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El taller de calzado de Erving Soza, ubicado en el barrio El Calvario, Masaya, cuenta ahora con menos de la mitad de los trabajadores que tenía antes del 18 de abril. El resto huyó tras la “operación limpieza” que ejecutó el Gobierno en este departamento con policías y parapolicías para eliminar las barricadas que la población había levantado en protesta contra las autoridades.

Soza es un hombre robusto, moreno y de apariencia fuerte, pero sus ojos se humedecen al hablar de la persecución a la que han sido sometidos los trabajadores de su taller y los jóvenes de Masaya en general.

“No es fácil convivir con eso”, dice con voz entrecortada y recuerda que hace cuatro meses las expectativas del negocio familiar eran grandes, con buenos pedidos desde Costa Rica. Tenía 17 empleados y ahora han quedado con seis y trabajando cuatros días a la semana.

Soza asegura que son los hombres con más experiencia los que se han marchado de la ciudad. Unos están escondidos y otros se fueron del país. Ahora el reto está en conseguir compradores y personal calificado para ciertos procesos en la elaboración de zapatos.

“En esta semana han venido tres personas y no han clasificado para este tipo de trabajo. He buscado a gente con experiencia, pero están fuera del país”, expresó Soza.

El taller de calzado Jois, en Monimbó, está afectado por la caída de las ventas. Orlando Valenzuela\END

Dijo que los pocos trabajadores que quedan en los talleres ya no tienen los mismos ánimos, porque están pensando “en dónde estarán sus hijos u otros familiares”.

Con lo relatado por Soza coincide otro artesano de la rama textil que prefiere omitir su nombre y quien afirma que la ausencia de mano de obra les está afectando. Sin explicar de dónde saca la cifra, asegura que solo a Costa Rica se han ido 10 mil masayas después de las protestas.

Jaime López, propietario del taller de calzado Jois, ubicado en el barrio Monimbó, dijo que su pequeña empresa aún está subsistiendo porque tiene contratos con compradores de Panamá y Costa Rica, pero están afectados por la caída de las ventas en Nicaragua.

Los vendedores de los talleres dicen que han llegado al nivel de negociar con sus clientes en los mercados de los otros departamentos, para dejar los zapatos al crédito y llegar a cobrar después.

“Los compradores, lo que hacen es que te dicen: ‘si querés dejalo, después volvés y te abono 500 pesos y tal vez, si se vende el zapato’”, relató.

Uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad de Masaya es el Mercado de Artesanías, que sufrió un incendio durante las protestas y ahora permanece cerrado y custodiado por agentes policiales en el interior, donde se realizan trabajos de remodelación.

El Nuevo Diario constató que parte de la infraestructura anterior fue derribada y las labores que se hacen tienen otro diseño.

Los vendedores afirman que están afectados por la ausencia de turistas extranjeros, pues, según ellos, más del 60% de las ventas eran realizadas a este segmento.

Sin ventas y endeudados

Susana Arévalo es productora y vendedora de hamacas en el barrio San Juan, de Masaya, y dice que en los últimos cuatro meses no ha vendido ni una. De cinco trabajadores que tenía, ninguno está con ella y tres están en Costa Rica.

“Mi defensa ahorita son las camisas tejidas, que me las están comprando los consumidores nacionales”, cuenta la mujer mientras teje una prenda.

Lamenta los obstáculos que enfrenta para continuar produciendo, pues está endeudada y el estancamiento en las ventas no le permite cumplir con sus compromisos de pago.

La mayoría de los negocios están como empezando de cero. La talabartería El Buen Gusto es uno. Su propietario, Ramón García, dijo que durante tres meses estuvo sin trabajar y “mi producción cayó en 100%; ahorita estoy empezando con el pedido de una empresa, Dios quiera que las cosas se mejoren”.

Los pequeños negocios familiares enfrentan una situación crítica, porque durante los meses de “fuertes enfrentamientos” paralizaron sus labores y se les agotó el capital de trabajo. Ahora no tienen de donde echar mano para la compra de la materia prima, que ha registrado incremento de hasta el 30% en las últimas semanas.

Las peleterías no están dando crédito y la demanda del mercado nacional está estancada porque la población prioriza la comida, apuntó otro dueño de taller que está trabajando con el 20% de su capacidad de producción.

En el mercado Ernesto Fernández, de Masaya, se puede apreciar la desolación en los pasillos; tramos cerrados y los pocos que están funcionando reportan “malos resultados en las ventas”.

Una comerciante, con 28 años de laborar en ese centro de compras, admite que desde abril no ha hecho “un solo pedido” de productos. Antes invertía semanalmente más de C$200,000, comprando a artesanos de diferentes sectores. Por eso, ha despedido a cinco de los siete trabajadores que tenía.

En ese centro de compras otra comerciantes comentó que “en la semana no hemos venido ni un solo bolso, hay días que no abrimos porque, a como está la situación, solo venimos a gastar porque no vendemos del todo. La mayoría de los tramos están cerrados, la gente no viene porque no hay qué hacer”.

En el taller de calzado Erving, en la zona de El Calvario, solo hay seis de 17 empleados que laboraban en el lugar.

¿Qué pasará el día de mañana? Es la incertidumbre que repercute en los negocios de los artesanos de Masaya, incluso en quienes se dirigen cada día a los centros de trabajo, dijo a El Nuevo Diario otro dueño de taller que prefirió no dar su nombre.

Los trabajadores no pueden irse después de las 4:00 p.m., porque si les agarra la noche en la calle, es casi seguro que irán presos, afirmó un trabajador de la zona que también prefirió omitir su nombre.

Comercio golpeado por bajas ventas en Masaya

La situación crítica no solo la están viviendo los pequeños talleres artesanales de Masaya, sino también los negocios comerciales más grandes, que se han visto perjudicados con la caída de las ventas.

Los afectados coinciden en que volver a la normalidad no va a depender de una medida económica o de beneficios para seguir trabajando.

“Va a depender de que se le quite el temor a la gente en las calles, por la inseguridad. De nada sirve que el país quiera retomar el rumbo normal si hay mucha incertidumbre en las calles. Donde uno va, siempre encuentra algún tipo de persona con una arma y eso no es agradable para nadie”, resaltó una comerciante que omitió su nombre.

 

Al menos en el mercado de Masaya la presencia de encapuchados armados, que se hacen pasar como “cuerpo de seguridad”, crea temor entre los mismos vendedores, “porque no sabemos quiénes son, estamos con el miedo de que se nos roben la mercadería o nos hagan algo; es una sensación que jamás imaginé pasar”, agregó la comerciante.

En la ciudad aún se aprecian los estragos de los enfrentamientos en la infraestructura. Eso ha obligado a algunas empresas de presencia nacional a trasladarse a una plaza ubicada en la salida de la ciudad, donde consideran que existen más de condiciones.

Casas comerciales, financieras u otros comercios están funcionando pero con el doble de seguridad; solo una puerta está abierta y las ventanas de vidrio están selladas con láminas de zinc.

En la calle El Comercio, de Masaya, es notorio el abandono de establecimientos, principalmente tiendas cuyos arrendatarios han quedado sin capacidad de pago o porque fueron víctimas de saqueos.

También existen dueños de propiedades que son más optimistas y realizan remodelaciones para futuras rentas, a pesar de que el valor de estas ha caído hasta en 50%, según constató El Nuevo Diario y fue confirmado por representantes del sector de bienes raíces y valuadores.

Un trabajador de una casa comercial, ubicada en la calle El Comercio, dijo que ellos están pagando el 50% del alquiler porque desde mayo no han vendido ni un solo electrodoméstico y en junio, cuando abrieron, fue para recuperar cartera.

“En la cartera está bastante difícil la situación porque solo el 50% de lo que recuperábamos antes es lo que estamos recibiendo, pero confiamos en Dios que todo marchará mejor. Por eso, tuvimos que hablar con los dueños para que reconsideraran lo de renta, porque esto está malo”, expresó el trabajador que optó por omitir su identidad.

En otro de los extremos de la calle El Comercio funciona una tienda de ropa usada, cuya propietaria dice que la estrategia que impulsó la dueña del local fue dividir en varios módulos el espacio, para abaratar el costo de la renta.

La tienda de autoservicio ubicada en una gasolinera de la entrada de la ciudad de Masaya está cerrada y algo similar se observa a lo largo de la carretera a Masaya en plazas comerciales pequeñas donde cuelgan los rótulos con el mensaje “Se alquila”.

Ese golpe a la economía de los masayas se refleja hasta en los gastos de salud. En una clínica  privada que aún tiene los vidrios rotos por los enfrentamientos, los ingresos por procedimientos quirúrgicos han caído en un 70%, mientras que las atenciones médicas diarias tratan de volver a la normalidad desde mediados de julio.

Aparte de la afectación en la producción artesanal y las ventas en el comercio, son pocos los masayas que andan en las calles después de las 6:00 p.m., por el temor que infunden los civiles armados enmascarados que patrullan con armas de grueso calibre, manteniendo paralizada la actividad nocturna en la ciudad.