• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • Edición Impresa

La toma del campus de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), ocurrida hace cinco meses, significó un cambio radical para los habitantes de Villa Rafaela Herrera y para los dueños de negocios cercanos al recinto.

Por casi dos meses, desde el jueves 19 de abril hasta el sábado 9 de junio, estudiantes universitarios y pobladores de barrios colindantes con la Upoli, permanecieron en posesión del campus.

En ese lapso los habitantes de la Rafaela Herrera tuvieron que habituarse a transitar entre barricadas, levantadas en las principales calles de acceso a la villa.

También tuvieron que sortear cúmulos de basura y sobrellevar la zozobra causada por enfrentamientos entre manifestantes y efectivos policiales.


En esta zona de Managua fue donde se registraron los primeros muertos de las protestas. La noche del 19 de abril, Darwin Manuel Urbina Urbina de 29 años, trabajador de un supermercado, se convirtió en el primer fallecido.

Familiares de Urbina narraron a EL NUEVO DIARIO que el joven murió a consecuencia de un disparo recibido en el cuello y se enteraron de su muerte a través de las redes sociales.

Esa misma noche, el subinspector de policía Hilton Rafael Manzanarez, de 33 años e integrante de la Dirección de Operaciones Especiales (DOE), falleció cerca de los semáforos de la entrada principal de Villa Rafaela Herrera. Según un comunicado policial, Manzanares recibió un disparo.

Encapuchados armados

Tras el período de protestas y enfrentamientos entre policías y estudiantes, ha quedado allí una creciente inseguridad y el cierre de varios negocios, afirman habitantes y propietarios de comercios.

“En los primeros días del conflicto se veían estudiantes en la universidad y se les apoyó, pero después, cuando los estudiantes se fueron, ya solo permanecían tipos con aspecto de vagos; eso generó mucha inseguridad en la zona”, dijo una habitante de Villa Rafaela Herrera que pidió solo ser identificada como Socorro.

El campus de la Upoli sigue cerrado. Solo el personal de seguridad, mantenimiento y administración tienen autorización de ingresar. Las clases se reanudarán de manera virtual a partir de este mes, anunció la universidad.

Fidelina Báez, otra habitante del lugar, agregó que semanas después que la Upoli fue desalojada por los estudiantes, era común ver a civiles armados y encapuchados recorriendo las calles aledañas a bordo de camionetas doble cabina.

Báez relató que esas personas armadas, algunas veces detenían autos o transeúntes y les revisaban, lo que también incrementó el ambiente de inseguridad en la zona.

Desde hace semanas lo que suelen ver los pobladores son “policías que patrullan y se ubican casi siempre en el segundo portón de la Upoli, o buscando el campo de beisbol”, afirmó Báez.

Ambas dijeron que ocasionalmente ocurren asaltos, especialmente en la zona cercana a la parada de buses y los andenes de los barrios cercanos.

“Lo que pasa es que muchos delincuentes hicieron de estas calles su zona de operación y quieren que así permanezca”, afirmó Socorro.

Negocios ralentizados

Sobre la calle principal que conduce a la Upoli, había varios negocios de ropa, calzado, salones de belleza, librerías, farmacias y pulperías, pero varios cerraron.

En algunas viviendas hay rótulos que las ofrecen en renta o en venta.

Israel Córdoba, dueño de un negocio de lubricantes, comentó que mientras el recinto universitario estuvo tomado, no laboraron y solo llegaban al establecimiento para cuidar que no sufriera daños.

En la zona aledaña a la Upoli se registran ahora muchos asaltos. Óscar Sánchez\END

“Hasta ahora es que hemos reiniciado el trabajo, porque la situación está un poco más tranquila”, relató Córdoba.

Léster Ruiz, dueño de un pequeño negocio de fotocopias e impresiones, dijo que en su caso las afectaciones han sido fuertes, porque en la Upoli siguen suspendidas las clases y su principal clientela, los estudiantes, son escasos ahora.

“Por eso permanezco hasta las 2 de la tarde en la zona, porque los clientes son pocos”, indicó Ruiz.

Donaldo Mejía, copropietario del bufet Buen Sazón, comentó que optaron por reiniciar operaciones hace seis semanas, pero la afluencia de clientes es poca, debido a la inseguridad.

Los negocios que hasta abril de este año parecían florecer en la calle principal de la villa Rafaela Herrera, ahora son locales abandonados. Óscar Sánchez/ END

“La calle de los negocios quedó muy afectada. Somos unos cuantos los que estamos tratando de sobrellevar la situación porque hay que trabajar; las deudas se deben saldar”, explicó Mejía.

Respecto a la inseguridad, el pequeño negociante afirmó que es durante la tarde que se incrementa, por lo que, para mitigar el impacto en el negocio, han optado por las entregas a domicilio.

“Hay delincuentes de los barrios aledaños que quedaron armados y son los que andan haciendo daño”, declaró Mejía.