• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • Edición Impresa

La comunidad de refugiados nicaragüenses que han llegado a Costa Rica en los últimos meses, a raíz del estallido sociopolítico que ocurrió el 18 de abril, han tenido que pasar por muchas dificultades económicas y emocionales para sobrevivir en los diferentes refugios que les ofrece esta nación.

El Nuevo Diario visitó varios de estos lugares y pudo conversar con algunos de los estudiantes nicas, que han tenido que escapar de su país por haber participado de una u otra forma en las protestas.

Según estos jóvenes, el único delito que ellos cometieron fue pensar diferente y participar en marchas pacíficas en contra del Gobierno.

Gabriel Carrión, quien pidió que se utilizara un nombre ficticio para proteger su identidad y a quien sus amigos de refugio le apodan “La Cobra M19A”, es un ingeniero en Sistemas, graduado de la Universidad de Occidente (UDO) y el 26 de julio del año pasado entró por un punto ciego a Costa Rica, teniendo que aguantar hambre y frío por mucho tiempo.

Además de ser ingeniero, Carrión sacó una especialidad en la UNAN-León, en Base de Datos Empresarial, pero dice que desde que salió huyendo de Nicaragua, su vida ha sido un calvario en Costa Rica.

Gabriel Carrion o La Cobra M19A en un pequeno patio en la casa donde se refugia. Carlos Solís/END

Gracias a la Iglesia católica de Liberia, lo pudieron trasladar a la ciudad de Cartago, donde lo refugiaron junto a un centenar de nicaragüenses que estaban en la misma situación.

Cuando le salió su carnet de refugiado, logró conseguir trabajo en una zapatería en San José, pero su salario lo estaba gastando solo en pasaje, por lo que decidió mudarse a la capital.

Logró juntarse con otros nicaragüenses y entre todos están pagando una pequeña casa en US$200 al mes. Aunque todavía vive incómodo, su suerte ha cambiado un poco, al contrario de miles de sus compañeros que todavía no tienen dónde vivir.

“Mi vida ha sido muy trágica, porque he perdido todo: mi familia, mi trabajo, mis amigos. Lo único que pude sacar cuando me vine huyendo de Nicaragua fue un bolsito con las cosas necesarias para sobrevivir”, relató.

Según el ingeniero, el Gobierno nicaragüense lo está acusando de asesinato, terrorismo, vandalismo y golpe de Estado.

“El Gobierno me ha inventado todas esas acusaciones, nunca en mi vida le he hecho un mal a nadie. Me han inventado todas esas acusaciones por pensar diferente a ellos”, explicó.

Celeste López, otra joven nicaragüense refugiada, estaba cursando el cuarto año en la carrera de Periodismo en la Universidad de Managua. Su delito fue ayudar en una iglesia en Managua a sus compañeros de universidad, quienes fueron heridos de bala por la Policía.

Piden al Gobierno de Nicaragua que detenga la represión en contra del pueblo. Archivo/END

Dijo que tuvo que escapar por la parte trasera de la iglesia cuando la policía llegó a sacarlos por la fuerza.

Esperanza en el regreso

“El Gobierno me está acusando de terrorista cuando nunca en mi vida he tocado un arma. Una amiga fue capturada por la Policía y los parapolicías cuando se enteraron que ella estaba ayudando a los muchachos. La golpearon y la violaron, yo no quise que me pasara lo mismo y por eso tuve que huir”, relató la joven estudiante, quien cargaba una pequeña mochila negra a la hora de la entrevista.

Su nueva vida en Costa Rica la ha hecho sobreponerse a todas las adversidades. Le duele haber puesto mucho esfuerzo e invertir mucho dinero para estudiar la carrera de Periodismo, pues ahora anda huyendo y su futuro está en el limbo.

López tiene la fe en que muy pronto regresará a Nicaragua para continuar con sus estudios. Ella le pide al Gobierno de Nicaragua que detenga la represión en contra del pueblo.

El joven carpintero Santos Cruz es otro que logró conseguir su carnet de refugiado. Tiene cinco meses viviendo en Costa Rica y trabaja en construcción. Se fracturó un pie mientras huía de los parapolicías, en Nagarote.

A este joven la vida también lo ha golpeado fuerte, viviendo en el país vecino. Deambuló por varias semanas en las calles de San José hasta que pudo conectarse con otros nicas que le tendieron la mano.