•   Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Escondido en un terreno montoso de una comarca al sur de Masaya, Ernesto vio pasar de lejos a un grupo de hombres armados, se alumbraban con linternas y eran guiados por perros que olfateaban el camino.

Buscaban a los protestantes que habían huido de Monimbó el martes 17 de julio, tras el ataque al barrio, de civiles encapuchados y policías que dispararon con armas de guerra hasta desmantelar las barricadas de la protesta iniciada tres meses antes.

 Protestantes hacen doble marcha

“Estaba nervioso, mi ritmo cardíaco se aceleró, la situación fue horrible”, dice Ernesto, quien prefiere ocultar su nombre real. El joven, de 24 años, cree que ese día los armados no lograron atrapar a ninguno de los que huyeron entre la zona boscosa de Masaya, probablemente porque “no conocían bien los caminos”.

“Jamás pensé que iba a tener que abandonar mi casa, que iba a estar en una casa de refugio; jamás pensé que me iba a escapar de algo que se considera altruista en otros países”. A Ernesto lo incluyeron en “la lista” de perseguidos por haber donado víveres e insumos médicos a manifestantes que defendían las barricadas del barrio indígena de Masaya.

Ese día, cuatro personas murieron en Masaya. Policías y parapolicías se tomaron la ciudad y requisaron casa por casa, buscando a quienes habían organizado la protesta contra el Gobierno y construyeron las barricadas. A algunos los agredieron allí mismo para obtener información, a otros se los llevaron de inmediato. No se sabe exactamente cuántos lograron huir.

La huida

El ataque empezó cerca de las 5:30 de la mañana del martes 17 de julio, entre Monimbó y el Camino Viejo a Niquinohomo. En cuestión de minutos, el barrio indígena, para entonces último bastión de la protesta en la ciudad donde aún había barricadas, estaba sitiado por los cuatro puntos cardinales.

Ernesto, quien había sido alertado de un posible ataque, durmió con el celular encendido y el volumen máximo. “Me llamaron en cuanto empezaron a atacar, comencé a avisar a ciertas barricadas y a otros conocidos para que se resguardaran”, relata.

 Profanan el Santísimo en Jinotega

A las 6:00 a.m., salió de su casa acompañado de dos primas, una amiga y su tía. Llevaba la mochila que ya tenía preparada para el día que le tocara huir y buscó salir hacia la laguna de Masaya.

Los enfrentamientos aumentaron y las balas se escucharon cada vez más cerca. Ernesto iba de un callejón a otro y hasta dos horas después logró avanzar hacia la ruta de su huida. En el camino encontró a jóvenes que, como él, habían apoyado la protesta; a muchachos que resistieron en las barricadas pero ya no pudieron seguirse defendiendo; y civiles que no habían estado involucrados en la lucha cívica pero buscaban salir por temor a la represión.

Luego de caminar más de 5 kilómetros, encontraron refugio en una casa en la zona rural de Masaya. Allí llegaron a las 9:30 a.m. y en la ciudad las balas cesaron alrededor del mediodía, cuando ya estaba sitiada y empezaban los robos y las requisas, según múltiples denuncias de ciudadanos.

La persecución

A las seis de la tarde, Ernesto divisó a los encapuchados con los perros. “Salimos por la parte de atrás de la casa, nos metimos en el monte esperando a que ellos se fueran”, relata el joven, quien afirma haberse sentido “asombrado” por la saña con que arremetieron contra el pueblo indígena de Monimbó.

A la comunidad donde él estaba refugiado llegaron después algunos heridos y otros jóvenes que habían sido desalojados violentamente de las barricadas. “Los curamos y les dimos refugio”, recuerda, y a las 4:00 a.m. del siguiente día empezaron a partir. “Yo logré salir después, por la carretera a Catarina”.

 Secretario del Tesoro: EEUU podría considerar sanciones económicas a Nicaragua

Para Ernesto, los rumores de que 30 personas fueron asesinadas en esos senderos boscosos cercanos a la laguna de Apoyo son improbables. La mayoría, afirma, lograron huir el miércoles.

“Puede ser que nos buscaban para detenernos, pero era incierto. No sé si en el trayecto me hubieran torturado y me terminaba muriendo”, cuenta Ernesto, quien ahora está en otro espacio seguro, lejos de su casa natal en Monimbó.

Hasta este sábado, el barrio indígena de Masaya continuaba controlado por los civiles armados y policías, quienes públicamente ondean banderas del partido gobernante, el Frente Sandinista (FSLN).

“Monimbó no ha sido abatido, solo logramos salvar nuestras vidas”, asegura Ernesto.

Defensores de DDHH sin acceso a Masaya

Rafael Lara

Organizaciones de derechos humanos informaron que debido a la falta de garantías mínimas de seguridad, no han logrado ingresar a la ciudad de Masaya.

“Estamos solicitando una visita coordinada con la representación del Mecanismo Especial de Seguimiento para Nicaragua (Meseni) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y con el equipo de representación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos”, dijo Denis Darce, de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH).

 Llamado internacional a dialogar

Según Darce, tras el ataque a Monimbó, el pasado 17 de julio, han recibido una serie de denuncias de violaciones a los derechos humanos, pero no hay condiciones de seguridad para que el personal de su organización visite la ciudad de Masaya.

Una situación similar ocurre en Chontales, San Pedro de Lóvago, Santo Tomás y Río San Juan, donde también hubo ataques a protestantes, mencionó Darce.

El Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) tampoco cuenta con información actualizada sobre la represión en Masaya, informó este organismo a través de su oficina de prensa.

Activistas amenazados

La CPDH denunció que a sus miembros los han amenazado con procesarlos judicialmente por efectuar labor humanitaria.

El director de la CPDH, Marcos Carmona, afirmó que la abogada Yunarqui Martínez García sufre amenazas y asedio por la labor que realiza, en especial en los Juzgados de Managua.

“Desde ya responsabilizamos al Gobierno, en caso de que se atente contra la integridad física o sicológica de cualquier miembro de la CPDH. Aquí hemos denunciado constantemente las amenazas y por eso somos objeto de medidas cautelares por parte de la CIDH. Nosotros no necesitamos escolta policial, necesitamos que nos dejen trabajar”, demandó Carmona.