido infructuosamente establecer o restablecer una relación de pareja o de intimidad con la víctima;

b) Mantener en la época en que se perpetre el hecho, o haber mantenido con la víctima, relaciones familiares, conyugales, de convivencia, de intimidad o noviazgo, amistad, compañerismo, relación laboral, educativa o tutela;

c) Como resultado de la reiterada manifestación de violencia en contra de la víctima;

d) Como resultado de ritos grupales, de pandillas, usando o no armas de cualquier tipo;

e) Por el menosprecio del cuerpo de la víctima para satisfacción de instintos sexuales, o la comisión de actos de mutilación genital o cualquier otro tipo de mutilación;

f) Por misoginia;

g) Cuando el hecho se cometa en presencia de las hijas o hijos de la víctima;

h) Cuando concurra cualquiera de las circunstancias de calificación contempladas en el delito de asesinato en el Código Penal.

“No se puede exigir a una mujer que denuncie a su agresor”

A criterio de María Teresa Blandón, del programa feminista La Corriente, es importante apuntar sobre el proceso de socialización de Jesús Hernández Zamora, quien está siendo investigado por la Policía Nacional por el asesinato de Johana López  y se encuentra prófugo. 

María Teresa Blandón.Para Blandón es fundamental analizar qué lo llevó a “desarrollar ese nivel de desprecio por la vida de las mujeres, como para construirse una idea de masculinidad en la que el poder se ejerce en primera instancia en el cuerpo de una mujer”.

“Que ella haya tenido varias parejas y que varios hombres la maltrataran forma parte de una cadena de violencia. También es posible que haya vivido alguna situación de violencia en su familia y precisamente que eso no le haya permitido reconocer lo que estaba viviendo”, apuntó Blandón, tras conocer la historia de Johana López.

Aunque los familiares de López no entienden cómo nunca denunció a su pareja, Blandón alerta sobre una posible causa: el daño que dejó en ella la violencia que ya había recibido. 

“Reconocer la violencia es el primer paso, pero no se le puede pedir a una mujer de primas a primeras que denuncie si a lo largo de toda su vida ha sido víctima reiterada de una violencia sistemática, que no solo es física, que es también sicológica, económica, que probablemente también es sexual, y todo eso deja un daño. Todo el mundo sale debilitado de un proceso de violencia”, cuestionó.

Según Blandón, solo es posible tener dominio de una mujer, como lo tenía Hernández sobre López, “cuando desde la infancia ya le han debilitado sus mecanismos de defensa, el sentimiento de su propia valía, cuando le han negado las oportunidades para que se desarrolle”. 

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