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Les duele el corazón. Les arde el alma. Y les escuecen las entrañas. Pero las madres nicaragüenses siguen en pie de guerra para pedir Justicia por sus hijos. Aquellos a los que la violencia les ha arrebatado el futuro. Sus sueños, su vida.

Tienen un hueco en su vientre con el que les resulta insoportable vivir. No saben cómo trabajar, cómo amar, cómo disfrutar, cómo seguir. Están rotas. Pero su vientre es ahora la caja de resonancia para el dolor de otros. Para las más de cien víctimas que ha dejado la violencia en Nicaragua en 50 días de crisis.

Socorro es una de ellas. Su hijo Orlando Francisco Pérez, de 23 años, murió asesinado frente a la alcaldía de Estelí. Tenía un disparo en el corazón, ese que ahora a ella tanto le duele. No se lo puede sacar de la mente.

Antes de hablar, las otras madres y los manifestantes la animan y la consuelan. Le frotan la espalda y la abrazan. En su mirada se nota aún el desconsuelo. Hace 45 días que se fue al cielo. Orlando Francisco estudiaba el quinto año de Energía Renovables cuando acabaron con su aliento.

“Era un muchacho sano. No era un delincuente. Era un joven de familia. Era mi niño. Mi bebé”, grita desesperada por un micrófono, pero sus llantos traspasan el alma. Está convencida de que ahora tiene un “ángel” en el cielo y culpa a Daniel Ortega y a Rosario Murillo de haberle arrebatado la vida. “Asesinos”.

Les chilla. Al cielo, al aire, al infinito. No les perdona. A ellos los acusa de acabar con el futuro de Nicaragua. Parece que ser joven y estudiante es un delito. Ese es el perfil de la mayoría de los muertos. Con disparos en el tórax o en la cabeza. Y para seguir en la lucha pide unirse.

“Son jóvenes que están luchando por Nicaragua. Tenemos que estar al lado de ellos. Tenemos un dolor que nadie ha sentido. Solo yo y las que estamos aquí sabemos cómo nos duele. Nos arrebataron las entrañas. Nos duele el corazón”. Está desconsolada. De tanto gritar se le corta la voz.

Los participantes reclaman justicia por los fallecidos en las protestas. Orlando Valenzuela/END

Pero antes de acabar su discurso envía un mensaje al Gobierno: “No los queremos más. De que se van, se van”. No están dispuestas a pasar una más porque, como dice Miguel, padre de Jimmy Parajón, si dejan la lucha “nos matan”. Su hijo, de 35 años, murió el 11 de mayo. Deja esposa y cinco pequeños. Se merece justicia.

También Amanda Gahona, madre del periodista Ángel Gahona, está presente. Él murió el 21 de abril cuando era la voz del pueblo. Más de un mes después, su dolor sigue siendo grande, pero con todo lo que han golpeado su alma les dice “ni uno más”. Ya no tiene miedo.

Solo se encomienda a la religión y a Dios, que asegura que está de su lado, para seguir en la contienda. Las tres les hablan a los presentes y a los ausentes. A los que se fueron. A los que se quedaron. Y a los que no vinieron. Porque la sangre de sus hijos no ha caído en vano. Siguen pidiendo “a gritos” justicia.

No están solas. Tienen más fuerza que nunca y aseguran que sus ángeles las protegerán desde el cielo. Mientras seguirán luchando y por ello han decidido, durante un plantón realizado este jueves, decretar duelo nacional hasta que las escuchen. Hasta que tengan Justicia.

Plantón de las madres de abril en Metrocentro. Orlando Valenzuela/END

Están dispuestas a seguir en pie de guerra. Por Antonio Parajón, por Franco Alexander, por Francisco Contreras, por Hamilton López, por Álvaro Conrado, por José Abraham Amador, por Carlos Alberto Bonilla.

Por estos y por todos gritan justicia desde el corazón con el puño en alto. Porque quieren que la fe sea su mayor miedo.