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“Si te movés te mato”, le repetían constantemente los antimotines a Jorge Marcelino Cáceres mientras le apuntaban con un rifle directo a la cabeza. Lo golpearon cuantas veces quisieron. Le robaron dinero y también su celular. Sintió la presión de pesadas botas sobre su rostro y lo encerraron desnudo por 16 horas en una pequeña y pestilente celda de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ).

Este joven de 22 años, estudiante de la Universidad Americana (UAM), fue detenido el pasado lunes en el sector de Metrocentro, Managua, adonde había llegado para apoyar a quienes eran reprimidos y atacados a balazos por levantarse en protesta contra el gobierno de Daniel Ortega.

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Cuando Jorge Marcelino se enteró que los estudiantes de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) estaban siendo reprimidos por la policía, decidió sumarse a la protesta junto a un grupo de amigos para respaldar la lucha estudiantil. Quería ayudarles a levantar barricadas y llevarles agua, como lo había venido haciendo desde el 19 de abril.

Estaba en un negocio de pintura cercano a la rotonda Rubén Darío cuando observó que los antimotines se aproximaban disparando desde camionetas hasta donde él estaba. Salió corriendo hacia la gasolinera cercana y dos antimotines le dieron persecución, le tiraron una bomba expansiva y quedó aturdido. Así lograron detenerlo.

“Desde que me agarraron me golpearon a puño limpio, me patearon y en una moto me llevaron al sector de la UCA, donde tenían las camionetas con otros detenidos. Ahí, otros policías me volvieron a golpear”, recuerda Cáceres al mostrar los moretones, raspones y heridas que aún quedan en su cuerpo producto de la agresión.

Un oficial revisó su billetera y tomó el dinero que andaba. Otro le robó su teléfono. Después, lo subieron a una camioneta cerrada y lo obligaron agacharse para que nadie lo viera.

“Agáchense, no muevan manos ni cabezas, que nadie vea que van aquí, si se mueven los mato”, repetían los antimotines a los detenidos apuntándoles a la cabeza.

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Desde el sector de la UCA fueron llevados hasta Plaza El Sol. En el trayecto Jorge Marcelino observó cómo los antimotines disparaban contra civiles desde las camionetas. Al llegar, los tiraron al piso y estuvieron boca abajo sin la posibilidad de moverse.

“Si alguien volteaba la cabeza lo golpeaban con las escopetas o los cascos”, asegura el joven. La siguiente parada fue la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), conocida como El Chipote. Los golpes eran incesantes.

“En El Chipote, nos bajamos de la camioneta y mientras íbamos caminando tres antimotines nos golpeaban. Nos llevaron a una pequeña oficina: nos hicieron quitarnos la ropa, hacer 10 sentadillas, nos tomaron los datos y en ropa interior nos llevaron hasta una sala para interrogarnos individualmente”, relata.

“¿Qué andabas haciendo ahí? ¿Quién te pagó? ¿Por qué, si viste que había una manifestación, no te fuiste para otro lado?”, fueron algunas de las preguntas del interrogatorio.

“Andaba ahí para apoyar a los universitarios, a mí nadie me pagó, yo fui porque quise y porque no estoy de acuerdo con lo que están haciendo”, contestó.

El agente respondió: “Deberían darle gracias porque no los matamos. Que esto te quede de lección para no volver a andar en eso”.

Luego, lo enviaron en ropa interior hasta lo que sería su celda. Eran las 6:00 p.m. y permaneció ahí hasta las 10:00 a.m. del día siguiente en condiciones que, según Jorge, “son inhumanas”. 

La celda

El lugar medía unos tres metros de ancho por tres de largo. En la parte superior de la puerta había una bujía de baja intensidad. Era una celda con literas de concreto y un tubo de donde sale el agua. No había baño higiénico, el sitio destinado para las necesidades fisiológicas era un agujero en el piso de donde brotaba un olor insoportable que difícilmente dejó dormir al recluso.

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En las celdas de El Chipote no se sabe cuándo es de día y cuándo es de noche.

Jorge Marcelino Cáceres, en varias ocasiones pensó en la muerte. “Uno se pone a pensar que lo van a matar y va a aparecer muerto en algún cauce o una carretera. No se puede dormir sabiendo que estás en El Chipote. Hay ansiedad, temor y angustia. Es una impresión fuerte llegar a estar en una celda de esas”, confiesa.

El dolor de no saber nada

Aunque fue detenido ilegalmente, la policía no le permitió a este joven universitario comunicarse con su familia.

Cuando los amigos, con los que había llegado a la manifestación, no lograban encontrarlo, pensaron que estaba herido. En redes sociales circuló una fotografía de un joven herido de bala en el estómago parecido a Jorge Marcelino. Pensaron que se trataba de él y le avisaron a su papá.

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Miguel Ángel Cáceres, su papá, lo buscó junto a sus amigos en hospitales, sin tener respuesta. Al no encontrarlo decidieron ir a El Chipote, donde les confirmaron que estaba detenido solo por participar en las protestas estudiantiles.

“Sentí un alivio enorme porque cuando me dijeron que podría estar herido, pensé en lo peor”, recuerda Miguel Ángel.

Al día siguiente, el martes, por la mediación de la Iglesia Católica, Jorge Marcelino Cáceres fue liberado junto a 21 estudiantes y civiles que habían sido detenidos el día anterior. Todos fueron llevados a la Catedral de Managua para reencontrarse con su familia.

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El reencuentro, Miguel Ángel lo recuerda con lágrimas, pero se siente orgulloso de la valentía de su hijo por el amor a la patria.

“Haber decidido ir ahí a defender a los estudiantes solo con piedras para enfrentarse a decenas de antimotines que disparaban a mansalva, no lo hace cualquiera”, expresa al abrazar a su hijo.