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Una bandera del Frente Sandinista es lo primero que se ve al entrar a la ciudad de Masaya. Hace 6 meses este municipio era el centro de fuerte protestas antigubernamentales donde se levantaron barricadas casi por todas las calles, las que la policía quitó con mucha violencia.  

En la entrada también se pueden ver policías con fusiles en mano, siempre alertas, como pendientes que algo pueda ocurrir. 

Sobre la carretera no se ve el florecimiento de negocios, como antes del estallido de las protestas. Apenas un puesto de venta de hamacas, muy populares en Masaya, se ve sobre la autopista. 

Lo que si se observa son vendedores ambulantes, apurados porque les compren las semillas de marañón, jocotes o mangos en bolsa. 

Camino al centro de la ciudad se pueden observar las calles más limpias de lo común. 

Masaya siempre ha sido una ciudad con problemas con la basura. La laguna cratérica del mismo nombre es una de las más contaminadas con desechos sólidos, plásticos, llantas, entre otros elementos, como aguas residuales. Todo por culpa de la costumbre de arrojar la basura en cualquier lugar. 

En los parques hay pocos niños y jóvenes jugando. También se pueden ver casas agujeradas por balas, como un funesto recuerdo del ataque que realizaron grupos de civiles armados y policías el año pasado, con el propósito de quitar las barricadas levantadas como forma de protesta. 

El tráfico, como de costumbre, está “pesado”, debido a la gran cantidad de vehículos y por lo estrecho de las calles. 

 

Uno de los principales templos católicos que hay al entrar al centro de Masaya es San Jerónimo, que alberga la imagen del santo patrono de este municipio. Ni siquiera la casa de la venerada imagen se salvó de los disparos, ya que en su costado norte se observan los agujeros de proyectiles. 

En una de las misas, que se oficiaba este fin de semana, llegó poca gente. Un muchacho sentado en una de las gradas de la iglesia aseguró que se siente aburrido de vivir en Masaya, donde no se siente seguro de caminar en las calles. 

Con su mirada clavada en su celular habló poco de cómo vive en una ciudad donde hubo muchos jóvenes muertos. 

“Pienso que esto poco a poco se va componiendo”, subrayó.

Las fiestas de San Jerónimo son las más largas del país, inician en septiembre y terminan en diciembre. El año pasado, contrario a la tradición, las fiestas en honor al santo se vieron mermadas en asistencia, la imagen del santo no recorrió las calles históricas ni contó con la participación del clero de la ciudad. Tampoco contaron con la imagen original, sino que algunos ciudadanos que fueron señalados como simpatizantes del gobierno, celebraron alrededor de una réplica.

Pocas ventas

El parque central de Masaya se mantiene nítido, aceptablemente limpio y bien pintado. Mucha gente transita por él, se sientan en las bancas a conversar y se aprecia uno que otro turista. 

En el parque se realizan ferias y hay una gran cantidad de vendedores ambulantes. La mayoría de los negocios están abiertos, pero no hay compradores. 

En una de las esquinas del parque una señora que vende vigorón se queja por las malas ventas y la que la escucha le da la razón. 

En uno de los tradicionales negocios de venta de vigorón y chancho con yuca, dos de los platillos típicos de Nicaragua, una joven delgada espera que alguien llegue a comprar. 

La mayoría de las mesas están sin clientes y eso que es mediodía, hora de almorzar. La joven afirma que las ventas no se han podido recuper y que apenas obtienen para pagar el alquiler del kiosko a la Alcaldía de Masaya. 

La joven vendedora no quiso decir cuánto es la cuota que paga, pero aseguró que el margen de sus ganancias es muy poco. 

Los grandes negocios sobre las principales calles de la ciudad permanecen abiertos, llenos de productos, pero vacíos por dentro de consumidores.  

Pintas borradas en Monimbó

Sobre las calles del barrio indígena Monimbó, donde ocurrieron las mayores protestas, no queda casi ni una sola pinta antigobierno. 

Las paredes de las casas donde se habían escrito, fueron pintadas o cubiertas con mezcla de cemento.   

Sin embargo, ahora hay pintas a favor del Gobierno. La casa de la doctora que asistió a los manifestantes heridos en Monimbó y que después fue ocupada por la policía, permanece cerrada. No se observa ni un solo guardia.