•   Japón / Enviada especial  |
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Cuando el autoparlante del tren de alta velocidad Shinkansen anuncia que la parada de Kyoto está a diez minutos, los pasajeros se ponen de pie, recogen sus maletas e inician a formarse en fila para descender. Solo tienen sesenta segundos para desembarcar una vez que el tren llegue a la estación, a las 12:56 del mediodía.

Al abrirse las puertas del Shinkansen no hay apuros, pero tampoco hay contratiempos. Los pasajeros, japoneses en su mayoría, bajan de forma expedita. Afuera, quienes esperan el tren que continuará su camino en dirección a Tokio, lo hacen también en fila y frente a los vagones asignados en sus boletos.

A las 12:58 del mediodía, como estaba programado, el tren bala sale de la estación. Es solo una práctica de la eficiencia japonesa.

Estos hábitos son evidentes en el diario vivir de los japoneses: basta con verlos caminar por la calle mientras van a sus trabajos a las 9 a.m., saliendo del metro o cruzando una arteria principal de su ciudad. Caminan rápido, como si las distracciones no existieran, como si los tacones no estorbaran a las mujeres, como si las maletas que cargan no pesaran.

¿Recuerdan el sumidero de 30x27 metros que se abrió en una calle principal de Fukuoka, y que la municipalidad japonesa logró reparar en una semana? Pues bien, después de diez días en Japón entendí que la velocidad es el ritmo en ese país: de sus trenes, de su gente, de sus servicios.

Llegué a Japón invitada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país, como parte del programa Juntos para Centroamérica y el Caribe, con otras 27 personas de la región, periodistas y diplomáticos de cada uno de sus países. En esos días, noté cómo para los japoneses el tiempo es un bien precioso que no se debe desperdiciar. Por eso son veloces, como el tren bala que puede alcanzar los 305 km/h, y también puntuales.

“Esta sociedad no habría podido desarrollarse sin la puntualidad”, dice en tono de regaño Masatoshi Watanabe, uno de los guías que nos acompaña en el viaje, cuando un par de centroamericanos retrasa por veinte minutos las actividades programadas.

Masa-San, como Watanabe nos pide que lo llamemos, agrega que el atraso es visto también como una falta de cortesía para las demás personas, y esto en su país es sumamente delicado. “Los japoneses anteponemos el bienestar de los demás antes que el nuestro, nos preocupa mucho no incomodar a los demás”, sentencia el guía.

Santuario sintoísta Yasukuni, situado en una zona céntrica de Tokio, donde se recuerda a japoneses caídos en la guerra. Foto: Noelia Celina Gutiérrez/END.

Derrame de agradecimiento

Entramos a un restaurante tradicional japonés atraídos por los dulces que nos entrega el mesero desde la calle. Una vez pasamos el umbral, el mesero, vestido de negro y con una pequeña toalla blanca envuelta alrededor de la cabeza, nos pregunta en japonés si seremos tres los comensales. No entendemos cuando lo pregunta, sino hasta que levanta tres dedos de su mano derecha, y asiente con su cabeza. “Yes, three”, respondemos al unísono una guatemalteca, un panameño y una nicaragüense.

Nos hace pasar a una mesa ubicada en un cuarto pequeño, dividido con mamparas de bambú de otras mesas donde conversan hombres japoneses de mediana edad con apariencia de oficinistas. Son las 8 de la noche. Puesto que el menú está en japonés, sin imágenes ilustrativas, y el termómetro marca los 10 grados Celsius, pedimos Sake, el licor de arroz autóctono de ese país.

El mesero, quien entiende poco inglés pero se preocupa desmedidamente por atendernos bien, nos lleva a la mesa tres copas y tres cubos de madera o “masu”. Acomoda las copas de vidrio dentro de los masu y sirve el Sake, el cual derrama hasta llenar el recipiente cuadrado.

“Es símbolo de abundancia”, me explica el panameño que me acompaña, ante mi susto por el derrame. Más tarde, el guía japonés me explicaría que el acto ceremonioso de derramar el Sake también representa agradecimiento por la preferencia de los comensales hacia el negocio. Los japoneses son bien conocidos por su amabilidad.Chika Kamata, que llevó a su hijo al museo tecnológico para se inspire. Foto: Noelia Celina Gutiérrez/END.

Lo comprobé con la joven que me acompañó por dos cuadras hasta una tienda de kimonos cuando le pregunté en qué calle de Kyoto vendían los trajes típicos; con otra jovencita que me explicó a punta de señas qué tren debía tomar para llegar a Shibuya, en Tokio; con el mesero de otro restaurante que me enseñó cómo servirme Tofu con salsa de soya y cebollines verdes; o con la madre que llevó a sus dos hijos a un museo tecnológico y que respondió a mis preguntas a través de un traductor online porque yo no hablaba japonés y ella solo un poco de inglés.  

Sincretismo religioso

Los guías que acompañan a un grupo de centroamericanos y caribeños por las calles de Tokio, Hiroshima y Kyoto, Masa-San y Mishiko-San —Michiko Murai— , hablan perfecto español y explican las ciudades a partir de la historia, pero también con base en sus experiencias personales y familiares.

“¿Qué tan religiosos son los japoneses?”, le pregunto a Masa-San, mientras caminamos por una calle de Tokio, donde abundan edificios de más de cien pisos pero es común encontrarse con un santuario sintoísta en la esquina, o con un pequeño templo budista entre dos grandes edificaciones.

La misma noche en la que tres centroamericanos entramos al restaurante tradicional japonés por unos tragos de Sake, nos encontramos con dos santuarios sintoístas y un templo budista ubicados en una misma calle del barrio de Shinagawa, en Tokio.

Algunos japoneses, con aspecto de regresar del trabajo, se detendrían por un par de minutos frente a estos para decir una oración, prender una varilla de incienso y luego continuar su camino.

“No somos muy religiosos, pero un japonés puede nacer bajo la religión sintoísta, casarse de forma cristiana, y celebrar ritos fúnebres budistas”, me respondió el guía, evidenciando el sincretismo religioso que se vive en ese país.

Mishiko-San me dijo que ella misma se casó frente a un falso sacerdote, al estilo cristiano, y aunque no se considera feligresa de ninguna religión, asiste a ceremonias sintoístas cuando se trata de celebraciones como bautizos o Año Nuevo.

Uno de los guías del Museo Nacional de Ciencias Emergentes e Innovación (Miraikan) de Tokio, mientras le explica al niño las funciones del robot. Noelia Celina Gutiérrez/END

Según estadísticas oficiales, en 2015 unos 89.5 millones de nipones se declararon sintoístas, 88.7 millones budistas y 1.9 millones cristianos. Si bien la población total de Japón es de 127 millones de habitantes, la sumatoria no concuerda porque mucha gente se identifica como sintoísta y budista al mismo tiempo.

Lo cierto es que solo el hecho de entrar a un pequeño templo o santuario en Tokio, o a uno de los más conocidos templos budistas como el Pabellón Dorado en Kyoto, son experiencias únicas. Uno siente paz cuando pasea por los jardines cuidadosamente mantenidos de estos lugares sagrados, cuando camina por la madera de los templos que rechina como canto de pajarillos en primavera, o cuando presencia una ceremonia de purificación sintoísta.

No es de sorprender entonces que para los japoneses las religiones no se contradigan, sino que se complementen. 

El coeficiente emocional

Japón es el sexto país más innovador del mundo, según el índice de innovación de Bloomberg 2018, que evalúa criterios como inversión en investigación, cantidad de empresas de tecnología que concentra cada país, o número de graduados en carreras de ciencia y tecnología.

Y esto se puede palpar en diversos barrios de Tokio, especialmente en Akihabara. Allí las tiendas de electrónica están repletas de cámaras, computadoras, drones, repuestos. Caminar en este barrio, aun de mañana y con lluvia, es sentirse agobiado por la cantidad de tiendas que con despampanantes letreros anuncian las mayores novedades del mercado tecnológico. No son escasas aquí las tiendas de aparatos de seis o siete pisos, donde también se exhiben y venden robots de diversos tamaños y de distintas apariencias.

Entrada del templo budista Sensoji, el más antiguo de Tokio, ubicado en el barrio de Asakusa. Noelia Celina Gutiérrez/END

En los museos tecnológicos se ven robots que saltan y patean pelotas de futbol, como Asimo, el robot humanoide que hace presentaciones diarias en el Museo Nacional de Ciencias Emergentes e Innovación (Miraikan) de Tokio. “Creemos que la ciencia y la tecnología son parte de nuestra cultura”, es el principio fundacional de este museo.

Allí se prioriza el acercamiento de los niños por la ciencia y la tecnología. “Lo primero es interesar a los niños y luego encaminarlos a que creen”, me explica Yusuke Date, uno de los expositores del museo, un ingeniero en nanotecnología que desde hace seis meses le expone a las personas que asisten al Miraikan de qué forma se pueden aproximar a la tecnología.

Una escena común en el Miraikan es la de padres, madres y abuelos llevando a los niños, incluso de 3 o 4 años, a las exhibiciones. Chika Kamata, de 47 años, llevó a sus dos hijos de 5 y 6 años al museo para que “tengan un poco de inspiración” a través de los gráficos, colores y juegos interactivos. “Esto los va a interesar en la tecnología”, afirma Kamata, quien asiste con regularidad al museo donde se inauguran exhibiciones nuevas cada mes.

Botellas de sake, el licor de arroz autóctono de Japón. Noelia Celina Gutiérrez/ENDA lo largo y ancho de Japón hay más de cien museos tecnológicos, afirma el joven ingeniero, quien me ofrece sus disculpas cuando le cuento que en Nicaragua no hay ningún museo de este tipo. 

Durante el último día que estoy en el país nipón, el embajador japonés en República Dominicana, Hiroyuki Makiuchi, explica en el discurso de despedida a los becarios, que la ciencia y la tecnología fueron la base por la que su país logró desarrollarse tan rápido a pesar de haber quedado devastado tras la Segunda Guerra Mundial, hace poco más de setenta años.

“Y la clave para desarrollarla no es el coeficiente intelectual, no es la inteligencia, es algo más importante: el coeficiente emocional”, expone el diplomático, agregando que la dedicación, la paciencia, la perseverancia y el entusiasmo de los japoneses han llevado a su sociedad a alcanzar los más altos niveles de desarrollo actual.

Un pez Nishikigoi

Cuando acabamos nuestros respectivos tragos de Sake y unas tapas de atún con zanahoria y nabos, los tres centroamericanos nos abrigamos y nos disponemos a salir después de haber pagado mil yenes —unos C$300— que costaba cada servicio. El mesero corre al mostrador y nos trae tres pines rojos con un pez nishikigoi, o carpa ondulada, impreso en tinta negra. “See you soon”, nos dice luego de agradecernos en japonés —arigatou gozaimasu—, y al salir, pienso que sí, que volveré pronto.