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“Sur, silencio” es el nuevo poemario de la periodista y escritora Irene Selser, una ciudadana universal a la que el exilio la llevó a establecer raíces en tres naciones: su natal Argentina, Nicaragua y México.

Su poesía, además de los dramas familiares, del amor hacia el padre ya fallecido, nos presenta una radiografía del convulso mundo contemporáneo en el que la migración por medios irregulares termina con la vida de inocentes, mientras la violencia latente en México también rapta su inspiración.   

Selser, actualmente, dirige la sección Internacional del periódico mexicano Milenio. Conversó con EL NUEVO DIARIO sobre esta obra que presentará el miércoles 14 de febrero en Granada, en el marco del XIV Festival Internacional de Poesía, evento que asegura “es ya una referencia obligada en América Latina, que cada año convierte en capital de la poesía a la cuna de grandes poetas nicaragüenses como Ernesto Cardenal, José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos, Manolo Cuadra y también Nicasio Urbina, nacido por azares de la política en Buenos Aires, pero granadino por adopción y convicción”.

En su poemario “Sur, silencio”  hay versos cargados de mística familiar, del dolor por la pérdida del ser amado, pero también vemos a Irene Selser, la periodista. ¿Qué peso tiene su profesión en sus versos?

Es, pues, un gran gusto y un gran honor presentar en Nicaragua “Sur, Silencio”, que como bien señala tiene un sesgo también, bajo la forma de crónica poética, del peso que en mis versos tiene mi oficio de toda la vida como periodista. Hay temas que se prestan para eso, como por ejemplo la historia de Las Rastreadoras, un grupo de mujeres del norte de México, Sinaloa, que salen a buscar a sus seres queridos desaparecidos a manos del crimen organizado, hurgando en la tierra, en los pastizales, con varitas de madera a falta de palas u otros instrumentos. Han aprendido que si la vara “huele mal” es porque ahí hay un cuerpo descompuesto... Mi poema “Las Rastreadoras” trata de eso, una historia terrible porque, además, estas madres, esposas, hijas, hermanas no piden ni esperan justicia, “solo queremos hallar a nuestros tesoros”, dicen, a sabiendas, tal vez, de que por el grado de violencia y de descomposición, también, del tejido social en México, el Estado se ha visto rebasado para dar respuesta a tanto horror y t
anta barbarie frente a la cual la poesía no puede ser ajena.

¿Es la patria un imaginario?

Es una gran pregunta. Entiendo que para aquellos que han vivido siempre en su país, la patria es cosa de todos los días. Pero quienes debimos asumir la diáspora como parte de nuestras vidas, sí, a veces es un imaginario, una esquina o un libro de poesía... Para los migrantes centroamericanos, la patria puede ser lo que se queda en la estación antes de treparse al tren mexicano conocido como La Bestia; para los palestinos, cada vez más despojados de su pedazo de tierra ante la irrefrenable ocupación israelí, la patria es una llave y también su lucha diaria para evitar ser convertidos en refugiados de su propia identidad. De ellos también hablo en mis poemas, me identifico plenamente con su dolor, el desagarro de sus vidas y su impotencia.

 ¿Es la poesía un bálsamo para curar la herida de los seres que han partido? ¿Es también una forma de liberar esos secretos de familia?

Sin duda, la poesía es un colibrí y también un camino, una senda a través de la cual expresar y dar nuevo sentido incluso a los secretos de familia. Aunque mi abuela Beatriz, argentina, católica y espiritista, nunca ocultó que cada jueves convocaba a los difuntos. Tenía una mesita de tres patas y muchas veces me tocó ver cómo se movía la copita de un lado a otro de las letras para dar a conocer el mensaje “del más allá”. Tal vez por eso no me dan miedo los muertos, la muerte sí, pero los muertos no. 

También, como digo en el último poema del libro que le da sentido al título, “Sur, Silencio”, la poesía es para mí “patria de náufragos y errantes,/ el punto cardinal del peregrino”.

 ¿A qué se debe que el viento sea una figura recurrente en su poesía?

¡No me di cuenta que lo era! Pero sí, el viento está presente en varios poemas, lo mismo que el mar. Las cenizas de mi padre Gregorio Selser, de mi hermana Claudia y también de mi madre Marta Ventura, que tanto quisieron a Nicaragua, fueron esparcidas por mí y por mi hermana Gabriela, también periodista y escritora. El viento fue el encargado ciertamente de esparcir sus cenizas, y sus vidas, por encima de las olas en dirección al horizonte. El viento... sinónimo de libertad.​

¿Cuánto tiempo le tomó escribir el poemario?

Varios años, porque cuando creía que estaba concluido algo ocurría que me hacía volver a él. Lo corregí muchas veces y aunque no es desde luego mi primer libro, “Sur, Silencio” es para mí muy especial, porque supone un corte de caja de lo quiero decir, de dónde vengo, a quiénes amo y con quiénes me identifico por encima de todo. También hacia dónde quiero ir. A la poesía.

¿La vida en el periodismo, el trajín del día a día y la poesía son buena combinación en cuanto al factor tiempo?

Es la peor combinación. Es como ser poeta y médico internista a la vez. Uno sabe a qué hora entra al hospital pero nunca a qué hora sale. Un periódico es como “Grey’s Anatomy”. Por eso perdí muchos años sin escribir, porque “no tenía” el tiempo pautado, una disciplina, un orden. Hasta que descubrí que el tiempo se hace, a la hora que sea y donde sea. Y sin tener que descuidar a los pacientes...    

¿En qué otros proyectos editoriales está trabajando?

Tengo tres libros terminados, listos para entrar a imprenta, uno para niños, otro de poesía y un tercero también de poesía pero estilo japonés, el haiku, un género que estudié varios años en México porque hace, literalmente, a la esencia misma de la poesía, palabra e imagen conjuntadas para definir lo esencial. Ya he publicado otro libro de haiku y para niños, como “Lucas, el dinosaurio feliz”, que la Secretaría de Educación (SEP) de México adquirió para cuarto grado de primaria y que, por cierto, voy a presentar el domingo 11 de febrero en Chinandega, donde también un día antes, el sábado 10, presentaré “Sur, Silencio”, junto a los jóvenes poetas chinandeganos María José Díaz Reyes, gran promotora cultural y directora del centro cultural La Maga, y Pablo Antonio Alvarado Moya, sin duda una de las principales voces de la joven poesía nicaragüense, quien a sus 17 años de edad es ya miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua. 

Por cierto, si puedo decirlo, Pablo Antonio Alvarado también presentará “Sur, Silencio”, en Managua, el viernes 9 de febrero a las 6 de la tarde en el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra, de la Librería Hispamer, junto a la extraordinaria poeta Michelle Najlis, que me ha honrado al leer mi libro y aceptar presentarlo, además de la socióloga y escritora Nadine Lacayo, cuya novela histórica “Polvo en el viento” es una demostración de cómo la memoria y su reivindicación a través de la escritura es una puerta de salvación “de la ilusión y la esperanza”, como dice la misma Nadine. En la presentación el viernes en el PAC también nos acompañará con su música y su canto mi querida Marlene Álvarez, en lo que promete ser una jornada muy especial.

Y el miércoles 14 de febrero a las 11 a.m. presentaré “Sur, Silencio” en el Hotel Granada,  en el marco del XIV Festival Internacional de Poesía, otro motivo de alegría para mí y de profundo agradecimiento a Nicaragua y los nicaragüenses por todo lo que me han dado y me siguen dando a lo largo de mi vida.

Las Rastreadoras

Las Rastreadoras no quieren venganza,
tampoco justicia.
Con pico y pala, doscientas madres de Sinaloa
excavan fosas clandestinas.
“No buscamos huesos, buscamos a nuestros tesoros”, 
aclara Mirna a la periodista
y niega que su hijo Roberto haya sido un delincuente.
Él vendía memorias y discos compactos
como Alton Sterling, el ciudadano negro de 37 años
ultimado a tiros por dos policías blancos en Baton Rouge, Luisiana.
“Y si hubiera sido un delincuente también lo busco”, 
asegura esta experta en horadar los campos con una varilla
a fin de percibir mejor el aroma del suelo caliente. 
“Si el olor es fétido y el color negro, 
seguro es que hay un cuerpo, ya encontramos a sesenta”, 
precisa Mirna sin poder desentrañar aún 
el cómo ni el porqué  de sus lágrimas.

De polvo somos pero sin muerto no hay sepultura,
solo heridas abiertas como fosas,
tajos donde las madres rascan y perforan
hasta dar con la mirada afable,
la cicatriz en la rodilla izquierda
de cuando el muchacho hoy sin rostro
rodó de niño entre las piedras.
Hace dos años que Roberto desapareció
pero Mirna, incansable, no desiste.
Y a falta de un lugar donde llorar al hijo,
remueve con la pala el útero de la tierra,
segunda madre. 

Irene Selser.