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La mañana del 29 de julio, cuando María Francela Bonilla López caminaba por el mercado Iván Montenegro, leyó en una edición impresa de El Nuevo Diario el titular: “Prisión preventiva para acusado de matar a policía en protestas de abril”.

Su primera reacción fue de asombro. Después, en su mente se repetía: “El de la foto es mi hermano… es mi hermano… es mi hermano”.

En efecto, era Carlos Bonilla, quien en la imagen usaba una camisa a cuadros. Tenía los brazos hacia atrás, esposado, y permanecía escoltado por un policía.

Dos meses y medio después de que Francela Bonilla vio a su hermano en esa fotografía del periódico, un juez de Managua le impuso una sentencia de 90 años de cárcel por el asesinato del policía Hilton Rafael Manzanares y la tentativa de asesinato de otros oficiales, por actos ocurridos supuestamente en abril, durante las protestas contra el Gobierno de Nicaragua, cerca de su domicilio.

Bonilla habitaba en el barrio Laureano Mairena, en Managua. Por su cercanía con el barrio Rafaela Herrera y la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), esa zona se convirtió en escenario de fuertes enfrentamientos entre policías y protestantes.

Carlos Bonilla, condenado a 90 años de cárcel. Archivo/END

Para la familia de Bonilla, mayo y junio fueron los meses más críticos.

Una de las más afectadas fue la madre de los hermanos Bonilla, quien padecía de cáncer y se mantenía con un dreno. La familia relata que, por causa de los gases lacrimógenos que lanzaban los policías durante las protestas, a la señora se le dificultaba respirar y decidieron trasladarla a la casa de un familiar, en el sector de Sabana Grande.

La madre de los hermanos Bonilla murió el 10 de mayo.

Según Francela, la muerte de su madre causó un gran impacto emocional en Carlos Bonilla, quien a partir de entonces perdió interés en las protestas y las luchas sociales.

Le disparan

“Yo anduve en las protestas, estoy fichado, si me quieren matar aquí estoy porque ya no está mi madre”, publicó Carlos en su cuenta de Facebook, en un momento de decepción por la partida de su mamá.

“Un día antes que lo agarraran, él ya regresaba a la casa, estaba a pocas cuadras cuando en la calle los paramilitares le hicieron disparos de frente, pero gracias a Dios logró escapar. Yo estaba trabajando y él me llama en llanto para decirme que casi lo matan”, recuerda la hermana.

El arresto de Carlos Bonilla ocurrió el pasado 23 de julio y marcó uno de los momentos de mayor angustia para sus familiares, por el uso excesivo de fuerza y porque detrás de la acción estaba la dirigente política del barrio, aseguran sus parientes.

Tras la paliza, a Bonilla lo trasladaron al Hospital Antonio Lenín Fonseca. En el primer encuentro con su otra hermana, Johana Bonilla, ya arrestado, afirmó  que le pusieron una bolsa plástica en la cabeza para que revelara quiénes habían colocado los tranques en su barrio.

La familia de Carlos vivió una odisea tras su captura. Primero en El Chipote, donde según cuenta Francela, la experiencia resultó horrible, debido a los malos tratos que sufría de los oficiales que en primera instancian le negaban la información al abogado que llevaba el caso.

Agrega que en el portón de la Dirección de Auxilio Judicial, los Bonillas rogaban a los oficiales poder ver a Carlos, pero solo permitían pasar los alimentos.

Amaya Coppens junto a su padre y abogada. Archivo/END

“El día que lo agarraron no se corrió ni se opuso al arresto, ya estaba resignado por la muerte de nuestra madre y creo que no opuso resistencia por preservar la seguridad del resto de nosotros, y en especial para proteger a uno de sus primos, un joven que padece de parálisis cerebral”, relata la hermana.

Lesbia Martínez, tía política de Carlos Bonilla y madre del joven con parálisis cerebral, describe la relación de ambos como muy afectiva y fraterna, incluso a veces comían en el mismo plato.

Pese a su estado, el joven enfermo resiente la ausencia de su primo, pero recupera el ánimo cuando lo ve en una fotografía o en la televisión. Eso, añade la madre del joven, es una muestra más de cuánta falta hace Bonilla en su hogar.

En los meses de protestas, el joven con parálisis cerebral también se vio perjudicado por los gases lacrimógenos.

Los policías constantemente rondaban la vivienda de los Bonilla, en busca de protestantes. El sonido de los disparos asustaba al primo de Bonilla, quien se ponía a gritar.

Tras el arresto de su hermano, Francela Bonilla ha denunciado las constantes amenazas que les ha tocado vivir; incluso, su sobrina (hija de Carlos Bonilla) se ha visto afectada y abandonó la escuela.

Afirma que la condena de 90 años de cárcel, ha indignado a la familia; igual que los malos tratos que padecen para ver a Bonilla. Primero en El Chipote y, ahora, en la cárcel Modelo de Tipitapa.

Las visitas, según afirma, están condicionadas por el resguardo policial y les hacen una requisa excesiva. Pese a todo, la hermana de Bonilla y el resto de la familia han logrado visitarlo en la cárcel, tratan de darle ánimo y todos esperan que algún día esté libre.

Amnaya Coppens

Tamara Zamora describe como una relación de confianza y amistad el lazo con su hija, Amaya Coppens, la líder estudiantil de la ciudad de León que es procesada por los delitos de secuestro simple y terrorismo, lesiones sicológicas leves, portación ilegal de armas y entorpecimiento de servicios públicos.

Zamora, de 51 años, es socióloga y durante años se ha dedicado a impartir clases en el Sistema de Educación Básica en Estelí.

Coppens, de 24 años, estudiaba la carrera de Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-León) y es parte de los jóvenes que enfrentan procesos judiciales, por participar en las protestas contra el Gobierno en la ciudad universitaria.

La estudiante tomó notoriedad porque denunció arbitrariedades de la dirigencia estudiantil de la progubernamental Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua (UNEN) y porque fue una de las primeras en salir a defender a un grupo de adultos mayores que, por salir a protestar a las calles, estaban siendo agredidos por simpatizantes del gobernante Frente Sandinista (FSLN) y agentes de la Policía Nacional, el 18 de abril en la ciudad de León.

La universitaria Amaya Coppens es la segunda de tres hermanos y tiene doble nacionalidad: belga y nicaragüense.

Su madre narró a El Nuevo Diario el drama y los momentos de zozobra que le ha tocado vivir a partir del arresto de su hija. A Amaya la capturaron el pasado 10 de septiembre.

Primera visita

Ocho días después de permanecer Amaya en El Chipote, madre e hija pudieron reunirse durante la primera audiencia judicial, un encuentro que duró solo 20 minutos.

Entonces solo tuvieron la oportunidad de intercambiar unas pocas palabras y abrazarse. La madre desconocía si la joven había sido sometida a algún tipo de maltrato físico o sicológico.

“Esa primera impresión fue desgarradora, realmente es muy doloroso cuando ves por primera vez a tu hija. Yo la vi esposada, ella no me había visto, pero yo la vi cuando la llevaban esposada; es realmente doloroso, sobre todo porque sabés que tu hija está pasando por algo completamente injusto”, recuerda Zamora

“La vi cansada en ese momento porque, después de ocho días en El Chipote con interrogatorios en la madrugada, se miraba agotada; pero ella me pidió, en el poco tiempo que nos vimos ahí, que me quedara tranquila, que no le pasaría nada”, relata.

Con el puño en alto

El 10 de octubre tuvieron la oportunidad de encontrarse nuevamente, en una visita que duró tres horas. Aunque dice que el personal de la prisión no la trató mal y respetaron el horario, cuenta que durante la cita siempre son custodiadas y el personal del sistema penitenciario constantemente les toma fotografías, sin su consentimiento.

En esta visita, la madre de Coppens quedó marcada por su hija. Cuando la vio, Coppens sonreía y caminaba con el puño en alto. Era, dice su madre, el resumen de la convicción de las ideas de la joven. Ese gesto de rebeldía también desconcertó a su madre, quien temía le suspendieran la visita.

La explicación de este gesto, según Zamora, representa la molestia de la estudiante ante la violación de los derechos humanos que sus compañeras de celdas sufren en la cárcel, como el derecho a la atención médica.

Según le comentó, una de las privadas de libertad padece problemas vesiculares graves, es víctima de la negligencia médica y la han dejado que sufra los terribles dolores.

Durante la entrevista con El Nuevo Diario, la madre de Coppens trata de mantenerse firme, pero al narrar los vaivenes que le ha tocado vivir por el arresto de su hija, su voz se quiebra.

Carlos Bonilla cuando fue capturado. Cortesía/END

Zamora guarda la esperanza de que la justicia prevalezca para su hija y los demás presos a causa de las protestas.

“Emocionalmente, es brutal, porque cómo vas a vivir una vida tranquila sabiendo que tu hija está presa; pero además, sabiendo que es totalmente injusto, sabiendo que le han cortado sus aspiraciones. No logro estar tranquila ni vivir tranquila, ni comer tranquila, mientras mi hija esté en esas cuatro paredes”, afirma Zamora.

La señora relata que en varias ocasiones han escrito la palabra “plomo” en las paredes de su casa, en Estelí. También, en una ocasión un hombre, vía telefónica, se hizo pasar por el jefe departamental de la Policía de León para amenazarla, solo por ser la madre de la joven universitaria.

La solidaridad de la población esteliana ha sido constante desde el arresto de Amaya, afirma su mamá, pero producto de la intimidación algunas personas tienen miedo de acercarse a su casa.

En Managua, según dijo, ha sido testigo del apoyo que reciben familiares de los detenidos durante las protestas, a quienes les dan albergue, comida o apoyo económico.

“Para quienes viven fuera de la capital, las dificultades son mayores, así como las afectaciones que la crisis ha provocado a la unidad familiar, a los estudios y a la salud mental”, describe la madre de la estudiante de medicina.

Pese a todo esto, Zamora dice que no ve con nostalgia a la Nicaragua de antes del 18 abril, porque está clara de la importancia de la causa que persigue su hija.