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Un grupo de dieciséis jóvenes estadounidenses trabaja contrarreloj en Chiquilistagua para terminar de construir la casa de una familia de escasos recursos de esa comarca, ubicada a unos 13 kilómetros al sur de Managua. Con sus guantes de construcción y zapatos deportivos, se disponen a trabajar en equipos para concluir cada tarea. 

Están divididos en tres grupos. Cinco acarrean baldes cargados de cemento y pasan los materiales para crear la mezcla; otros seis mezclan el piedrín, la arena, el cemento y el agua; y los cinco restantes se toman un descanso mientras juegan con los niños y niñas de las cercanías. Los roles cambian cada media hora. 

Los jóvenes son hombres y mujeres estudiantes de noveno a duodécimo grado de la secundaria Palm Trinity, de Miami, quienes trabajan de 9:00 a.m. a 5:00 p.m. durante toda una semana para terminar la vivienda. En esta ocasión, los beneficiarios son Cristopher Espinoza, de 28 años, y Keyling Rodríguez, de 23, padres de dos niños, de 2 y 4 años. 

“Antes vivíamos con mi hermano y su familia en la casa que mi papá dejó”, cuenta Espinoza. La vivienda estaba construida con tablones y no de concreto, como la que tendrá ahora. Para él tener una casa representa estabilidad y seguridad para sus dos hijos. 

“Se nos inundaba el cuartito con cada lluvia, además de que era un lugar chiquito, solo podíamos dormir los cuatro en una cama y tener la cocinita y el televisor”, agrega Keyling Rodríguez, quien junto a su esposo solicitó la casa a la fundación Open Hearts.

 Ayer los jóvenes visitaron la escuela “La Esperanza”, cercana al basurero municipal la chureca.

Esta no es la primera vez que un grupo de estudiantes arriba a Chiquilistagua para cambiar la vida de las familias. En los últimos quince años, diversos grupos de estudiantes estadounidenses han venido al país para construir más de veinte casas en esa comarca, explica la maestra María Vanegas, a cargo del proyecto. 

Voluntarios

Para venir a Nicaragua, los estudiantes de Palmer Trinity debieron aplicar y exponer los motivos por los que querían participar del programa, explicó Vanegas. Los directivos del instituto deben verificar el rendimiento académico y comportamiento de los postulantes, que este año sumaron 38, pero solo pudieron clasificar 16. 

Las razones que tienen los jóvenes para hacer voluntariado en un país extranjero son diversas. Algunos tienen lazos personales con el país, como es el caso Ramiro Martínez Ortiz, que tiene padres nicaragüenses. “A mis padres les agrada saber que me preocupo por su país de origen, creen que es algo bueno que brinde este apoyo a la comunidad en mi tiempo libre”, explicó el joven de 16 años.

 Ramiro Martínez Ortiz.

Martínez Ortiz añadió que es la primera vez que participa de este proyecto, y que además encontró la motivación en sus abuelos. “Mi familia y yo siempre venimos en vacaciones a Nicaragua, y mis abuelos tienen una fundación para ayudar a mujeres con cáncer de mama, así que pensé que yo también debería hacer algo para ayudar a la gente”, destacó el joven. Sus hermanos mayores también colaboraron en el mismo proyecto hace cinco años. 

También Jean Paul Arrion, de 17 años, cuya madre es nicaragüense, encontró en ese factor una motivación para unirse al proyecto. “Siento que estas personas son parte de mi familia, sentía que tenía que hacer algo para devolverle a la comunidad y es conmovedor ver la reacción de las familias beneficiadas”, destacó. 

Otros jóvenes, como Danny de Sola, de 18 años, encontraron el incentivo para venir en la experiencia de amigos y familiares que lo habían hecho un par de años antes. “Mi hermano fue el primero en venir y cuando él volvió a casa me dijo que había sido una experiencia maravillosa poder ayudar a los niños, construir una casa y crear un nuevo ambiente para la familia. Mis padres creen que esta experiencia es una de esas que marca el carácter”, relató la joven de duodécimo grado. 

En los últimos 15 años, los estudiantes de Palm Trinity han construido alrededor de 20 casas. Foto: Alejandro Sánchez/END.

El proyecto

Para acceder a una de las casas construidas por los estudiantes de Palm Trinity, los habitantes de Chiquilistagua deben enviar una solicitud a Open Heart Ministries, una organización cristiana que tiene diferentes proyectos en dicha comunidad. 

La familia Espinoza Rodríguez envió siete solicitudes, y después de dos meses pasaron al proceso de entrevistas y fueron seleccionados. Cada vez que seleccionan a los nuevos beneficiarios, los misioneros de Open Heart Ministries avisan a Palm Trinity para que organice a los nuevos voluntarios. 

“Los estudiantes pagan una cuota para venir y eso cubre los costos de los materiales para la casa, el pago de los trabajadores y cualquier otro gasto en el que se pueda incurrir”, explicó Vanegas, la maestra a cargo. El terreno no está incluido dentro de la donación, pues uno de los requisitos es que las familias tengan un terreno inscrito a su nombre. 

Experiencia impactante

Para Christopher Farrington, director general de Open Heart Ministries, el hecho de que los estudiantes estadounidenses vengan a trabajar con sus propias manos en un proyecto tan importante, como la construcción de una vivienda, es algo “impactante”. 

“Para ellos, que vienen de otra realidad socioeconómica, cambia su entendimiento del mundo. Tienen que caminar en la tierra, ensuciarse, trabajar duro”, explica Farrington, un estadounidense que ha vivido en Nicaragua durante los últimos doce años.  

Y los jóvenes resaltan que, en efecto, la experiencia ha sido formadora. “Muchos de nosotros no siempre valoramos lo que tenemos en Miami, esta experiencia me ha abierto mis ojos sobre cómo algunas personas viven en comparación con otras personas”, reflexiona Ramiro Martínez Ortiz, quien asegura que aunque el trabajo sea desafiante físicamente, se enfoca en pensar en los resultados que tendrán y la felicidad que llevarán a los niños, para no abandonar el trabajo ante el cansancio o la sed. 

El joven añadió que lo sorprendió cómo la familia se había emocionado por la magnitud de la casa, de 9x6 metros en total. “Me hace sentir orgulloso de mí mismo y de lo que estoy haciendo”, destacó. 

Danny de Sola destacó que esta experiencia fue “maravillosa”, y es la segunda vez que viene a Nicaragua a construir viviendas. “Es increíble ver cuántas casas han construido los estudiantes de mi escuela a lo largo de los años y cómo esto crea un ambiente seguro para las familias”, añadió la joven, quien a pesar de sentirse cansada y adolorida afirma que la experiencia valió la pena.  

“He aprendido que tengo que apreciar más lo que se me ha dado, porque estas personas tienen sonrisas en sus rostros aun cuando tienen poco”, reflexiona Jean Paul Arrion, de undécimo grado. “Nunca había hecho servicio social, así que finalmente pude experimentar algo tan especial como lo que está pasando aquí”, expresó. 

Y Sebastián López, de 16 años, quien también participa por segunda vez de la iniciativa de su secundaria, afirma que lo que más le emociona es “la felicidad de los niños cada vez que venimos a ayudar”. “Es trabajo duro, pero vale la pena porque la familia está contenta”, resalta. 

Esta también es su segunda vez construyendo casas en el país, y señaló que logró encontrar a la familia que había ayudado hace dos años, la cual ha mejorado las condiciones de la vivienda.