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La Ana Patricia Sánchez Mayorga que este miércoles regresó a casa después siete meses de encarcelamiento, no es la misma que sus parientes y vecinos conocían.

La que ellos trataron, antes del estallido social de abril del 2018, tenía trabajo, una carrera universitaria y dos hijos por cuidar. No poseía antecedentes penales y no tenía inconvenientes para estar en la acera de la casa, ni para conciliar el sueño.

En cambio, la Ana Patricia de este miércoles está más delgada, pensativa y sin conciliar el sueño, como le ocurría en la cárcel La Esperanza, en Tipitapa.

“No sé si esto real, no me adapto, siento que son gente extraña, tengo un gran vacío y una tristeza”, dice Sánchez desde su vivienda, en Managua.

Sánchez Mayorga es parte del grupo de 100 manifestantes antigubernamentales a quienes las autoridades dieron casa por cárcel este miércoles, previo a la reapertura del Diálogo Nacional que sostienen el gobierno y la Alianza Cívica por la Justicia y Democracia.

A Sánchez Mayorga los funcionarios del Sistema Penitenciario la llevaron hasta su vivienda y la entregaron a sus familiares. Tras explicar que debía permanecer en el sitio, porque está bajo la figura jurídica de casa por cárcel, se retiraron.

En la vivienda de los Sánchez el miércoles la celebración fue doble, pues no solo “liberaron” a Ana Patricia, sino que también a Johana, su otra pariente que también estaba en la cárcel La Esperanza.

Tras la algarabía por la “liberación”, en la que no faltaron lágrimas, cayó la noche, que dio cabida a los sentimientos encontrados en Ana Patricia, por el ‘mea culpa’ que le provoca estar en su casa mientras otros manifestantes continúan presos.

“Me siento moralmente mal, porque empiezo a recordar el primer día de mi detención y el último que estuve aquí. Hay una gran tristeza por la gente que sigue encerrada”, manifestó.

A Sánchez Mayorga las autoridades la detuvieron junto a su hermana Johana, el 12 de julio pasado, al culminar una multitudinaria marcha convocada por sectores de la sociedad civil.

De la calle la trasladaron directo a la Dirección de Auxilio Judicial Nacional (DAJ), en “El Chipote”, ahí la interrogaron y no pudo dormir por miedo y la incertidumbre de qué pasaría con su familia.

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Johana, su hermana y tres años menor, también pasó por lo mismo, con la salvedad de que antes de ser detenida, unos charneles le impactaron en una de sus piernas. Su versión es que un oficial disparó contra un hombre que les acompañaba, y los charneles la afectaron.

Pese a su herida, también sufrió interrogatorios y conoció lo difícil de estar en La Esperanza y el dolor que provoca estar lejos de los hijos.

“En una visita me enteré que en un canal oficialista publicaron una fotografía  de mi hija, desde que supe eso no pude dormir más, pensando que podían hacerle algo. En una visita que tuvimos de la comisión que creó el Gobierno aproveché para pedirles que me ayudaran, que no siguieran publicando la foto, pero no dejaron de hacerlo, aunque le taparon la cara”, expresó Johana Sánchez.

De la publicación de esa imagen ya han transcurrido semanas y Johana apenas tenía minutos compartidos con su hija, pero este miércoles cuando menos lo esperaba, volvió a reencontrarse con ella y el resto de la familia.

Una de las hermanas Sánchez. Orlando Valenzuela/END

“Estaba feliz por estar con ellos (familia) y de que ya no siguieran sufriendo. Mi papá estuvo hospitalizado debido a todo esto y bajó de peso, tienen tres enfermedades crónicas y mis hermanas se preocupan por nosotras. Estamos tristes también por las (prisioneras) que se quedaron y estoy con el miedo de que qué me podrá pasar. No sabemos quién está afuera y no podemos salir ni a la venta, porque no sabemos si nos pueden seguir y hacer daño”, indicó.

Johana, al igual que Ana, tampoco concilió el sueño este miércoles y la vivienda donde creció de pequeña le resulta extraña.

“Me logré acostar a las una, pero desperté a las cinco. Todo esto me parece extraño, ya nada es igual, me siento tensionada y con un miedo, no sé de qué, pero el miedo ahí está. Estoy en la casa pero no puedo salir, es como estar presa y allá, afuera, no se ve paz”, confiesa.

Para Johana, la existencia aún de parapolicías y la posibilidad de que lleguen a traerla desde el Sistema Penitenciario en cualquier momento, le roban la calma.

“Estamos con ellos, pero al igual que nosotros, tienen ese miedo y esa incertidumbre”, afirma.

Insomnio

A Jonathan José López, de 19 años, el trauma generado meses de encierro y golpes, también lo tiene sin dormir. Cuando estuvo en La Modelo, según cuenta, dos custodios llegaban a la celda y le propinaban golpes, sobre todo por las noches.

No recuerda cuántas veces lo golpearon, pero asegura que fueron muchas, tantas que el miércoles por la noche, no pudo cerrar los ojos. La idea de que podrían llegar a golpearle, lo tiene enfermo.

“Llegaban y me sacaban de noche. Me pegaban en la cabeza y todo el cuerpo, son dos custodios los que hacían esto. Me siento mal porque estoy con la idea de que van a parecer, me dejaron traumado. Ahí no se puede dormir, sino son los chinches, son los zancudos”, explicó López.

El joven, condenado a 7 años de prisión por robo agravado, dijo que es inocente y que le inventaron los delitos por manifestarse. Agregó que de esas golpizas aún tiene recuerdos y mostró en sus brazos un moretón.

“En mi cabeza todavía tengo presente el día que llegaron los custodios y nos tiraron lacrimógenas y gas pimienta. No puedo dormir por estar pensando en eso, me da miedo que me vengan atraerme”, expresó.