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Francisco José Flores no era estudiante. Su familia se lo repetía cada que vez que le imploraban que abandonara las trincheras de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). “No es tu lucha, no sos universitario”, le decían por miedo a que lo mataran.

El muchacho de 22 años recibió un balazo en la cabeza, en la madrugada del sábado, cuando desde una trinchera varios jóvenes intentaban evitar que los parapoliciales encapuchados y policías llegaran hasta la iglesia Divina Misericordia, que servía de refugio a protestantes, periodistas, médicos y sacerdotes.

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En las trincheras le apodaban “El oso”. Según la versión de algunos estudiantes, Francisco murió acostado, junto a la barricada que defendía y con un mortero en la mano.

Ángela Mercado y Marlon Flores, desconsolados cuando llegaba el féretro de Francisco José Flores.

“Vimos un video sobre los heridos y los muertos en la UNAN, sabíamos que él (Francisco) estaba allí, entonces fuimos a la UNAN y nos mandaron al hospital (Vivian Pellas), y en este hospital lo reconocimos, murió de un disparó en la cabeza”, relató Ana María Mercado, una de sus tías.

La mamá de Francisco murió de cáncer cuando este tenía siete años, y a su papá nunca lo conoció. Él quedó al cuidado de su abuela y sus tías, que lo vieron crecer con la esperanza de que saliera adelante.

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Tenía dos meses de estar respaldando a los estudiantes de la UNAN-Managua. Una mañana dijo sentirse “comprometido” por “la causa justa” de los universitarios y “se fue a respaldarlos”, relató uno de sus familiares.

Francisco José Flores.

“Le decía, mirá no andés ahí, porque ahí no tenés nada. Lo aconsejaba en ese sentido. Él no era estudiante de la UNAN, ni universitario, entonces no tenía que andar haciendo, pero él decía que andaba apoyando, que era necesario respaldar. Él iba y venía a la casa, pero últimamente no lo hacía. Él andaba por su cuenta, nadie lo mandaba”, relató Ana María llorando.

Ángela Mercado lloraba desconsolada en su casa al ver el ataúd de su nieto. Sentado en el suelo, junto a Ángela, estaba Marlon quien decía consternado: “mataron a mi hermanito”.

Francisco era el menor de cuatro hermanos. Estudió hasta el segundo año de secundaria y luego se dedicó a trabajar, últimamente como obrero de la construcción, área en la que se tecnificaba con la idea de mejorar su condición de vida. No tenía hijos, ni esposa.

“Deben dejar de estar reprimiendo al pueblo, que se termine todo esto, ha sido demasiado. Nosotros hemos perdido un hijo”, clamó Ana María.

Gerald, con piedras y mortero

A diferencia de Francisco, Gerald Vásquez sí era universitario. Tenía 20 años, era originario de la ciudad de Masaya y estudiaba para Técnico en Construcción en la UNAN-Managua.

Era de madrugada, el joven “lanzó dos piedras, agarró otra, le bailó al guardia y cuando el maje lanzó la piedra, le pegaron (dispararon). Cayó de espaldas y comenzó a sangrar”, narró uno de los estudiantes que se encontraba en la misma barricada que Vásquez.

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Valeska Sandoval, otra de las estudiantes, relató que entre varios muchachos lograron trasladar a Gerald a la iglesia. “Él seguía vivo, decía ‘ay, me duele perro, me pegaron’”, recordó Valeska.

Gerald Chávez.

Según la universitaria, los compañeros que asistieron a Gerald le mentían asegurándole que la herida que había recibido era “de refilón”.

“Fue un honor haberte conocido”, le dijeron posteriormente, mientras el joven estaba expirando.