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“Nos están atacando. Nos están atacando”. Son los gritos desesperados y desgarradores de un hombre chaparro y barbudo que se esconde detrás de una barricada.

Desde las primeras horas de ese día, Masaya, aquella ciudad que algún día fue la cuna del sandinismo, es una batalla campal por la revolución.

En cada cuadra hay una barricada. De bloque. De piedra. De ramas de árbol. De adoquines. De alambre de espinas. Detrás de cada uno, un grupo de gente protege la entrada. “¡Identifíquense!”.  “Somos prensa internacional”. Revisan las acreditaciones, preguntan el medio y permiten la entrada, pero con una advertencia: “Tengan mucho cuidado, hay francotiradores”.

Levantan el dedo y apuntan al cielo. A una antena telefónica. “Desde allí”.

A tres kilómetros del centro empiezan las barricadas. El pueblo ha decidido protegerse. 

Uno de los días de enfrentamientos, desde primera hora de la mañana, varios vehículos con antimotines entraron al pueblo, ese lugar donde se gestó la insurrección final contra la dictadura de Somoza y que estaba considerado un bastión del sandinismo. Entraron y empezaron a disparar. “Con todo”. “Sin piedad”. Un joven de 22 años, identificado como Donald Ariel López Ruiz, murió ese día.

Era de Monimbó y recibió un tiro en el pecho en el Parque San Miguel. No sobrevivió. Dicen los vecinos que deja una niña de cinco años. No saben aún si hay más muertos, pero si hablan de varios heridos. En el Mercado Viejo de Masaya huele a humo. Está quemado. Antes era un lugar turístico de gastronomía, souvenirs, recuerdos y artesanías. Ahora está arrasado. En la esquina está la sede de la Policía Nacional, donde están atrincherados los antimotines. 

Batalla desigual

Parece que viene la calma. Una calma tensa que pronto se levanta como el mar picado. En la distancia se escuchan ráfagas de disparos. “Son de un AK”. La gente se repliega. Se esconde. Nadie camina solo, todos van en grupo. Son los jóvenes los que protegen a la prensa. Y vuelven a advertir: “Tengan cuidado con los francotiradores”. “Péguense a la pared”.

Un niño, de apenas 10 años, se acerca. Saca del bolsillo una bala y todo risueño, ajeno al peligro, cuenta a Acan-Efe que la encontró en el parque. La ha guardado de recuerdo. En su mirada no se nota la amenaza, la inseguridad, solo la curiosidad intrínseca y genuina de un pequeño. Ajeno a este escenario casi de guerra.

Una batalla en la que los bandos no parecen igualitarios. Unos lanzan balas y otros solo morteros, piedras y lo que encuentran a su paso. El líder, al que le llaman “Chago”, pasea en su moto para vigilar y para proteger a los suyos. 

Un muchacho reparte agua y refrescos. Hasta almíbar. Todo para coger fuerza. Y unos jóvenes, con su mortero en la mano, posan y gritan: “¡Estamos con todo!”. No dudan en organizarse. Dicen que es para protegerse. Que la policía y los grupos paramilitares del Gobierno de Daniel Ortega los atacan. Y no están dispuestos. Ya no quieren más sometimiento.

Se acerca la tarde. Y ahí empieza el verdadero peligro. Mas la gente de Masaya y Monimbó, el barrio indígena, están unidos. 

Todos listos

En la ciudad nicaragüense de Masaya parece que todo el mundo está listo para pelear.

Con morteros artesanales y sus caras cubiertas con pasamontañas, los jóvenes de Masaya montan guardia en las barricadas, que se mantienen gracias a una red logística improvisada que parece involucrar a casi todos los 100.000 habitantes de la localidad. Masaya está en la primera línea de fuego de la crisis que vive el país desde el 18 de abril, cuando comenzaron las protestas antigubernamentales.

No es la primera vez que esta ciudad arbolada ubicada al sureste de Managua queda en medio de una batalla clave para el país. Ramona García, de 83 años, recuerda haber trabajado para construir barricadas similares en los años 1970, cuando Ortega era un líder guerrillero y Masaya estaba de su lado, luchando contra el régimen del dictador Anastasio Somoza. “Luchamos así, como estamos aquí. Trayéndoles comida, trayéndoles agua. Así era, en las barricadas”, dijo esta mujer de baja estatura y rostro lleno de arrugas.

“Pero (Somoza) no era como éste, no mató tanta gente como éste”, aseguró, refiriéndose a Ortega, quien ha dominado la política nicaragüense desde que los rebeldes sandinistas sacaron del poder a Somoza en 1979.

Del lado opuesto de la escala demográfica, un muchacho de 14 años ayuda a los paramédicos voluntarios a evacuar a los heridos de los enfrentamientos con la policía. “No es cosa de jóvenes”, dijo el chico a la AFP mientras sonaban ráfagas de disparos en las cercanías de la estación de policía local y explotaban morteros en respuesta. “Es una sola lucha. Trabajo, colegio, todo eso ha parado”, aseguró.

Historia de resistencia

Masaya es el lugar de nacimiento de Augusto Sandino, cuyo levantamiento contra la ocupación militar estadounidense de la Nicaragua de los años 1920 y 1930 inspiró a la guerrilla de Ortega.  La ciudad jugó un papel clave en la rebelión de Ortega, dándole refugio a los sandinistas cuando necesitaron hacer un repliegue táctico desde Managua el 27 de junio de 1979, fecha que ahora es feriado nacional.

Tras reagruparse en Masaya y sumar a muchos de sus ciudadanos a su causa, los sandinistas sacaron del poder a Somoza menos de un mes después. Ortega, que perdió el poder en 1990 y lo recuperó en 2007, ejerce ahora -con 72 años- su tercer mandato consecutivo. El presidente parece haber recibido un duro golpe por el hecho de que este antiguo bastión sandinista se haya volteado en su contra.

Los residentes acusan a la policía y a bandas paramilitares cercanas a Ortega de saquear Masaya, así como de quemar en dos ocasiones su mercado de artesanos,  un símbolo de la ciudad.

Pagan alto precio

La represión policial y el ataque de paramilitares llevaron a los residentes a organizarse para protegerse. Pero la ciudad ha pagado un precio muy alto. Según los habitantes, francotiradores apostados en torno a la asediada estación de policía atacan cada tanto a los ciudadanos, mientras bandas guiadas por los antimotines la emprenden contra las barricadas y vandalizan la ciudad casi cada noche.

En un hospital improvisado en la iglesia San Miguel, a un doctor que trabaja en el turno nocturno también le persiguen las imágenes de la violencia de las últimas semanas. El lugar cuenta con unos 30 voluntarios, equipos rudimentarios y provisiones limitadas.

“Es muy aterrador. Muy, muy difícil”, dice el médico de 51 años. Sentimos “impotencia, nosotros como médicos (...) Es un puesto médico creado así no más, espontáneamente, con nuestras propias posibilidades y capacidades. Pero muchas veces el paciente se nos va, se nos muere por no contar con los medios”, explica. Pero en esta ciudad que se enorgullece de su espíritu luchador, también se tiene la sensación de que el enfrentamiento apenas comienza. “Masaya tiene gente guerrillera “, asegura Elías Mendoza, de 27 años y padre de dos niños, mientras prepara su mortero en una barricada.