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El pasado 4 de agosto empezó la peor pesadilla para el ciudadano de iniciales O.A.F., de 49 años. Fue arrestado, brutalmente golpeado, amenazado y humillado por su decisión de protestar contra el Gobierno durante la jornada de manifestaciones iniciada en abril.

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Él fue testigo de las agresiones contra jóvenes y adultos mayores que se manifestaron en rechazo a las reformas a la seguridad social. “La tristeza y la indignación me invadió al ver cómo los trabajadores de la Alcaldía de Masaya, junto a la Juventud Sandinista, golpeaban a los manifestantes. Desde entonces hasta mi captura, participé en las manifestaciones pacíficas”, relata a El Nuevo Diario el exreo.

Hablamos con él en su casa, una conversación que está grabada, pero nos pidió solo mencionar sus iniciales porque tiene miedo; cree que lo dejaron libre por una confusión. ¿O sería porque trabajaba con una empresa de vigilancia vinculada al Gobierno?

Afirma que su participación activa en las protestas terminó el 4 de agosto. Ese día, frente al parque San Miguel, de Masaya, los agentes de la policía le demostraron el calvario que le esperaba dentro de las celdas de la estación policial del municipio.

“Me detuvieron cuando participaba de una marcha por la libertad de los presos, sin saber que después me convertiría en uno”, recuerda.

Dice que cuando estaba en la marcha empezó a gritar “No tengamos miedo”, y minutos después vio que el comisionado Ramón Avellán se bajó de su camioneta y empezó a tomar fotos con el celular.

El ex prisionero afirma que aún tiene señas en su cuerpo del maltrato recibido.

“Inmediatamente, me fijé que un grupo de agentes de la policía estaban golpeando a un muchacho y empecé a decir: ‘Déjenlo, déjenlo, no lo golpeen’. No pasaron ni dos minutos cuando siento que tengo como a 20 policías encima”, cuenta el manifestante.

El ciudadano, que ya había avanzado desde la Plaza de los Leones hasta el parque San Miguel, afirma que fue golpeado por los agentes antidisturbios con las culatas de las armas de reglamento, le dieron puntapiés, le arrebataron la bandera de Nicaragua que tenía en el cuello y lo tiraron esposado en la tina de una de las patrullas.

“En la patrulla, cuando estaba tirado boca para arriba, los policías me tiraron un radio comunicador en la boca, eso me destrozó mi labio; aún tengo esta cicatriz que necesita otra operación. También me golpearon en la columna y el pecho me quedó tan golpeado, que cuando tosía me invadía un dolor inmenso”, dice OAF.

Acusación falsa

Después de los primeros cinco días de detención, el Poder Judicial extendió orden de libertad para él, porque la Fiscalía no había ejecutado ninguna causa en contra del manifestante detenido, pero fue desatendida, el ciudadano continuó en las celdas de Masaya.

Fue hasta el día de la audiencia preliminar que conoció que se le acusaba de obstrucción de funciones de la institución policial y de amenazas contra una agente de la Policía, lo que niega rotundamente haber cometido.

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La uniformada no se presentó en ninguna de las dos primeras audiencias, pero la Fiscalía introdujo un documento afirmando que el reo, desde las celdas, amenazaba a la agente.

El ex prisionero afirma que aún tiene señas en su cuerpo del maltrato recibido.

“Me acusan de agredir a una oficial, una muchacha que, según ellos, yo la había golpeado. Casualmente, a ella la saludé durante la tercera audiencia porque no tenía ni la menor idea que era a quien supuestamente yo golpeé”, declaró O.A.F.

El defensor público que le asignaron al manifestante, le aconsejó que lo mejor era que aceptara que había cometido el delito, porque eso le permitiría aminorar la condena de 4 a 1 año y seis meses.

El reo cumplió todos los consejos de su defensor, pues, sabía que igual lo declararían culpable, aunque no lo fuera.

En las celdas de Masaya

Cuando lo llevaron a las celdas de la Policía de Masaya, el día que lo apresaron, los reos ayudaron a O.A.F., pero su calvario apenas empezaba; el manifestante, con más de 40 años de edad, siguió recibiendo golpes.

“En esas celdas me volvieron a golpear, me empezaron a torturar, me pateaban en el suelo y mi hijo, quien también fue llevado preso conmigo, fue golpeado en mi presencia y eso me destrozó de impotencia”, relata O.A.F., mientras sus manos tiemblan.

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Asegura que fue llevado a una celda muy pequeña, que los reos comunes señalan como la de castigo. “La celda era de dos metros de ancho por dos de largo, oscura, húmeda y pestilente a orines y heces fecales”, recuerda el ciudadano, quien asegura que en algún momento “los agentes obligaron a por lo menos 18 protestantes a que permanecieran en ese lugar; unos dormían sentados, otros debajo de los camarotes, y algunos estaban obligados a ocupar un lugar cerca de los agujeros que servían de inodoros”.Durante los 48 días que O.A.F. estuvo en las celdas de Masaya no tuvo atención médica, pese a que tiene problemas con los niveles de azúcar en la sangre.

El ex prisionero afirma que aún tiene señas en su cuerpo del maltrato recibido.

“En las celdas de Masaya me puse mal. En tres ocasiones me vio una persona que decía ser el médico de los presos, pero siempre me decía que no me podía dar pastillas y daba órdenes para que me llevaran a un doctor, pero nunca lo hicieron”, declara.

Los familiares del reo llevaban puntualmente las pastillas que él necesitaba para controlar su padecimiento. Sin embargo, algunas veces se las pasaban y en otras no.

El evento más peligroso que él recuerda de las celdas de Masaya, fue cuando un agente de la policía intentó controlar sus peticiones de atención médica inyectándole una dosis de insulina.

“Eso me puso peor, se me alteró la presión, me dieron náuseas y hasta ellos comentaban que me miraban grave”, denuncia.

El manifestante asegura que tuvo que lidiar con desgarradoras escenas de dolor de sus compañeros de celda.

El martirio en Granada

El 19 de septiembre, tras la sentencia judicial de culpabilidad con una pena de año y medio de prisión, O.A.F. fue trasladado al Sistema Penitenciario de Granada. 

“En Granada todo fue más duro, cuando entré al penal el alcaide me recibió con un golpe en el pecho y me dijo que yo me tenía que portar bien porque si no, tendría consecuencias con mi familia”, relata.

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Eso no fue todo, el manifestante tuvo que ver llorar a muchos compañeros de celda,  miró como tres personas murieron por falta de atención médica y la depresión en la que entraron muchos que dijeron querer ahorcarse.

En el penal de Granada eran más grandes las celdas, pero los niveles de agresión contra los manifestantes detenidos eran los mismos.

Las celdas en Granada están completamente plagadas de cucarachas y garrapatas. Los baños disponibles para los 190 reos de esa galería son únicamente dos, y hacen largas filas para usarlos.

Parte de las agresiones en el Sistema Penitenciario de Granada contra el protestante, fueron la privación de los alimentos, amenazas de muerte, empujones, no le permitieron actividades recreativas ni horas de sol. Únicamente y por orden de una sicóloga, lo dejaban visitar la capilla de la Iglesia católica esporádicamente.

Uno de los peores momentos de O.A.F. en el penal de Granada fue cuando se le zafó decir que no entendía cómo lo tenían preso siendo un extrabajador de la empresa de seguridad “El Goliat”.

“Me fue peor, me empezaron a decir que escupía en el plato que me daba de comer, pues, es una empresa del Gobierno, y procedieron a torturarme. Un sujeto alto se me paró en la punta de los pies y otros se me colgaban de las esposas, desde entonces las manos casi no las siento, me dan calambres y casi no puedo levantar los brazos”, afirma.

La liberación

El 21 de diciembre, más de mil reos fueron liberados en los diferentes penales de Nicaragua, mediante indulto o perdón que otorga el Gobierno todos los años. Entre los que serían liberados estaba O.A.F.

“Cuando llegaron a buscar a los que íbamos libres todos pensábamos que era un traslado de celdas solo le pedía a Dios que no me llevaran. Pero cuando escuchamos que necesitaban que llamáramos a nuestros familiares, comenzaron las esperanzas de libertad”, expresa.

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En esa semana, los presos fueron informados que serían liberados, los citaron a una de las celdas para que dieran sus nombres y el delito por el que pagaban una pena.

“Nos llamaron a otra celda donde pusimos en una hoja los nombres y el delito por el que estamos presos. Cuando yo dije el delito, todos se quedaron viendo y se cuestionaron entre ellos como si estuvieran pensando en que se equivocaron y comencé a pedirle a Dios que no me dejaran”, recuerda.

Entre los reos liberados, según el testimonio de O.A.F., había presos por robos, tráfico de migrantes y vendedores de drogas.

“Fui el único que salió libre confundido o camuflado, prácticamente, por el delito que ellos mismos me pusieron”, enfatiza.

En horas de la mañana del 21 de diciembre, los hombres a liberar del penal de Granada fueron sacados a la cancha, donde realizarían el acto de liberación con la firma de la orden, y fueron dejados bajo el sol durante cuatro horas.

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“Los policías hacían chistes diciendo que no aguantábamos nada de sol y que solo eso les vivíamos pidiendo”, rememora. “Después procedieron a realizar su show delante de los medios oficiales, dijeron que teníamos que dar gracias al Gobierno, porque nos estaba dando esta oportunidad de ser libres”.

“Yo solo pensaba que a mí nadie me estaba dando una oportunidad porque yo soy inocente, yo no cometí ningún delito”, indica.

Sigue encerrado

Aunque el manifestante quedó en libertad, por suerte o por confusión policial, ahora no sale de su casa, porque aún no supera el temor de ver a los agentes policiales que tanto lo torturaron en las celdas de Masaya y Granada.

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“Me la he pasado encerrado, tengo miedo al ver a la policía. Cuando pasa por la casa, que es muy seguido, pienso que me pueden llamar y volverme a echar preso, que me van a volver a inventar un delito, así como inventaron que golpeé a esa muchacha”, confiesa.

La esperanza de este exreo es “volver a recuperar la confianza, poder volver a cruzar los portones de mi casa, salir tranquilo, en paz y sin el temor de ser atacado, agarrar mi bicicleta e ir donde quiera con libertad, porque no es posible que tenga miedo de estar en mi país”.