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Cuando a Auxiliadora Cardoza le avisaron que su esposo, Marcelo Mayorga, había sido baleado no dudó en ir a buscarlo. Pensó que estaba vivo, pero lo encontró muerto. Alzando un trapo blanco en señal de paz, caminó sobre una calle del barrio San Jerónimo en medio del fuego cruzado. Se lanzó sobre el cuerpo ensangrentado y gritó desesperada para que le ayudaran a sacarlo. 

“¡Ayúdenme a sacarlo de aquí, por favor!”, gritó a los antimotines.

— ¿A quién, a ese perro que está ahí?—, le contestó uno de ellos. 

“Sí, ese, es mi esposo”, respondió la mujer.

—Lleváte a ese perro que aquí más bien estorba—, replicó el antimotín.

Cardoza corrió a buscar un carretón de basura que estaba a unas cuadras de la escena y al volver encontró el cuerpo de Marcelo tirado sobre un charco. 

Los antimotines lo habían colocado en el lugar, según se evidencia en videos y fotografías. Antes le habían robado la billetera y su celular.

Marcelo Mayorga es una de las seis personas asesinadas durante el ataque del martes en Masaya, ejecutado por decenas de antimotines y parapoliciales que “limpiaron” el acceso a la ciudad reprimiendo a manifestantes antigobierno que se mantenían en barricadas y tranques.

Creyente y solidario

Era un hombre respetado, religioso, devoto de San Jerónimo y ayudaba a tocar las campanas de la parroquia. Se sumó a la lucha contra el Gobierno del presidente Daniel Ortega porque la represión que sufrían los manifestantes en la ciudad le parecía injusta. 

Su labor consistía en llevar comida y bebida a los jóvenes que vigilan las barricadas. También mediaba la entrega de policías y manifestantes detenidos durante los enfrentamientos. 

“Decidimos sumarnos a esta lucha al ver la necesidad que había en las trincheras, era una manera de ayudar a la gente en esta causa que es justa, por los niños que quemaron en Managua y por tantos jóvenes asesinados que podían ser nuestros hijos”, explica Auxiliadora Cardoza, horas después de enterrar a su esposo. 

Masaya perdió a seis de sus hijos en el ataque del martes, pero ante sus tumbas sus compañeros de lucha juraron que no se rendirán. Orlando Valenzuela/END

El entierro se efectuó a tempranas horas de la mañana de este miércoles por temor a un ataque. En medio de detonaciones de morteros y al son de filarmónicos, el féretro fue acompañado hasta el cementerio de la ciudad por una multitud. Iba cobijado con la bandera de Nicaragua y una imagen de San Jerónimo, su santo predilecto, impresa en un banner encabezaba la procesión fúnebre. 

Logró despedirse

Diez minutos antes de conocer su muerte, la familia de Marcelo Mayorga pudo comunicarse con él. Su hijo mayor recibió una llamada. Le pidieron que regresara a casa, pero dijo que estaría bien. 

“Me dijo que cuidara a mi mamá y mi hermanito y que le hiciera un té para que se calmara”, cuenta su hijo pesaroso. 

Marcelo era un hombre con sueños. En el 2012, teniendo 34 años, terminó la secundaria porque quería que sus hijos tomaran su ejemplo y nunca abandonaran el estudio. 

Trabajaba por cuenta propia como comerciante y anhelaba ver a sus dos hijos culminar la universidad. 

Su esposa, Auxiliadora Cardoza, culpa al Gobierno por la muerte de Marcelo. 

“La Policía me lo mató de un disparo en la cabeza. Me gustaría que todo esto terminara en paz. Que él (Daniel Ortega) se fuera sin llevarse una vida más, que entregue el poder y desaparezca a todas sus turbas”, refirió con firmeza. 

“Murió por la patria”

Otro multitudinario sepelio que vivió Masaya fue el de Jeiner Moisés Campos, un joven 20 años que durante días se mantuvo en las barricadas de la entrada de la ciudad.

Cuando las fuerzas de choque del Gobierno pasaron por la barricada que vigilaba lo mataron con cuatro disparos: uno en la mano derecha, dos en la pierna izquierda y otro en el tórax. 

Su familia le insistía en que no participara en las protestas, pero él estaba decidido. 

Marvin López, de 49 años, fue sepultado con honores: una bandera cobijaba su ataúd y sobre este fue colocado un mortero, el arma con la que defendió a Masaya. AFP/END

“Él decía que si iba morir por algo, sería por su patria. Por defender sus derechos y los de los demás”, contó después del entierro Heysel Guevara, prima del fallecido.

“Sabemos que Dios va hacer justicia, solo pedimos que nos dejen vivir nuestro dolor en paz, tenemos miedo de que nos lleguen a atacar. Lo enterramos con miedo, pero a su tiempo sabemos que habrá justicia porque sin eso no tendremos paz”, recalcó la joven.