•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Web

“Estaba desesperado, no sabía a dónde ir y decidí buscar ayuda con quienes están en la lucha pacífica contra el Gobierno nicaragüense”, dice Iván, un joven protestante de Masaya, perseguido por la Policía.

“Volver a mi casa no era una opción, entonces pedí que me llevaran a una casa de seguridad”, relata.

Alrededor de las ocho de la noche, del pasado 3 de enero, decidió buscar a un grupo de refugio porque en Masaya continuaban las redadas y todo apuntaba a que sería detenido.

La sensación de persecución y zozobra invaden a decenas de jóvenes que han buscado refugio en las casas de seguridad, ofrecidas por nicaragüenses y extranjeros que deciden arriesgarse para garantizar que los protestantes no serán apresados.

Jean Carlos López, líder estudiantil. Archivo/END

Después que el diálogo nacional con el Gobierno de Nicaragua se suspendiera sin ningún tipo de acuerdo con la oposición azul y blanco, los líderes estudiantiles, quienes ahora están en exilio o apresados, buscaron sitios para esconderse ante el incremento de los operativos policiales y parapoliciales, especialmente, luego de que las universidades fueron entregadas y los tranques desarmados a la fuerza en la llamada “Operación limpieza”.

Los universitarios, según el testimonio de miembros del Movimiento 19 de Abril, temían que sus reclamos dirigidos al gobierno, en el diálogo, los llevaran a la cárcel o a la tumba.

Las “casas de seguridad o refugio” son definidas por uno de los líderes estudiantiles como “propiedades comunes de personas cómodas que se prestan para resguardar a los perseguidos” en diferentes partes del país.

Los que una vez han decidido estar en una casa de seguridad describen su decisión como difícil y angustiante, pues no se sabe con quién y a dónde serán llevados, incluso, los nombres que manejan son seudónimos, solo deben de creer a ciegas que los van a proteger de la persecución que sufren por protestar contra el Gobierno..

Miedo a delatores

El universitario Jean Carlos López, exiliado en EEUU, quien fue parte del diálogo nacional, cuenta que cuando le tocó refugiarse en una casa de seguridad fue difícil adaptarse a los riesgos e incertidumbre que se vive en esos lugares.

López dice que uno de los principales problemas de los que se percató fue que el refugiado “no sabe el vecino que tiene, no sabes quién puede pasar cerca de la casa y pueda denunciarlo, no sabés si la persona que estaba resguardada en la misma casa era infiltrado o no”.

Además, los perseguidos albergaban temores sobre quiénes estaban a su lado y los riesgos que implicaban estar con ellos, pues en los momentos más difíciles de la crisis, entre mayo y septiembre del año pasado, las casas de seguridad permanecían abarrotadas.

“Cuando estuve en una casa de seguridad mi mayor temor era no saber con quiénes estaba habitando, cómo eso iba a repercutir en mi seguridad, no saber si los demás guardaban la información de su ubicación, este punto especialmente provocó la detención de varios, porque salían de las casas o les decían a sus familiares el lugar en que estaban, entonces se filtraba la información y los llegaban a sacar”, lamentó el líder estudiantil.

El miedo a ser capturado es solo una parte de las dificultades que se pasaban en las casas de seguridad. Cuando las propiedades estaban abarrotadas, los jóvenes tuvieron que dormir en el piso, en colchonetas, compartir esos espacios hasta con tres personas y debían esperar a que llegaran a dejarles las comidas.

Pero lo más importante para los universitarios, en ese momento, era resguardarse y no caer en las manos de la Policía y de los grupos armados no identificados.

“La ventaja principal es que tenías un lugar dónde resguardarte y que no te iban a ir a buscar, porque muchas personas no tenían dónde ir y estas casas de seguridad te dan la ventaja de tener dónde esconderte, dormir de cierta manera tranquilo y no en lugares donde correrías más peligro de ser detenido o asesinado”, apuntó López.

Los refugios no estaban siempre llenos. Según López, “todas las casas eran diferentes; algunas más cómodas que otras”.

La periodista Migueliuth Sandoval, viuda del periodista Ángel Gahona, asesinado de un disparo en la cabeza mientras transmitía las protestas sociales en Bluefields, estuvo en una casa de seguridad que no estaba llena de refugiados.

Sandoval estuvo en un refugio en Managua antes de viajar a EEUU, el pasado 16 de junio, en busca del asilo político.

La periodista describe la casa de seguridad como “un lugar muy cómodo”, donde la recibieron junto a su hija, Amanda Gahona, de 5 años, sus suegros y su hijastro.

La viuda de Gahona vivió su duelo en un hogar de seguridad donde dormía con su hija en un cuarto pequeño, en una cama unipersonal, siempre junto a su maleta de viaje por cualquier atentado.

“Esa casa en la que nos quedamos era de una familia cómoda, ahí los alimentos nunca nos faltaron porque la viuda (dueña de la casa) siempre estuvo pendiente de que la ayudante del hogar nos preparara los alimentos en tiempo y forma, para que no perdiéramos peso o no nos sintiéramos mal”, explicó Sandoval.

Amaya Coppens, líder estudiantil. Archivo/END

Aunque la familia Gahona Sandoval tenía alimentos y comodidades, el sentimiento de zozobra era el mismo.

“El ambiente era tenso, nos manteníamos en el corredor trasero de la propiedad, porque era el lugar donde nos podíamos movilizar, porque en el porche nos podían ver y darle aviso a las personas cercanas al Gobierno”, recuerda Sandoval.

Seguridad

En las propiedades que brindan refugio, según López, la seguridad “la rige el que se resguarda en ella, porque son ellos los que no tienen que decir dónde están, ni salir sin que sea necesario”.

Sandoval recuerda que fue advertida de no salir de la casa de seguridad, excepto “cuando íbamos a encomiendas muy importantes que nos ayudarían a salir del país”.

La viuda de Gahona cuenta que en una de las ocasiones que salió del refugio los dueños de la propiedad tomaron medidas estrictas de seguridad; revisaron que en la calle no hubiera vehículos parqueados, que nos los vieran subirse al carro y que no los fueran siguiendo.

Es por ello que, para ambos manifestantes y opositores al Gobierno, lo más importante en las casas de seguridad es que quienes buscan refugio cumplan con dos cosas básicas: no revelar su ubicación y no salir de la propiedad, pues advierten que cuando suceden algunas de esas dos situaciones pueden ocurrir detenciones como las que vivieron líderes estudiantiles de León, donde se dio, entre otros casos, la detención de Amaya Coppens, estudiante de quinto año de Medicina, quien fue sacada a la fuerza por sujetos armados no identificados de la propiedad donde estaba escondida, el pasado 10 de septiembre.

Sin embargo, la primera intromisión policial en las casas de seguridad se dio el pasado 19 de julio, con la detención de unos 26 jóvenes que habían participado de las protestas sociales desde la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua).

Migueliuth Sandoval explica que las casas refugios “juegan un papel muy importante en la protección de las personas, por eso es importante que esos lugares no sean revelados para que los nicaragüenses tengan un lugar seguro en el que puedan estar, para después huir de la represión”.