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Monimbó estaba dormido. Expectante. Hace un par de semanas parece haber despertado de un letargo que duró cuarenta años. Los pobladores del “barrio indígena” de Masaya dicen que el pueblo está “arrecho” y aunque hoy por hoy está en calma, cualquier nueva chispa insurrecta podría volver a encenderlo.

¿Qué levantó a Monimbó? El detonante fue el ataque de policías y jóvenes armados a una manifestación pacífica en Masaya que se oponía a las reformas a la Ley de Seguridad Social en Nicaragua.

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Por cuatro días consecutivos los jóvenes de Monimbó, respaldados por familiares y vecinos de la zona, se enfrentaron a las fuerzas policiales escudados tras adoquines y latas de zinc. El resultado fueron cuatro fallecidos y decenas de heridos.

Jóvenes de distintos sectores sociales que se enfrentaban a los antimotines. Foto: Bismarck Picado/END.

Casi dos semanas después de que cesaran esos enfrentamientos, las calles de la comunidad indígena parecen volver a la normalidad.

En la tarde, los comercios donde se hacen y venden máscaras de cedazo, los petates, las artesanías y las pinturas, han vuelto a abrir sus puertas. Las vendedoras del tiangue de la placita principal ya vuelven poco a poco a instalarse, desde las 4:00 p.m., para vender tamales, fritanga, queso, aguacates o refrescos. Los señores de la tercera edad se acomodan en sus sillas mecedoras en las afueras de sus casas, con los ojos cerrados y la barbilla recostada en el pecho.

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Pero esa tranquilidad es aparente. “La gente solo está al llamado”, advierte Mariela, una mujer de 54 años que participó de la insurrección antisomocista de 1978 en Masaya y que ahora es líder organizativa de las manifestaciones contra el Gobierno.

Aunque desde el lunes 23 de abril los agentes antimotines no tienen presencia en la zona, ni ninguna autoridad municipal, incluyendo la Alcaldía, y no se han registrado piquetes, el barrio de Monimbó “sigue en pie de lucha”, asegura Mariela.

Las señales de esa disposición son silenciosas. La primera, y la más evidente cuando se ingresa a este barrio, son los colores azul y blanco que pintan el monumento de El Repliegue, antes rojinegro. Tampoco está la bandera sandinista que se erigía en la entrada de la comunidad indígena.

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“Dejamos de seguir el color rojinegro por seguir los colores de nuestra bandera de Nicaragua”, asegura “Chepe Yanke”, un excombatiente sandinista de 56 años, quien dice estar “resentido” con el Gobierno por el maltrato a los estudiantes y a los viejitos”.

Homenaje a jóvenes caídos, ubicado al pie de la Iglesia San Sebastián, frente a la placita de Monimbó. Foto: Bismarck Picado/END.

Un par de cuadras al sur, el antiguo comando de la Guardia Nacional, derrotada en 1979, y hasta hace poco usado como casa de reuniones de los comités sandinistas, luce destruido y quemado en su interior. Fue blanco del mismo resentimiento del que habla Chepe Yanke.

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También hay huecos en la entrada de las calles transversales que desembocan en la vía principal del barrio. De allí la gente arrancó los adoquines para construir barricadas. “Monimbó se caracteriza por ser un barrio arrecho”, dice Aníbal Alemán, un universitario de 25 años que defendió las trincheras instaladas en una de las esquinas de su barrio.

Hace 40 años

El barrio indígena de Monimbó está ubicado a unos 25 kilómetros al sureste de Managua y fue el epicentro de la insurrección antisomocista el 26 de febrero de 1978, la cual dio paso a la Revolución Popular Sandinista de 1979.

“Monimbó es un pueblo de historia, de lucha, de entrega. Se alzó fuertemente y tuvo una participación determinante en la insurrección”, cuenta Danilo Mora, encargado de la biblioteca municipal de la ciudad de Masaya.

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La sublevación de Monimbó, según distintos historiadores, motivó en 1978 una serie de manifestaciones populares en diferentes ciudades del país que se unieron a las protestas masivas desatadas por el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el 10 de enero de ese año.

Por las noches los pobladores salen de sus casas a sonar sus cazuelas en señal de protesta. Foto: Bismarck Picado/END.

El pueblo se levantó y “nos tomamos las calles con morteros, con bombas de contacto y con pistolas artesanales”, recuerda Chepe Yanke, quien para entonces tenía 16 años.

“Fue un pueblo que se forjó en el fragor del combate”, relata Mora, explicando que las causas por las que se levantó el pueblo monimboseño en 1978 fueron “estudiantes asesinados, encarcelamientos, patrullajes excesivos”, entre otras.

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El levantamiento de Monimbó fue particular porque los combatientes llevaban los rostros cubiertos con máscaras de cedazo, típicas del poblado indígena, y crearon armas artesanales para defenderse, entre ellas las bombas de mecate y las bombas de contacto. 

¿Qué pasó en abril?

Aníbal Alemán regresaba de clases el jueves 19 de abril de 2018 cuando vio que su pueblo estaba “levantado”, enfrentándose a la Policía. Cientos de jóvenes se defendían con piedras y morteros contra los gases lacrimógenos y las balas de goma que disparaban los antimotines.

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Unas horas antes, a eso de las 10 a.m., un grupo de manifestantes que protestaban contra las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) llegaba a la calle El Limón, procedente del atrio de la parroquia La Asunción. Allí fueron atacados por miembros de la Juventud Sandinista, según afirman varios habitantes de Monimbó y se observa en videos publicados en redes sociales.

Una de las barricadas localizadas a la entrada del barrio Monimbó. Foto: Bismarck Picado/END.

“Hubo quienes logramos llegar a la casa cural y otra cantidad de chavalos subió hasta Monimbó. Allí el pueblo de Monimbó se levantó en defensa de los adultos mayores y de los chavalos”, relata uno de los estudiantes que participó de la protesta que desencadenó el levantamiento, quien prefiere no revelar su nombre.

“Era una lucha de David y Goliat, unos armados y los otros desarmados. Por la tarde, la misma gente de Monimbó comenzó a facilitar pólvora para una mayor defensa”, relata el universitario. Las bombas molotov y las bombas de contacto entraron en la acción.

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Ese jueves hubo enfrentamientos toda la noche, la lucha no se detuvo. El viernes 20 de abril tres personas murieron en Masaya y el sábado 21 otra persona cayó en el enfrentamiento. En Monimbó, Álvaro Gómez, un estudiante de Banca y Finanzas de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), murió a causa de un disparo.

“Yo vi caer a Álvaro Gómez, él era un universitario, una persona culta, no era ningún delincuente”, asegura Alemán. “A partir de allí, más me llené de coraje, y le dije a mi mamá: si voy a morir, lo voy a hacer por mi patria”, relata el joven de 25 años, quien es delgado, bajo, moreno y no titubea al hablar.

Se unieron 

Para el viernes, el barrio ya estaba completamente organizado. En cada cuadra que pudiera servir de entrada había barricadas, en algunas casas se agrupaban los víveres y servían de refugio para los heridos. También había lugares designados para armar las bombas y otros donde preparaban la comida.

“Nos hizo recordar el 78, pero con un espíritu más organizado esta vez”, cuenta Chepe Yanke, quien se muestra orgulloso al decir que “en Monimbó nació la chispa rebelde”.

Y esa chispa parece no haberse apagado desde hace 40 años. Aquella organización fue inmediata, según el excombatiente. “Fue algo que salió del corazón de los monimboseños, como por instinto de algo vivido”, comenta.

Mariela concuerda con Chepe Yanke: “Fue bonito ver la unidad del pueblo. Hacé de cuenta y caso que estábamos en la insurreción”, expresa; en bolsitas plásticas de una libra, la gente empacaba raciones de gallopinto, queso y tortilla, para hacerlas llegar a quienes estaban atrincherados cuidando los puntos de acceso a Monimbó.

Un estudiante de Sicología de la Universidad Centroamericana (UCA), quien estuvo en el barrio indígena de Masaya durante los cuatro días de enfrentamientos de abril pasado, asegura que en la organización “no había distinción social ni alineaciones políticas”, y que “la única bandera que predominaba era la de Nicaragua”.

El joven, quien prefiere mantenerse en el anonimato, cuenta que gente de distintos barrios de Masaya llegaba a dejar medicamentos, agua y comida. También personas de Masatepe y Nindirí se unieron a resguardar el barrio de Monimbó.

Pero hay algunos que se muestran escépticos ante el levantamiento. “¿Usted cree que el pueblo se levantó?”, responde con cierta ironía Daniel Mora cuando se le pregunta sobre lo ocurrido hace un par de semanas en Masaya.

Para el encargado de la biblioteca municipal y funcionario de Cultura de la Alcaldía de Masaya, no fue la mayoría de los monimboseños la que se levantó contra la Policía. “Son expresiones, son reclamos que los pueblos hacen, no es una insurrección que trascienda”, sostiene.

Queda el dolor

“Demostramos que siempre tenemos valor, convicción”, dice Mariela, quien cree que los jóvenes que combatían a punta de piedras y palos, lo hacen “guiados por sus ideales, porque ellos quieren vivir libres”.

El domingo, último día de enfrentamientos, los antimotines se habían replegado y la Policía había empezado a liberar a los presos. Fue entonces cuando los vehículos empezaron a transitar nuevamente las calles de Monimbó y que las barricadas se fueron apartando poco a poco.

La crisis dejó mucho dolor en el pueblo monimboseño, asegura el párroco de la iglesia San Sebastián, el salesiano César Augusto Gutiérrez. “La gente está dolida por los crímenes, por la injusticia con que trataron a los muchachos”, refiere el religioso, quien mantiene que ese dolor hará que la gente “se levante de nuevo” ante cualquier tensión.

En Monimbó, los habitantes quieren “libertad” y “tranquilidad”, según el sacerdote salesiano, quien durante los cuatro días de enfrentamientos se dedicó a “hacer oraciones y darles la bendición” a los “muchachos”. También fue mediador entre la ciudadanía y la Policía.

Un protestante dispara un mortero en Niquinohomo. Orlando Valenzuela/END

El padre Gutiérrez se dirigió a los jefes policiales para pedir “que cesara la represión y que se mantuvieran en sus cuarteles”, y ayudó a que liberaran a 41 personas apresadas durante las protestas. “Aunque, cuatro siguen desaparecidos”, afirma el sacerdote, quien hace solo tres meses fue asignado como titular de la parroquia de Monimbó.

Una nueva Nicaragua

Frente al atrio de la iglesia San Sebastián las velas iluminan un altar improvisado para los fallecidos durante las protestas en toda Nicaragua. “Honor y gloria para los jóvenes caídos en combate. Monimbó los recordará siempre”, se lee en una de las cartulinas que cuelgan sobre las rejas exteriores de la iglesia. Allí aparecen los cuatro nombres de los fallecidos en Masaya.

Frente al altar, desde la placita central del barrio Monimbó, Chepe Yanke explica que él fue militante sandinista. “A Daniel (Ortega) lo amábamos, lo queríamos y lo respetábamos. Pero yo dejé de ser militante el 18 de abril”, enfatiza el señor, y añade que a su juicio el gobierno central “ha tomado decisiones incorrectas”.

Asegura que muchos sandinistas “de línea dura”, como él llama a quienes estaban dispuestos a entregar su vida por el FSLN en los años 80, han abandonado las filas del partido gobernante, incluyendo al padre de Álvaro Gómez, el estudiante que murió en Monimbó.

Durante el velorio de su hijo, Gómez pidió justicia a las autoridades. “Mi hijo no llevaba un fusil, estos niños andaban piedras”, reclamó el hombre ese día.

La estatua de Sandino que ha desatado una polémica en Niquinohomo. Orlando Valenzuela/END

Los jóvenes, por su parte, siguen organizándose. “Creo en el relevo generacional, es necesaria la experiencia de los políticos, pero necesitamos los espacios para crear una nueva Nicaragua. Necesitamos cambiar el sistema político, social y económico para que nos encausemos en una democracia verdadera”, expone el estudiante de Sicología de la UCA.

Cada día, por las noches, cientos de motorizados salen en caravana a desfilar por las calles de Masaya, repitiendo “El pueblo unido, jamás será vencido” o coreando canciones folclóricas y testimoniales.

El Movimiento Estudiantil 19 de Abril, de Masaya, informó que se ha unido al llamado de sus asociados en Managua para prepararse para el diálogo nacional, entre el Gobierno y diversos sectores sociales, incluidos los estudiantes.

“Si en ocho días no inicia el diálogo, vamos a volvernos a levantar”, advierte Alemán, otro de los estudiantes, antes de subirse en una moto en la placita de Monimbó y esfumarse entre cientos de motorizados que parten en caravana. Quieren que los pitos y las consignas mantengan viva la memoria de los caídos.