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Está inclinada depositando gencianas rojas dentro de una botella de plástico colocada sobre los adoquines en plena calle del barrio San Miguel, allí mismo donde cayó Donald López  por el impacto de dos tiros en el pecho. Patricia Áreas, una comerciante de Masaya, no conocía a Donald, pero decidió enflorar el espacio porque como muchos en su ciudad, la forma en que mataron al joven la tiene compungida. 

“Me ha dado un gran pesar, eso es injusto porque el pobre muchacho no le estaba haciendo nada a la oficial”, lamenta Áreas, comerciante de Masaya. Donald, quien tenía 27 años y era zapatero, participaba en una trinchera aledaña y fue capturado por una oficial de la Policía el sábado pasado, día en que recrudecieron los enfrentamientos entre agentes policiales y pobladores de Masaya que se habían tomado su ciudad, exigiendo el cese de la represión y la salida del poder del presidente Daniel Ortega. 

Cuando Donald fue capturado, mientras tenía a la oficial de frente, este le gritó: “Si lo vas a pegar, pegalo”, al verse apuntado por una AK. La agente le disparó pese a que el joven no representaba una amenaza mortal para ella, aseguran testigos. 

“Ahora ya no hay nada de lacrimógenos y balines, ahora son solo balas”, dice otro ciudadano de Masaya que se ha mantenido de pie en las trincheras “defendiendo” a Masaya de los Policías y las “turbas” o grupos parapoliciales afines al Gobierno. 

El jueves por la mañana, mientras doña Patricia Áreas enflora el altar improvisado que le han hecho a Donald López, a menos de un kilómetro de distancia otros cientos de personas acompañan el sepelio de Jorge Zepeda, abatido presuntamente por la bala que un francotirador le propinó en la frente. La víctima más reciente de los ataques a manifestantes en la ciudad de Masaya.

El “comandante Chabelo”, como le decían a Jorge, de 33 años, se unió a las manifestaciones desde el primer día, el 18 de abril, cuando un grupo de la Juventud Sandinista atacó una marcha de jóvenes y ancianos de Masaya que reclamaban por unas reformas al Seguro Social. 

“A los ancianos, los están pijeando y no se pueden defender”, llegó a avisar a su casa el comandante Chabelo, quien se desbordó en solidaridad con afectados por la represión, según su hermano mayor, quien asegura que Jorge ya había sido charneleado en una trinchera. “Se llevó a la tumba dos charneles que no se pudo extraer y la bala que le quitó la vida”, detalla su hermano, mientras el ataúd de Jorge termina de ser enterrado. 

En Masaya han muerto al menos 16 personas en el contexto de las protestas antigubernamentales que hoy arriban a los 53 días y que han cobrado en toda Nicaragua la vida de más de 130 personas, según organismos de derechos humanos. 

Atrincherados

En la “cuna del folklore” nicaragüense las barricadas están ubicadas casi en cada cuadra para repeler los ataques de turbas y cerrar el paso a los parapoliciales que se desplazan en camionetas. Pero este jueves la ciudad está en calma. 

Una escena común es encontrarse en las calles con personas que conviven con las secuelas de los enfrentamientos: una mujer con el pelo rubio que fue liberada de la Dirección de Auxilio Judicial en Managua tras ser capturada en Monimbó o un joven que sobrevivió al impacto de una bala que entró por su nariz y se quedó alojada en su cabeza. 

Por la mañana, los masayas aprovechan para comprar alimentos. Se les ve cargando bolsas del supermercado o sacos de verduras que han comprado en mercaditos recién instalados. Aunque el desabastecimiento es notable por los tranques que rodean la ciudad, los pobladores aún puede comprar alimentos básicos. 

“Aquí no nos morimos de hambre”, dice un hombre que en la placita de Monimbó mientras sostiene un trozo de unas dos libras de pescado, donado por personas que llegaron a Masaya a repartir alimentos. 

En esa misma placita está colgado el uniforme de un agente antimotines: tela negra, con la escarapela de la Policía Nacional cocida al lado izquierdo de la manga larga. Un grupo de hombres está reunido bajo el uniforme, esperando a que anochezca para quemarlo. Es su forma de manifestar el rechazo a las autoridades. 

“A mi hermano ni siquiera le respetaron la vida”, dice el pariente del comandante Chabelo, refiriéndose a los antimotines. “Nosotros los capturamos y los devolvemos vivos”, comenta sobre los agentes policiales que los pobladores han atrapado y que han devuelto a través de defensores de derechos humanos y sacerdotes.