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Cuando los policías y los civiles armados encapuchados tomaron el control del barrio Monimbó, el mediodía del martes, empezaron los robos, las capturas y las golpizas de casa en casa. Así llegaron hasta la vivienda de una monimboseña de 42 años, a la que golpearon, amarraron, amordazaron e hirieron en las piernas con un bisturí para obligarla a identificar a las personas que estaban en la barricada de la esquina de su casa.

“No colaboré y casi me matan”, nos dice esta mujer un día después de que fuerzas antimotines y parapoliciales llegaron hasta el barrio indígena, en Masaya, para eliminar las barricadas que la población mantenía en protesta contra el Gobierno. Por su seguridad, nos pidió no identificarla.

Cuando comenzó el ataque, a las 5:00 a.m., del martes la señora le pidió a su hijo de 16 años que se fuera de Masaya por temor a que lo mataran. Aún no sabe nada de él. “Aquí déjame que yo soy mujer y no me van hacer nada”, le dijo.

Se equivocó. Tres hombres encapuchados con camisetas azules y pañuelos rojinegros  ingresaron fuertemente armados a su casa en busca de varios jóvenes, entre los que mencionaron a su hijo.

“Me decían que les dijera quiénes eran los chavalos que estaban en la barricada, querían nombres, además de los que ya andaban y no se los di. Entonces me patearon en el estómago, me amarraron, me amordazaron, me quitaron el pantalón y después me rayaron las piernas con un bisturí para obligarme a hablar”, narra esta mujer morena y delgada que trabaja por cuenta propia.

El miedo a la represión en Monimbó, es tal que nadie quiere identificarse. Visiblemente afectada por lo sucedido esta mujer asegura entre lágrimas que el martes “viví uno de los días más horrendos de mi vida”.

Una monimboseña, de 42 años, fue golpeada, amordazada y herida con un bisturí en sus piernas por parapoliciales que la querían obligar a delatar a jóvenes protestantes. Óscar Sánchez\END

“Cada vez que me negaba hablar me pateaban, me agarraban del pelo y me cortaban en las piernas. Estaba nerviosa, dije que me mataran, pero que dejaran de torturarme. Yo nunca había pasado algo así. Todavía me siento con miedo, porque en la noche pasan frente a la casa y me da miedo que me vuelvan a venir a buscar”, relata.

Además de torturarla, los encapuchados le robaron una olla a presión que le costó 5,000 córdobas, uno de los objetos de más valor que poseía en su casa.

Persecución brutal

Testimonios de robos ejecutados por parapoliciales se repiten en Monimbó. Doña Estebana, una anciana de 78 años, denunció este miércoles que los encapuchados armados ingresaron a su casa desde las 7:00 a.m. y salieron hasta las 4:00 p.m. del martes.

“Me robaron la comida de toda la quincena, arrasaron con mi venta de gaseosas, desbarataron mi cuarto y se me llevaron 25 pares de zapatos que tenía para vender”, relató Estebana, quien se mantiene en pie apoyada en un bastón.

Su casa se ubica en las cercanías de la parroquia María Magdalena. Las turbas armadas ingresaron por la fuerza destruyendo un candado, pero la anciana ya había salido del lugar.

“Al oír la balacera que se armó me refugié en la casa de una vecina y desde ahí escuchábamos cómo gritaban y se burlaban de los chavalos. Cuando ya se fueron, fue que vine y vi todo el desastre que hicieron. Yo soy diabética y hasta mis pastillas machacaron. Entraron con un odio que a mi edad nunca había visto”, comenta.

También buscaban heridos. En la acera de la casa de Sandra, habitante del sector de Las Cuatro Esquinas, de Monimbó, había manchas de sangre y los parapolicías pensaron que adentro se refugiaba un joven herido.

“Tumbaron la puerta trasera y nos encañonaron a todos. Pensé que nos iban a matar, tiraron todo y nos decían que dijéramos dónde estaba el herido. Como no hallaron nada se fueron y seguían volando ráfagas de balas”, describe.

“Fue horrible escuchar el sonar de toda la artillería. Todavía tengo ese sonido en mi cabeza que no me deja dormir.  Fue el día más largo”, agrega.

Asedio persiste

Un día después del ataque del martes que dejó, al menos, cuatro muertos en Monimbó, gran parte de sus habitantes mantienen cerradas las puertas de sus casas.

El sepelio de Erick Antonio Jiménez fue encabezado con una bandera blanca para evitar que los armados lo atacaran. EFE\END

El barrio está controlado por los civiles armados. En la plaza principal de Monimbó, al menos, 50 hombres encapuchados, vestidos de azul y con banderas del Frente Sandinista se mantienen en pie exhibiendo sus armas. Además, rodean el templo de la parroquia San Sebastián.

Otro centro de operación de estos grupos, acompañados por antimotines, se ubica en la cancha multiusos Lomas de Sandino. Ahí permanecen decenas de camionetas con hombres armados, desde donde salen a recorrer la ciudad gritando consignas a favor del Gobierno.

“El comandante se queda”, “Monimbó se va acordar de nosotros”, gritan constantemente.

Todavía se observan en Monimbó tumultos de adoquines que quedaron de las barricadas. Trabajadores de la Alcaldía de Masaya llegan a bordo de camiones para recoger los adoquines, mientras son custodiados por los parapolicías.

“El martes fue un día de encierro. No desayunamos, no almorzamos y con eso que vivimos quedé traumada. Hoy (miércoles) no fui a trabajar porque uno no sabe en qué momento lo van a encañonar”, confiesa una monimboseña.

“Esto no fue una liberación, fue una masacre”, comenta otra.

Aunque las barricadas cayeron y los encapuchados tienen el control de Monimbó, sus habitantes saben lo que quieren y continúan firmes en su llamado al Gobierno a parar la violencia.

Entierran a sus muertos con miedo

Monimbó amaneció este miércoles enterrando a más jóvenes. Pasando por calles tomadas por encapuchados, un grupo de ciudadanos avanzó hasta el cementerio del barrio para sepultar los restos de Erick Antonio Jiménez, de 34 años.

Ante el temor de un ataque durante el entierro, la familia decidió ubicar en primera línea de la procesión fúnebre a un grupo de mujeres. Una de ellas portaba una bandera blanca y se abrieron paso en medio de cerros de adoquines.

La noche anterior nadie llegó al velorio del hombre. Seis familiares acompañaron su féretro durante toda la noche, cerraron las puertas de la casa, apagaron las luces y rezaron para que cesara el asedio de las turbas en las calles de Monimbó.

A Erick Antonio Jiménez lo mataron de un balazo en la espalda que le salió por el pecho. Trabajaba en una zona franca ubicada en Niquinohomo y era padre de dos niños de 7 y 3 años, respectivamente.

Parapolicías y antimotines se pasean en camionetas por Monimbó, exhibiendo sus armas y gritando consignas. EFE\END

El martes, el ataque a la ciudad de Masaya inició desde las 5:00 a.m. y ya no se pudo salir a trabajar. Se quedó en su casa acompañando a su esposa Daniela Brenes, de 24 años.

A eso de las 9:00 a.m., relata su esposa, Erick decidió ir a la casa de una tía para verificar que estuviera bien. Diez metros antes de llegar a la vivienda fue baleado por los parapolicías.

Erick Antonio Jiménez tenía planeado bautizar a su hijo de 3 años y soñaba con ampliar su casa. “Ahora, eso ya queda en el olvido y a mí me toca seguir adelante con mi hijo, yo sola”, dice su esposa alzando su voz al cielo clamando por justicia.

“Esto que andan haciendo con la gente es una barbaridad. Están haciendo una masacre con todo el país y lo mínimo que espero es que haya justicia”, subraya Daniela al salir del cementerio.

Azucena López, mamá de Jiménez, se suma a la petición de justicia. “Espero que los derechos humanos y el mundo aboguen por este pueblo. Mi hijo lo velamos solo nosotros y a oscuras porque estaban asediando la casa. Esto está triste, los muchachos andan huyendo, algunos se fueron por monte y las turbas los andan sacando de sus casas, tienen que hacer algo”, implora.