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  • EFE

Hay algo en el ambiente de Masaya que hace que dormir sea un desperdicio. O un error. Y no es la incesante lluvia que cae sobre esta ciudad nicaragüense, cuna del sandinismo que se ha levantado contra el Gobierno. Es la idea de que alguien puede venir a arrebatarles lo que es suyo, del pueblo.

"¡Tenemos a dos! Vamos para allá". Ese es el aviso. Una vocecita al otro lado del teléfono advierte que llevan hacia la iglesia San Miguel a dos policías, puede que antimotines. Son los "infiltrados". Aquellos contra los que el pueblo ha organizado barricadas para "cazarlos". No son bienvenidos.

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En el interior de la casa del clero todo son idas y venidas. Los paramédicos, ataviados con su mascarilla y su casco, pasan de un lado a otro con la cabeza cabizbaja y la mirada perdida. El recelo y incertidumbre se percibe en sus ojos. Después de ese aviso no saben que esperar. Han visto mucho, más de lo que nunca se imaginaron.

Algunos tienen la retina quemada de tanto mirar. Minutos después llega un chico joven en bicicleta y da el último aviso. Por la esquina se acercan dos hombres con un "prisionero". Lo han interceptado en Nindirí, a la entrada de Masaya, intentando pasarse por un civil. Su camiseta ensangrentada y su cara magullada son señales de una paliza.

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Un motorista lo acercó. "¿Tengo sangre en la espalda?". Pregunta casi sorprendido. Está llena y gotea el suelo de tanta lluvia. Un olor metálico y denso se siente en el ambiente mientras los médicos introducen al joven, con cara de niño, en un pequeño hospital improvisado dentro de la casa del cura. Tras una sábana blanca y un cartel de "no fotos" le dan los primeros auxilios.

En el fondo suenan los morteros. "Le dieron su premio", cuenta el motorista que lo trajo pegado en su espalda, donde temblaba sin parar de la "malmatada", y añade: "En la primera barricada (del pueblo) lo cachimbearon (golpearon) bonito, pero ya venía golpeadito". Mientras los médicos hacen su trabajo, los lugareños comentan lo que ha pasado. Dicen que este "infiltrado" era un policía al que lo descubrieron por sus pantalones. Como lo hacen con muchos. Les revisan hasta sus botas. Ahí es donde lo ven. Lo saben.

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"Estos (agentes) no tienen ni formación. Pero como ya no tienen gente los meten igual". Cuenta un joven vestido de negro. Se ve que sabe mucho y que la gente lo respeta. Conoce a cada uno de los que se esconde detrás de las barricadas, de esos parapetes que hay en cada esquina y que advierten de cuando alguien da "positivo". Esos son los infiltrados. Después de que los atrapan, algunos cantan rápido. "Están cagados de miedo". Otros cuesta un poco más.

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El párroco Edwin Román, el encargado de esta basílica, cuenta a Acan-Efe que el joven les había dicho que había dimitido de la policía hacía un mes. Que era oficial de tránsito, pero que ahora ya no. "Algo ilógico. Tiene un pantalón de policía. Por eso lo reconocieron", resume el padre. Cuando amanezca, apoyados por organizaciones de derechos humanos, tomarán una decisión de qué hacer con él.

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Dice que no quiere ir a la policía, por lo que verán como entregarlo a sus familiares. Y es que lo importante es proteger a todas las ovejas del rebaño del señor. "Como decía el papa Juan Pablo, la primera que quiere la paz es la Iglesia. La Iglesia quiere a todos sus hijos", proclama el padre, un hombre involucrado con la lucha de Masaya desde sus comienzos, cuando acudía a proteger los supermercados populares de los saqueadores. Ahora las puertas de su casa y de su congregación están abiertas para ayudar al que lo necesite. Cada día. Cada noche. El martes entregaron a otros tres policías a sus familias. Magullados, como el de hoy, pero vivos. Este tiene golpes y contusiones, pero está estable. En unas horas se irá a su casa.

Para los habitantes de Masaya quedarán dos cosas. Sus pertenencias (una moto y unos 600 dólares) y la satisfacción de seguir luchando contra el Gobierno de Nicaragua. Todo para y por la causa. El sonido de los morteros sigue siendo la señal.