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Al concluir el Himno Nacional, el estudiante Lesther Alemán encaró al presidente Daniel Ortega ante el asombro de todos los presentes en el salón donde se iniciaba el diálogo nacional, este miércoles en el seminario de Fátima de la Iglesia Católica.

Con su pañoleta azul y blanca al cuello, de pie ante los participantes de la mesa, Alemán, de 20 años, interrumpió el turno de Ortega para pedirle que ordenara el cese de la represión policial y liberara a ciudadanos apresados durante las manifestaciones.

Cuando Ortega ya pudo hablar, fue interrumpido otra vez. “¡Dé la orden!”, le reclamaron los estudiantes, sentados a menos de cien metros del mandatario.

El presidente continuó y un grupo de periodistas, que había quedado fuera del salón, empezó a gritar “¡déjennos entrar!” y a sacudir una de las puertas laterales del salón. Había poco espacio adentro, pero los religiosos acordaron dejarlos pasar, ante la alarmas de los dialogantes.

“Hemos invitado a la CIDH, para que acompañe ese esfuerzo y que reine la justicia en nuestro país”, dijo Ortega y los estudiantes respondieron “¡nosotros la invitamos!”.

Poco después, el presidente aseguró que no había personas desaparecidas ni presas, a lo que los estudiantes respondieron “¡porque los mataron!”.

“La policía tiene órdenes”, dijo el presidente en su modo de hablar pausado, y los estudiantes contestaron “¡de matar!”. Luego Ortega completó su idea: “de no disparar”.

A lo largo de su discurso, Ortega fue cuestionado por los estudiantes presentes. El presidente subía la voz para opacar los gritos, pero los jóvenes continuaron.

La tensión era palpable. Los estudiantes estaban sentados al otro lado de la mesa, vestidos de negro. Los empresarios y miembros de la sociedad civil vestían de blanco.

Los cuestionamientos siguieron cuando tomó el micrófono Rosario Murillo, quien aseguró haber llegado al diálogo nacional “con buena fe y con respeto”.

Después, el obispo Abelardo Mata enfatizó que “no es una petición, es una exigencia” el cese de la represión.

En la segunda intervención de Ortega, los universitarios se callaban entre sí, para no interrumpir al presidente. Esperaban que respondiera a su solicitud. Pero explotaron cuando este dijo que en la Upoli los protestantes tenían “un verdadero arsenal de armas” como fusiles y revólveres.

“¡Da la orden!”, reclamaron otra vez los jóvenes, ahora hablándole de “vos” y no de “usted”. Ortega respondió: “La orden ya fue dada”.

Se calentaron los ánimos y se calentó el ambiente. Todos sudaban, tanto por el calor que había en el salón lleno de gente como por la tensión.

Los estudiantes intervinieron para leer un poema de Rosario Murillo escrito en 1972, sobre el sufrimiento de una madre que ha perdido un hijo.

“Pidieron lista de nuestros muertos y aquí se las tenemos”, dijo Madelaine Caracas, otra universitaria. Dijeron cincuenta y cinco veces ¡Presente!, una después de mencionar cada nombre. Estaban todos de pie y con la mano empuñada, viendo fijamente al presidente.

Cincuenta y cinco personas, incluyendo estudiantes, ciudadanos, policías y un periodista que murieron durante las protestas.  Fue un punto de quiebre para muchos. Algunos jóvenes rompieron en llanto mientras escuchaban la lista de nombres.

Los jóvenes de las diferentes universidades respaldaban a Alemán, cada vez que hablaba, con su consigna más sonada: “¡No eran delincuentes, eran estudiantes!”.