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La lava del volcán Masaya cautiva a centenares de turistas que lo visitan cada día. El espectáculo natural causó el mismo efecto en la periodista y escritora ecuatoriana Sabrina Duque, quien luego se convenció de que es imposible contar la historia del pueblo nicaragüense sin tomar en cuenta a los colosos que lo rodean.

Inicia con la primera imagen al acercarse al aeropuerto de Managua, divisando desde el avión el volcán Momotombo sobre el lago Xolotlán, y recorre las faldas arenosas del Cerro Negro donde los turistas se deslizan en una aventura singular; la celebración de la Gritería Chiquita en León, que recuerda el milagro concedido por la Virgen de la Concepción al detener la lluvia de cenizas lanzada por el Cerro Negro en una de sus erupciones; y las comunidades arrasadas por el deslave del volcán Casita en octubre de 1998 cuando el huracán Mitch azotó a Nicaragua.“Nicaragua es muy famoso entre los hispanoamericanos”, dice la periodista ecuatoriana Sabrina Duque.

La trama atrapó a los jueces de la Beca Michael Jacobs de Crónica Viajera 2018, otorgada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), Hay Festival y la Fundación Michael Jacobs.

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Con la obra “Nicaragua: pueblos, lava y ceniza”, el domingo 28 de enero Sabrina Duque fue anunciada como la primera mujer que obtiene este reconocimiento, en su cuarta edición. La beca consiste en un incentivo de U$7,500 para continuar el proyecto y publicarlo. Según el acta de juzgamiento del concurso, el logro del libro es: “Haber encontrado una manera original de retratar la interacción del ser humano con su entorno natural. La autora pretende analizar cómo conviven los pueblos nicaragüenses con los volcanes cuando no están en erupción”.

Duque, de 38 años de edad y 20 de experiencia en la escritura, reside con su familia en Managua desde marzo de 2017. Nacida en Guayaquil, Ecuador, la periodista ha publicado un libro y ha escrito para revistas como Etiqueta Negra, Gatopardo, SoHo, Internazionale y Folha de Sao Paulo. Fue también finalista en el premio Gabriel García Márquez de periodismo en 2015.

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Sabrina Duque explica a El Nuevo Diario cómo nació el interés de relatar “el amor loco” del pueblo nicaragüense por sus volcanes. 

¿Por qué llegó a Nicaragua?

Me mudé a Nicaragua en marzo del año pasado, mi esposo es diplomático. Yo llegué con ojos de extranjera, feliz porque llevaba como siete años sin hablar español. Vine queriendo conocer el país más allá de lo que se conoce, porque Nicaragua es muy famoso entre los hispanoamericanos por dos razones: por un lado está el lado de Rubén Darío, una figura fundacional de la literatura, y el tema del Sandinismo, del pueblo que se levantó y derrocó una dictadura familiar e inspiró a mucha gente.

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¿Cómo le surgió la inspiración para escribir sobre los volcanes en Nicaragua?

Empecé a conocer Nicaragua y el primer paseo que hice fue al (volcán) Masaya. Pero yo nací en Ecuador, donde te dicen vamos a visitar un volcán y significa que tienes que entrenar físicamente, vestirte de una forma especial, planificar el viaje y donde los volcanes son una cosa peligrosa que hay que tratar con cuidado y con muchísimo respeto. Entonces yo llego acá y subimos al Masaya en carro y llegamos hasta el cráter. Yo nunca había visto lava en mi vida y el espectáculo de ver la lava pasar ahí, y luego ver que tienes al lado una cantidad de urbanizaciones y casas y cosas, yo dije “¿por qué están tan cerca de los volcanes?”. Ahí me prendió la curiosidad.

¿Qué otros detalles de la historia de los volcanes en Nicaragua captaron su atención?

Leí el libro de Jaime Incer Barquero y vi que el tercio de Managua está construida por el camino donde pasó la lava que desembocó en el lago. Y luego me di cuenta que existe una Gritería Chiquita, porque se hizo una promesa para que dejara de caer ceniza de un volcán; y hace casi 20 años, durante el huracán Mitch, el deslave del Casita acabó con dos pueblos. O como este pueblo, que estaba aquí en la zona del Pacífico y que después de un proceso eruptivo del Cerro Negro, lo mudaron para Nueva Guinea en la parte del Caribe en los años 70. Me iban apareciendo historias que tenían que ver siempre con volcanes.

Y sobre el pueblo nicaragüense ¿qué cosas quiere contar en el libro?

Yo quiero contar la historia de la gente que trabaja en turismo. Estás respirando cenizas todos los días o arriesgando tu vida cruzando los Hervidores de San Jacinto, siendo niños. O cómo es vivir en Ometepe con dos coronas, uno que ya está extinto en términos geológicos, pero otro que no; o vivir en el lago de Nicaragua, que las isletas de Granada son también producto de una erupción volcánica. Es una vida arriesgada y muy enamorada. Hay mucho amor por los volcanes y un cierto sentido de seguridad que parece absolutamente artificial; y con alguien que creció en un país con miedo, me deja muy fascinada la relación que tienen los nicaragüenses con los volcanes. Se me metió en la cabeza que tenía que contar algo sobre Nicaragua, tenía que ser sobre los volcanes porque es algo que hacia afuera no se ve.

¿Cómo fue el proceso de escritura del trabajo “Nicaragua: pueblos, lava y ceniza”?

Mi proyecto original era ir publicando las historias sobre los volcanes en diferentes medios. Luego, se abrió la convocatoria para la beca Michael Jacobs y pensé que es algo que él hubiera escrito. Decidí postularme para la beca, y dije: “Si corro con suerte, termino finalista y tener ese sello garantiza que vas a tener un editor que va a publicar ese libro”. Pero, al final, para mi enorme alegría, gané. 

¿De qué otros temas, sobre Nicaragua, le gustaría escribir?

Nicaragua está llenísima de temas. Por ahora me concentraré en el tema de los volcanes, pero me llama mucho la atención que, después del proceso que es tan similar a los procesos de otros países vecinos en América Central, Nicaragua no terminó hundida en la violencia de pandillas que ha contaminado a sus vecinos. Ahí hay una historia que hay que saber explicar. También, el proceso de reconciliación que Nicaragua vivió. Hay países que han sufrido "una grieta" por procesos políticos. En el país había familias divididas en los años 70 u 80 y en este momento han alcanzado un "modus vivendi" que da una esperanza, de que en otros países se ve como un abismo insondable de que nunca te vas a reconciliar con gente que tú querías antes de este proceso político. Aquí, con todas sus imperfecciones, los procesos de reconciliación pueden llegar a funcionar.

¿Cuál es el lugar que más le gusta de Nicaragua?

Todos los volcanes me gustan, pero el Masaya fue amor a primera vista. El Masaya es la semilla de la historia. No me podía sacar de la cabeza el tema de haber estado ahí, es muy impresionante. Para ustedes (los nicaragüenses) es medio común, pero para alguien que viene de un país donde hay volcanes, llegar así tan cerquita de un cráter, es de otro mundo. Me demoré días en recuperarme de la impresión de haber estado tan cerca. 

¿Hay otros lugares donde le gustaría ir?

Tengo que ir a Nueva Guinea, a reportear esas historias de quienes vivían en este lado de Nicaragua, porque cambian tus procesos mentales de orientación, quiero ver cómo le fue a esta gente con esta mudanza.

¿Qué mensaje quiere transmitir a los lectores de todo el mundo con esta obra?

Quiero que este libro sea como una invitación. Este país tiene una belleza natural tan hermosa, que tiene este amor loco por los volcanes, cuya gente se divide entre alegrías y tragedias, y amor por la tierra, está aquí. Conózcanlo. Me gustaría que todo el mundo viniera y conociera Nicaragua, que es sumamente hermosa. No puedo imaginarme un lugar tan bello y tan desconocido. 

¿Y qué efecto quisiera que esta tuviera en los nicaragüenses? 

Me gustaría que a los nicaragüenses les gustara mi visión de extranjera sobre su país y que disfrutaran el libro. Que lo leyeran y se divirtieran. Que pudieran mirarse con otros ojos. Estoy súper enamorada de este país y mi ilusión es escribir un libro que no solamente esté a la altura del legado de Michael Jacobs, sino que sea un libro que los nicaragüenses lean con mucho amor y puedan darse cuenta de la belleza y de la magia que tiene esta tierra. Que no soy la única extranjera que ha quedado perdidamente enamorada por Nicaragua.