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Puerto España / EL PAÍS
La participación de Barack Obama en la Cumbre de las América ha permitido un contraste desolador para el continente. La imagen renovadora y vitalista del nuevo presidente estadounidense, multiplicaba la sensación de anquilosamiento de una clase política latinoamericana que, por naturaleza y salvo excepciones, se resiste al cambio.

Repasando el mapa de sur a norte, se encuentra a la esposa de un ex presidente gobernando en Argentina, un partido al frente de Chile que supera ya en el poder los 17 años de la dictadura de Augusto Pinochet, un ex presidente en Perú, un presidente en Colombia reelegido después de una reforma constitucional ad hoc, un presidente semivitalicio en Venezuela, el hijo de un ex presidente en Panamá, un ex presidente en Nicaragua y otro ex presidente en Costa Rica.

Varios ex presidentes más y familiares de ex presidentes esperan su oportunidad para inmediatas convocatorias electorales. Un ejemplo: en el país más innovador y democrático de la región, Chile, el ex presidente Eduardo Frei es el favorito a la victoria, precisamente porque otro ex presidente, Ricardo Lagos, renunció a presentarse a las elecciones. Ambos están en el linde de los 70 años.

Las sociedades latinoamericanas se han modernizado por dentro y han cambiado considerablemente sus condiciones y estilos de vida en los últimos años, pero sus dirigentes se dan turno en la puerta giratoria del poder, sin importar que en el camino hayan sido condenados por corrupción, por incesto o hayan tenido que huir de su país perseguidos por la justicia o la ira popular.

Ante el resto,
Lula luce inmenso
Nada extrañaría que un día Alberto Fujimori recuperara la banda presidencial peruana, como la tuvieron algunos antiguos dictadores. Por esa razón, la figura de Luiz Inácio Lula da Silva emerge cada día poderosa, como el faro hacia el que Washington dirige su mirada.

Esa falta de renovación sanguínea hace a los dirigentes latinoamericanos sospechosos del nuevo discurso que escuchan en Washington. Durante décadas se han educado en una cultura política hipócrita que recomendaba, por un lado, denostar a Estados Unidos en las plazas públicas, mientras por el otro, se buscaban arreglos con el imperio y hasta se le ofrecían bajo cuerda ventajas vergonzosas.

Debe costar cambiar eso por el diálogo franco y la abierta defensa de los intereses nacionales que esta nueva Casa Blanca reclama hoy en las relaciones con América Latina. Obama ofreció un lenguaje nuevo. La mayoría de los latinoamericanos respondieron con desconfianza y desconcierto, repitiendo el guión clásico sobre el levantamiento del embargo a Cuba y las culpas de Washington en casi todo, observando la jugada con prevención, calculando cuáles son las consecuencias de Obama para ellos, qué efectos puede tener su popularidad en la suerte política de cada uno de quienes le escuchaban.

Obama representa una gran oportunidad para América Latina. Con él, este continente tiene ocasión de construir un nuevo modelo de relaciones y subirse a un tren reformista que le permita tener algún protagonismo internacional en este difícil comienzo de siglo.

Pero no es ésa la apuesta que se ha hecho en Puerto España. Esta cumbre ha sido silenciosa, sin los aspavientos dialécticos tradicionales, una cumbre llena de buenos modales, pero también de recelos hacia el nuevo aire procedente del norte, con el miedo a que cobre tanta fuerza que acabe llevándose por delante a los viejos caudillos.