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La violenta represión a las protestas pacíficas en Nicaragua ha generado en la población una carga emocional severa, afectaciones físicas y molestias psicosomáticas.

En redes sociales la palabra “estrés” ha sido muy sonada desde el 18 de abril, cuando inició la crisis en Nicaragua, y al pasar los días y con el aumento de saña, son más las personas que manifiestan sentirse en este estado.

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Adriana Trillos, psicóloga clínica y Máster en Estudios de Género, dice que el estrés en un contexto “de violencia política, es patológico cuando la población está expuesta de forma prolongada y sistemática a dicha violencia, mientras el daño tiene dirección y propósito específico”.

Afirma que en Nicaragua se puede catalogar este tipo de estrés como “colectivo, pues por un lado afecta nuestra condición de ciudadanos, cuya historia de guerra es compartida, y por el otro, porque existe una memoria traumática de dicha guerra, que fue silenciada después de la revolución, por lo tanto, existe un alto riesgo de retraumatización, es decir, de que los terrores de la guerra se reactiven.

Un riesgo clínico de salud mental

Según la especialista, en este caso las personas se enfrentan un tipo de estrés agudo, el cual sólo puede ser mermado con la eliminación directa de la violencia sufrida.

“Si esta –la violencia- se prolonga, corremos el riesgo de desarrollar un Trastorno de Estrés Postraumático, que agregado a la carga traumática previa que cada historia personal tiene, representa un riesgo clínico de salud mental”, advierte Trillo.

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Y, aunque hay quienes se muestran más fuertes que otras, nadie está exento a presentar este proceso natural del cuerpo humano cuando es sometido a tensión física o emocional, sin embargo la especialista indica que las personas más vulnerables al estrés agudo por violencia política son las de la tercera edad, aquellas que tienen algún tipo de adicción o predisposición a ella; personas con historia de depresión y/o ansiedad, y personas con traumas de guerra.

Señales 

En este contexto, la psicóloga explica que las principales afectaciones mentales entre la población son las ideas recurrentes de riesgo, ya sea de morir, de que le hagan daño a alguien querido, o de perder súbita y violentamente algo valioso.

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“La sensación de peligro latente, la cual muchas veces genera ansiedad (ataques de pánico), paranoia e hipersensibilidad a cualquier escenario asociado a los hechos violentos; Insomnio o hipersomnia (exceso de sueño), entre los cuales se pueden presentar pesadillas repetitivas, igualmente asociadas al contexto”, detalla la especialista.

Entre las principales afectaciones físicas, las personas pueden presentar fatiga, la falta de apetito o la ingesta excesiva de alimentos, molestias psicosomáticas, es decir dolores de cabeza, en el pecho, en el estómago, señala Trillo.

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Cómo enfrentarlo

  • Creando y fortaleciendo redes de solidaridad comunitaria.
  • Cuidando y dejándonos cuidar dentro de los círculos cercanos de confianza.
  • Protegiendo nuestros espacios más seguros para tener un mínimo de control sobre nuestro entorno.
  • Manteniendo una comunicación fluida con quienes parezcan más afectados.
  • Evitando compartir datos personales, sobre todo gráficos, en las redes sociales.
  • Permitiéndonos sentir lo que sentimos, como por ejemplo, explosiones de llanto.
  • Organizando nuestras experiencias para entenderlas mejor, pero también para documentarlas en caso de que puedan servir como material de denuncia. Las bitácoras son muy útiles en estos casos.