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En la lucha contra la dictadura, la comunidad indígena de Monimbó, en Masaya, se convertiría en símbolo de rebelión ciudadana al insurreccionarse y ser elemental para el derrocamiento del entonces presidente, Anastasio Somoza. 

El barrio de artesanos, desde abril del corriente año, inició las protestas días después de que los estudiantes en León y Managua marcharan contra las reformas del INSS.

En la Ciudad de las Flores, la protesta también fue retomada por los estudiantes y apoyada por el sentir de los masayas, pero principalmente por los monimboseños.

Muchas personas no olvidarán aquella imagen en la que los valientes monimboseños, protegiéndose con una lámina de zinc y con sus morteros y bombas molotov en mano, combatieron contra la fuerza armada de los antimotines en el sector de la placita. Y es que Monimbó no se dejaría reprimir. 

Masaya se ha reafirmado en pie de lucha y eso le ha costado muchos golpes: saqueos en empresas, incendios (mercado viejo), destrucciones en las calles, en negocios y casas particulares; no hay transporte, las clases siguen suspendidas, abundan las lágrimas por la muerte de, al menos, 30 personas, se suman muchos heridos, detenidos injustamente y la incertidumbre de no saber qué pasará cada noche.

Pero en la lucha, Monimbó no fue el único barrio entre barricadas, también se levantaron en resistencia San Miguel, San Juan, San Jerónimo, La Reforma, Santa Teresa, barrio Loco y el sector de La Estación.

Los manifestantes permanecieron en sus trincheras dos meses soportando sol y lluvia, pero con el ideal de instaurar una democracia. 

Las barricadas en Masaya, que llegaron a ser más de 50, sirvieron como protección a los protestantes al impedir el paso de los “infiltrados” y escuadrones en camionetas o motos.

A pesar de los constantes asedios por parte de la policía a la población, los habitantes lograron atrincherar por más de diez días en la estación policial al comisionado Ramón Avellán. 

A la fecha, Masaya luce otro rostro: calles solitarias, mientras la población lamenta la escasez de comida y el tener que hacer grandes filas para comprar sus productos, la algarabía de la ciudad ha sido sustituida por el ruido de bombas y las ráfagas de las armas que utilizan las fuerzas paramilitares, se respira el miedo y se siente que se vive en una especie de ciudad fantasma. 

A pesar de que hace poco las turbas tomaron parte de la ciudad haciendo limpieza de las barricadas, Monimbó ha sido el único barrio que ha resistido y desde las trincheras reafirman que “Masaya es la ciudad de los huevos”.