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“No veo que los empresarios quieran hacer su propia negociación ni lo veo ni lo creo así; tomaron la iniciativa (de hablar con el presidente) porque obviamente son sectores o personas representativas de la sociedad, por su posición, y son quienes tenían la facilidad de acercarse al Ejecutivo”, comenta el exsacerdote Edgard Parrales, quien ocupó varios cargos en el primer gobierno del Frente Sandinista (FSLN) y representó a Nicaragua en la Organización de Estados Americanos (OEA) entre 1982 y 1986.

Sobre el diálogo nacional que está por iniciar, Parrales explica en esta entrevista que “el proceso de negociación puede durar meses, pero dentro de esos meses se pueden estar cumpliendo requisitos o exigencias planteadas por las partes, que no requieren de mayor tiempo, por ejemplo, la libertad de los presos políticos”.

¿Por qué cree que el presidente Daniel Ortega abrió de nuevo un canal para una posible negociación?

Estamos en una coyuntura muy especial. La decisión de Ortega la ligo con la visita del jefe de gabinete del secretario general de la OEA, que fue dos días antes de la entrevista con los empresarios nicaragüense, porque todo tiene una relación.

El presidente Daniel Ortega tiene un panorama adverso, que lo obliga a dialogar, afirma Edgard Parrales. Jorge Ortega/END

La visita de la OEA la solicitó el Gobierno de Nicaragua, lo cual es muy indicativo porque el Gobierno había tenido una actitud muy rígida, inflexible, respecto a la OEA. Leyendo entre líneas, si el Gobierno toma la iniciativa, esto indica que el Gobierno está en un momento de debilidad.

En mi criterio, Ortega no es una persona de diálogo, el no dialoga por convicción, él ahora está dialogando por necesidad. Si él no estuviese en esta situación, ni se le ocurriría la idea del diálogo, pero ahora tiene un panorama bien adverso que es lo que lo motiva.

Tiene sanciones del Congreso y el Ejecutivo de los Estados Unidos, que le bloquean el financiamiento internacional; está la posición del Parlamento Europeo y de la Unión Europea, que le cierra otra puerta importante si Ortega mantiene la posición que ha tenido.

La OEA pende como una espada de Damocles, por la posible aprobación de la Carta Democrática, que implicaría más sanciones económicas de los organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y posiblemente también del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE).

También está la situación en que se encuentra Nicolás Maduro, en Venezuela, que de caer del poder totalmente, el panorama para Ortega se tornaría más reducido, sumado a la crítica situación económica interna de Nicaragua. Todo eso es el motivante para que él pida un diálogo.

¿Cómo debería ser el diálogo ahora?

La palabra diálogo es muy genérica. Quiere decir intercambio entre dos partes, no necesariamente conflictivas, puede haber diálogos escritos y de otros tipos. Aquí, de lo que se va a tratar es de una negociación.

Se está preparando una negociación que es prácticamente el intercambio entre dos partes para resolver una situación conflictiva, resolver una situación en la que ha habido un desacuerdo y se busca mejorar eso. Realmente, en mayo pasado hubo una falla de método, las partes no entendieron lo que era una negociación o mediación.

Había demasiada gente de ambas partes, demasiada temática, la presencia de los medios informativos también convierte eso en un show y mucha gente trata de lucirse ante las cámaras.

La negociación tiene que ser entre pocas personas, a puerta cerrada y en todo caso, al término de cada sesión, se puede informar a los medios y al público sobre lo que se ha hablado, acordado y sobre lo que está pendiente por acordar.

Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Archivo/END

De no ser así, la cosa pierde la característica de la espontaneidad que debe haber cuando se está en una discusión, porque cada uno debe hablar con franqueza y ahí se pueden decir cosas que a alguien no le gustarán, pero si aparecen en la televisión o fotografías, entonces las personas se condicionan, cuando lo necesario es que hablen con espontaneidad, con naturalidad y que lleguen a los acuerdos debidos.

Siendo entre dos instancias, el Gobierno y otro sector del país, debería ser por parte del Gobierno unas cinco personas, no más, y de parte de la sociedad civil otras cinco personas, con sus respectivos asesores, que no intervienen, ellos están hablándole al oído, pasando papelitos, diciendo preguntá tal cosa o aceptá tal cosa, o proponele tal cosa, pero no intervienen. De esa manera la situación se pone más dinámica, más efectiva.

¿Deben permanecer las figuras de mediador, testigo y garantes?

El mediador es una figura contemplada en lo que se llama métodos alternos de solución de conflictos, que presta sus buenos oficios. Es una persona o una instancia escogida por ambas partes para que vaya conduciendo el debate, no tiene que inclinarse hacia una u otra parte, va viendo que todo proceda según lo preestablecido y que no haya uno que abuse, por ejemplo, del uso de la palabra.

Debe haber mediador y la Iglesia católica juega en este punto un papel determinante. Como el Gobierno ha manifestado su inconformidad con la actitud de ciertos obispos, entonces, una alternativa puede ser que la mediación se constituya en la persona del cardenal Leopoldo Brenes, más el cardenal de El Salvador, monseñor Gregorio Rosa Chávez, que fue el secretario de monseñor Romero, el Santo Romero, a quien el gobierno sandinista le tiene devoción.

También en entre los cardenales, como mediador debe estar el cardenal de Honduras, monseñor Óscar Rodríguez. Pueden ser tres personas inobjetables por el Gobierno y aceptadas por la oposición, hasta cierto punto, en un clima de integración religiosa centroamericana con el aval del papa Francisco.

La mediación permite que cuando hay trabazón en el diálogo, el mediador pueda, por consentimiento de ambas partes, hacer sugerencias para destrabar la negociación en un momento en el que se ve que no se avanza. Puede haber testigo, que da testimonio de lo que ahí pasó.

Su labor es confirmar lo que sucedió y cómo sucedió. No interviene en la negociación, solo está tomando nota, no necesariamente debe haber testigos, porque hay un mediador y garante.

El garante es el que tendrá su función efectiva “a posteriori”, el que va a dar garantía de que se cumplan los acuerdos, pero tampoco interviene. El garante es el que da confianza; las dos partes están pugnando, entonces escogen a una tercera persona de confianza de ambos, está ahí para asegurar que el asunto marche bien y que se cumpla con lo que se habló. El garante da confianza de que la relación que se produce va a tener los efectos previstos.

Para la negociación en Nicaragua, el garante no puede ser una instancia interna del país, porque pertenecería a una parte o a la otra. Los garantes deben ser instancias externas, supranacionales, los organismos internacionales, representantes de la OEA, ONU, Parlamento Europeo, Unión Europea y del Sistema de Integración Centroamericana (SICA).

El presidente Daniel Ortega tiene un panorama adverso, que lo obliga a dialogar, afirma Edgard Parrales. Jorge Ortega/END

Como instancias que están por encima del nivel del conflicto, en ellos se depositará la confianza de que lo acordado se cumpla y que si alguien quiere tergiversar las cosas, el garante va a decir: ‘no señor, eso no fui así. Ustedes se comprometieron a tal cosa y tienen que cumplir’.

¿Establecer plazos para lograr un acuerdo, determina el éxito en la negociación?

Debe haber una reunión previa en la que se raya el cuadro. Se establecen cuántos van a ir por cada parte, se establecen asesores, al mediador, al testigo, si lo hay, y al garante, y se establecen plazos y se acuerda por ejemplo, que esta negociación no pase de dos meses, o tres meses y que en este período deben ir definiendo soluciones para la situación del país.

Los plazos son parte de una negociación en la que se procura tener éxito, si se pasan del tiempo establecido podría hablarse de una ampliación con acuerdo mutuo, pero que también tendría un periodo de vencimiento.

El proceso de negociación puede durar meses, pero dentro de esos meses se pueden estar cumpliendo requisitos o exigencias planteadas por las partes, que no requieren de mayor tiempo, por ejemplo, la libertad de los presos políticos, a los que aún no tienen sentencia, pues, se les deja libres; y para quienes tienen ya una sentencia, se puede disponer liberarlos mediante una resolución de la Corte Suprema que declare nulos los juicios, porque en el fondo todos esos juicios son nulos.

¿El tema de los plazos es el más delicado en esta negociación?

El meollo del asunto es que en toda negociación tiene que haber “un dame que te doy”, no puede haber una negociación en la que una parte pone todas la condiciones y la otra parte las acepta todas, porque eso sería una claudicación. Cuando los japoneses se rinden ante los norteamericanos, es al navío norteamericano al que llega el almirante japonés solamente a firmar lo que el otro le estaba imponiendo, porque ahí hubo una negociación a partir de una derrota.

Ninguno puede pretender tenerlas todas de su parte, porque entonces no sería negociación. Se trata de que yo te doy esto, pero te pido tal cosa. Eso implica que alguna concesión se le tenga que hacer al señor Ortega.

Dicen que él ha pedido amnistía para él y su familia y que también se le garantice su capital. La otra parte va a decir quiero que liberés a los presos políticos, que dejes de reprimir, que dejes entrar a la gente exiliada con garantías de seguridad, que a los medios de comunicación que están se les restituyan los bienes que se les han quitado, abrir los que se han cerrado, libertad de reunión, de movilización, que se desarme a los paramilitares; todo eso sería el preámbulo de una negociación en la que se pedirá adelantar las elecciones y democratizar al país.

Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Archivo/END

El pegón está en los comicios, porque la sociedad civil pide elecciones adelantadas y Ortega dice que se queda hasta el año 2021 y ahí es donde juega su papel el tema de los plazos. Pienso que en el fondo Ortega va a pedir salvar su dinero y su pellejo; podría solicitar otras cosas, pero debemos esperar para conocer de esos otros aspectos.

¿Y si el acuerdo se atrasa?

Nicaragua, como país, no aguanta hasta el 2021 con Ortega. La situación se torna cada vez más insoportable, más allá del 2019, y si no se busca una solución pronto llegaremos a un momento en el que todos los nicaragüenses seremos perdedores.

Hay una nula inversión, cierre de empresas, menos gente cotizando al INSS, exilio, migración; habrá quienes se metan al delito y con algunos paramilitares que probablemente se nieguen a entregar las armas. Pero hay un precedente, en 1990 se dio el caso del adelanto de las elecciones y con el mismo Ortega en el poder.

Ahora, un adelanto tendría que quedarse mediante un mecanismo en el que él renuncia, su esposa renuncia y el presidente del Poder Legislativo también puede renunciar. El acuerdo de elecciones adelantadas es la primera posibilidad; con esto, Ortega tendría la posibilidad de salvar lo suyo.

Con la segunda posibilidad, que son elecciones hasta 2021, ahí no se salva nadie. Puede haber resabios de dificultades, los sectores del orteguismo que quedan, de la Juventud Sandinista, del partido sandinista, mucha de esa gente quedarían hasta cierto punto entrampados y tal vez quieran hacer asonadas, huelgas; los paramilitares, a quienes no los han desarmado completamente, algunos quizás se resistan a desarmarse y se quedarán con armas y podrían empezar a querer andar asaltando para buscar dinero, y se deberá buscar soluciones.

El meollo de la negociación es difícil, hay posiciones encontradas. Existe el aferramiento al poder que tiene Ortega; parece que sienten que el poder es cosa de ellos, de su ser personal, han llegado a ese convencimiento cuando no es así. Tienen que comprender que el ejercicio del poder no es más que un servicio a la población y deben reconocer que su tiempo se agotó, no da para más.

¿Cómo deberían prepararse los sectores para negociar con Ortega?

Los empresarios fueron los que solicitaron el diálogo y prácticamente dicen que buscan el interés más profundo de la sociedad y Ortega no se muestra renuente, quiere decir que está de acuerdo.

Eso me indica que si Ortega está anuente, es porque siente la necesidad del diálogo como una especie de compás de espera, como un punto de apoyo, como un impasse que le ayude a respirar, pero realmente está en una situación crítica.

No veo que los empresarios quieran hacer su propia negociación, ni lo veo ni lo creo así; tomaron la iniciativa porque obviamente son sectores o personas representativas de la sociedad, por su posición, y son quienes tenían la facilidad de acercarse al Ejecutivo.

Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Archivo/END

Toman la iniciativa, pero ellos mismos dicen: vinimos buscando el bien común, el bien de todos. Hacen su gestión y a partir de ahí se le tira la pelota a la mano de las organizaciones que ya existen, como la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia y también la Unión Nacional Azul y Blanco. Creo, sí, que la sociedad civil debería primero hacer una gran asamblea en la que estén todos, para que ahí mismo se discuta y se escoja a los que van a representar a la sociedad civil nicaragüenses, para lograr representatividad.

Debe haber una concertación nacional en el seno de la sociedad civil, previa a la negociación con el Gobierno, para que vayan fuertes y unidos. Que se incorpore, incluso, a los partidos políticos, a los gremios, porque esta situación de crisis va a exigir tiempo para la recuperación, sobre todo la recuperación económica que será más lenta que la política.

Hay partidos con actitudes independientes, como el Partido Conservador, el PLC, que ha perdido mucha membresía, pero todavía es un partido con fuerza, y CXL. Si seguimos en la desconfianza de unos con otros, esto no va a progresar, incluso podría pasar que el Frente Sandinista aproveche la atomización de los grupos. El Frente, como Frente, es hoy por hoy todavía el más fuerte como partido.