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Laísa Freire, experta en educación ambiental de la Universidad Federal de Río de Janeiro, quien ha realizado proyectos en Suramérica sobre este tema, visitó Nicaragua para impartir una conferencia magistral. 

Freire aseguró que la educación ambiental en países como Nicaragua debe institucionalizarse estableciendo proyectos escolares. Dichos proyectos deben fundamentarse en las tres principales tendencias de la enseñanza ambiental: conservación, pragmática y la crítica. 

La experta se reunió ayer con docentes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) para impartir una conferencia magistral sobre cambio climático y educación ambiental. Freire afirmó que los países latinoamericanos están orientados a la necesidad de impartir un proyecto de educación ambiental escolar. 

Aseguró que Colombia y Brasil están a la cabeza en este tipo de iniciativas, tanto así que en sus instituciones educativas hay asignaturas específicas de educación ambiental. 

La docente de la Universidad Federal de Río de Janeiro destacó que la enseñanza ambiental de calidad se desarrolla en tres ejes: la conservación, la pragmática y la crítica. “Visiones diferentes de los procesos ambientales”, aclaró. 

Para Freire, tomar una botella de agua y colocarla en un lugar para que sea reciclada se trata de una educación pragmática, porque es la acción individual de una persona que tiene una gestión responsable de los desechos que genera. 

Una visión conservadora es que el Gobierno declare un bosque parque nacional, es decir, una unidad de conservación donde el ser humano no puede colonizar y se aleja de la naturaleza.

El eje de la crítica tiene que ver con “planteamientos y reflexiones sociales sobre el modelo de desarrollo y que cuestiona, ¿por qué tengo que alejar al ser humano de la naturaleza construyendo unidades de protección? ¿Por qué debo estar pendiente de mi botella? Porque tomo agua en una botella y genero el problema”, explicó la experta. 

Freire aseguró que Nicaragua tiene una política de educación ambiental, sin embargo, el reto es evaluar los resultados. “Los procesos educativos son a largo plazo. Recibo en la escuela la clase y no soy una máquina para actuar distinto al día siguiente. Hay un proceso cultural que hay que cambiar, si es posible durante generaciones”, aseveró. 

Josvell Saint Clair es el coordinador de la maestría  en enseñanza de la ciencia que imparte la UNAN-Managua. Saint Clair gestionó la visita de Freire para que hablara con docentes de biología, ciencias sociales, física y otras carreras, sobre cómo compartir sus conocimientos. 

“La idea es que la formación científica le sirva a la gente para entender lo que pasa con el mundo. Es difícil trabajar con adultos porque tienen esquemas bastante duros, por eso trabajamos con estudiantes o niños pequeños, porque ellos pueden cambiar la estructura cultural de botar basura”, declaró. 

Saint Clair afirmó que muchos docentes no tienen formación en educación ambiental. “Nosotros sabemos mucho, pero se nos dificulta poder transmitir eso que sabemos”, dijo.  

Justicia ambiental cuestionada

Freire analizó que Nicaragua es un ejemplo de injusticia ambiental, porque no produce gases de efecto invernadero o es menor que otros países, sin embargo, al firmar el Acuerdo de París se compromete a disminuir dichas emisiones. Además es mucho más afectado por los efectos del calentamiento global que otras naciones que sí arrojan contaminantes. 

Desde la perspectiva de la justicia ambiental, la persona común es vista como víctima de las empresas e instituciones que aportan al calentamiento del planeta, pero cada ciudadano tiene el deber de aportar a dicha justicia a través de buenas prácticas ambientales, dijo la experta. 

Es decir, que una familia que usa piscina y luego simplemente desecha el agua por la calle, realiza una injusticia ambiental, ya que otras personas no tienen el líquido.