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En sus cinco años como titular del Juzgado Tercero Especializado en Violencia de la capital, Edén Aguilar ha ganado la fama de ser implacable y se caracteriza por sustentar sus fallos con argumentos sólidos en materia de género, en casos de abusos sexuales y femicidios. 

El 13 de julio del año pasado, impuso la pena de cinco años de cárcel a un hombre que manoseó en plena calle a una mujer de 32. Al día siguiente, sentenció a siete años de prisión a un joven de 18 por tocarle la vagina a una adolescente de 16 en el barrio Memorial Sandino.

Aguilar creció en el barrio Larreynaga de Managua rodeado de mujeres, dice. Una experiencia familiar que vivió cuando era pequeño fue determinante para que estudiara leyes. Cuando se inscribió en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), pudo terminar la carrera trabajando de día y estudiando de noche. 

Al ganar concursos de las diferentes instituciones que componen el Poder Judicial, ha pasado de secretario de juez a defensor público, a fiscal auxiliar, delegado, docente y luego se convirtió en un juez especializado en violencia. 

La masculinidad es cambiante. La violencia que un hombre ejercía cuando era niño, no es la misma que ejerce al ser joven o adulto.

Los jueces, según él, “tenemos la obligación de resolver el caso, pero la sentencia debe mandar un tanto de escarmiento para que nuestra sociedad reconozca que ese tipo de comportamiento debe desaparecer”.

A nivel del sistema judicial, afirma que los jueces y abogados no solo deben mejorar en conocimiento, sino en sensibilidad. 

¿Qué lo motivó a estudiar leyes?

Experimenté en mi familia ciertos actos de injusticia en donde habíamos alquilado una casa y los inquilinos se querían apropiar del inmueble. Vi cómo toda mi familia tuvo que luchar para poder pagar los servicios de un abogado, para no perder la casa. Eso me impactó en mi niñez y estando en secundaria iba perfilando el deseo de estudiar leyes. 

¿Cómo llega a ser juez?

Cuando estudiaba leyes trabajaba en una empresa pequeña, me quedé desempleado, me fui a los juzgados y una jueza me aceptó para hacer pasantías. Después fui nombrado amanuense (el que hace una redacción primaria de la sentencia), luego pasé a ser secretario judicial y así logré terminar mis estudios.  Trabajaba de día y me iba a estudiar de noche. 

A los 21 años me gradué siendo secretario judicial, luego concursé para ser parte de la Defensoría Pública y quedé. Posteriormente fui fiscal, procurador auxiliar y después la Corte Suprema, por concurso, me envió a Carazo para ser defensor público y me nombraron docente del Instituto de Estudios Judiciales, y tomé además una especialización en Género.  

Más tarde vino un concurso para nombrar jueces especializados en violencia, logro ser uno de ellos y me mandan a Masaya. Pasé ahí menos de un año, la Corte Suprema vio la necesidad de aumentar la capacidad de atención en Managua y me enviaron para acá, y ya llevo cinco años. 

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¿Por qué decidió especializarse en violencia?

Para mí la violencia tiene un alto enfoque, no solo en el aspecto institucional, sino personal. Crecí en una familia donde podría decir que las dos mujeres, mamá y abuela, eran las que ejercían el plan de trabajo en la familia. Había mucha presencia femenina, de un buen diálogo en la mesa, era todo diferente a lo que yo vivía en la calle y siempre pensé que no me gustaría que a ellas les pasara algo. 

Pude distinguir desde temprana edad que el rostro femenino, las líderes, tienen mayor auge en el desarrollo personal y social. Tuve mucha empatía con el tema de género y los derechos humanos. 

En estos cinco años como juez en Managua, ¿cuáles son los casos que más lo han afectado?

En la práctica recibo casos de violaciones a niñas, niños y adolescentes, incumplimiento de deberes alimentarios, femicidios, abuso y violencia sexual, hay de todo. 

Sin embargo, me impacta mucho ver a menudo casos de abuso sexual a niñas y niños porque, cada vez que se agrede sexualmente a un ser de tan corta edad, estamos dañando nuestro futuro. No solo es el acto, la cosificación de esa personita, sino que es el impacto sicológico que en ellos se genera. El 13 de julio del año pasado, impuso la pena de cinco años de cárcel a un hombre que manoseó en plena calle a una mujer de 32.

Ellos van a recuperarse, pero nunca lo van a olvidar, más cuando el violador es cercano. El 96% de los casos de abuso sexual son cometidos por propios familiares: tíos, tías, padrastros, abuelos y hasta papás. Es duro ver que hay una ambivalencia porque hay niños que dicen: “Yo quiero a mi padre porque me ha criado, pero a la vez lo odio por agresor”. 

ha condenado a hombres por acosar a mujeres en la calle, una práctica que es naturalizada en este país. ¿Al emitir estas sentencias lo hace pensando en el mensaje que va enviar o simplemente basado en los hechos?

Hay dos momentos. En el hecho particular y en el efecto para la sociedad, como una sentencia aleccionadora. Los jueces tenemos la obligación de resolver el caso, la sentencia debe mandar un tanto de escarmiento para que nuestra sociedad reconozca que ese tipo de comportamiento debe desaparecer. No es posible que las mujeres sean cosificadas, que en las calles las toquen sin mediar palabra, eso no debe ser permitido porque es una violación a los derechos humanos. 

Las sentencias han hecho también recomendaciones importantes al sistema de educación. En un caso que sancioné a un maestro que abusaba de un niño en un colegio privado, ordené que se hicieran cambios estructurales, por ejemplo, en el sistema de prevención. Por eso las sentencias son aleccionadoras. 

¿Qué tipo de críticas ha recibido por sus sentencias?

Cuando uno es juez reconoce a una víctima y a un sentenciado. Un juez está expuesto a cualquier crítica. Entre nosotros hay buena comunicación y respetamos nuestras decisiones. En la mayoría de casos he escuchado que reconocen el esfuerzo y las sanciones que dictamos. Pero sé que hay gente que quizás critica y dice cosas como “ese juez es duro”, “pobrecito el hombre”, “lo condenaron porque no pagó”, o por qué lo condenó si no la violó, cuando hay casos en los que el hombre eyacula sobre el cuerpo de la víctima y eso es una violación. 

En los casos de femicidios, por ejemplo, cuando el hombre llega a la audiencia, admite los hechos y dice estar arrepentido, ¿ustedes creen en ellos?

Nuestro deber es ver si esa persona está ubicada en tiempo y espacio. Cuando admiten los hechos se les hace preguntas claras sobre las consecuencias, si admite procedemos a dictar sentencia. Cuando la persona dice “yo me arrepiento”, eso lo hace ser parte de un proceso de atención especializada, porque también se ordena que esa persona reciba un tratamiento obligatorio, para evitar actos de reincidencia. 

¿Cómo cree que influye la construcción de la masculinidad en la crianza de un potencial femicida?

El concepto de la construcción social de la masculinidad está plenamente identificado en nuestra sociedad. Nuestra forma de criar a los hijos e hijas ha conllevado a hacer una diferencia sexualizada entre lo que es un hombre y una mujer. En dependencia del sexo se asigna una carga de estereotipos o roles que se van ejercer a lo largo de la vida. 

Suele decirse que los jóvenes son quienes van a hacer el cambio, pero vemos que quienes más están matando a las mujeres son hombres menores de 30 años.  ¿Cómo analiza este fenómeno?

La masculinidad es cambiante. La violencia que un hombre ejercía cuando era niño, no es la misma que ejerce al ser joven o adulto. El ímpetu en el concepto de la masculinidad, el concepto recio de la violencia que ejerce la mayoría de hombres se da entre los 20 y 40 años. Hay una fortaleza, esa juventud se traduce en dominio, control, en un ejercicio de poder traducido a la hegemonía de ese poder. Pero hay que recordar que todos los hombres, cuando ejercen dominio y control, son potencialmente femicidas. 

¿Usted cree que en nuestra sociedad se está naturalizando la violencia?

Depende desde qué punto, porque se está trabajando mucho. Hay centros de albergue y atención. Nuestro sistema de justicia trabaja mucho con el concepto de erradicar la violencia. Hay segmentos poblacionales que sí lo ven natural, pero nosotros lo hacemos resaltar como un acto que no es natural, que es un acto de dominio, poder y violatorio de los derechos humanos. Eso lo hacemos de distintas formas a nivel poblacional e institucional. 

Yo no veo que haya una complacencia a la violencia, más bien cada quien está trabajando desde sus puestos para erradicar la violencia. 

Usted tiene un hijo, ¿cómo lo educa para que no sea un hombre violento?

Desde pequeño le hemos dado tratamiento sensitivo, sensorial, le inculcamos el respeto de la mujer y que reconozca su esfuerzo. En mi casa se practica la igualdad y se predica con la práctica. 

A nivel de sistema de justicia, ¿en qué cree que se debe mejorar para seguir avanzando en estos temas?

Estamos trabajando mucho en la incorporación de la perspectiva de género, pero considero que los jueces debemos fortalecer nuestra sensibilidad. El sistema no solo debe ser el conocimiento, tener una maestría o un doctorado, sino que se debe promover la sensibilización. Debemos reconocer que no solo somos jueces, sino que también somos padres y madres que tenemos que dar el ejemplo. Podemos mejorar la sensibilidad y amar a las personas que son más vulnerables.