•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Carlos Silva Rodríguez, de 43 años, conocido como “El basquetbolista” o, entre los agentes de la policía, “El castigador de árboles de vida”, aun estando en su vivienda se sigue sintiendo un “preso político”, por lo cual, en forma de protesta, continúa usando ropa azul porque considera que su libertad no es completa.

Silva Rodríguez recibió a El Nuevo Diario con una réplica del uniforme azul que se les obliga a utilizar en el penitenciario conocido como La Modelo. En los primeros minutos de la entrevista, el asedio a su casa se hizo notar, una camioneta y varios motorizados fotografiaron al vehículo de este periódico.

A Silva se le otorgó casa por cárcel el pasado 27 de febrero, junto a otros 99 reos, y estaba en prisión desde el 25 de agosto. Es administrador de empresa de profesión y basquetbolista de “hobby”, aunque su deporte favorito es el beisbol.

A pesar de la presencia de la camioneta y los motorizados, Silva continúa con su relato cuando fue detenido, acusado y condenado injustamente a dos años de prisión.

La denuncia del Ministerio Público fue interpuesta después de 55 días de encierro ilegal en las celdas de la Dirección de Auxilio Judicial, conocida como El Chipote, por delitos de obstrucción de la vía pública y exposición de personas al peligro.

Silva fue arrestado el pasado 25 de agosto a eso de las 6:00 p.m., cuando acababa de terminar de jugar un partido de basquetbol en las canchas del parque Luis Alfonso Velásquez, en Managua. 

“Cuando terminó el partido e íbamos caminando por el parqueo miré un fuerte despliegue policial en dos de las entradas, pero creí que era por la supuesta Liga por la Paz, que también se estaba realizando, pero luego vi que venían unos diez antimotines y cuatro de ellos me apuntaron con sus armas”, recordó el manifestante.

Agregó que cuando lo tiraron en la tina iba asustado porque nunca antes lo habían apresado o apuntado con un arma. Además, pormenorizó que empezó a preguntar a los agentes hacia dónde lo llevaban y por qué lo detenían, pero no recibió respuestas hasta que llegó a El Chipote. 

El basquetbolista, padre de dos jovencitas, señaló que nunca pensó que su participación en las protestas, desde el 20 abril, lo llevaran a ser apresado; sobre su acusación, aunque fue el primero en ser procesado por el derribamiento de los "árboles de la vida", revela que nunca estuvo en marchas donde botaron las famosas “arbolatas” y tampoco participó en los tranques.

Carlos Silva, mientras relataba la dura experiencia que sufrió en El Chipote. Oscar Sánchez/END

Sin embargo, tuvo que vivir el encierro en las celdas de El Chipote que hoy se reflejan en su pérdida de visión y dificultad de movilidad en la muñeca derecha de su brazo.

Desnudado y golpeado

Desde que el basquetbolista llegó a El Chipote comenzó a ser humillado, amenazado y golpeado. Silva recuerda que en cuanto lo bajaron de la patrulla, en la parte trasera de Auxilio Judicial, lo hicieron desnudarse por completo frente a unos 20 agentes de la policía, hombres y mujeres que se burlaban.

“Después que me desnudé me obligaron a correr frente a ellos, pensé que me iban a disparar por la espalda y comencé a pedirle a Dios que me protegiera. Cuando me dijeron basta, me detuve todo bañado en sudor y me llevaron a una celdita donde uno solo puede estar de pie y, por último, antes de dejarme en la celda 21, me llevaron a un cuartito donde hay un escritorio, dos sillas viejas y un cristal desde donde lo ven a uno para interrogar”, detalló Silva.

Durante el interrogatorio, que duró más de tres horas, a Silva, el inspector “Marlon”, como le dijeron que se llamaba el agente policial, le achacaba el haber tirado un “árbol de la vida”, ubicado en el sector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), mostrándole una fotografía en la que aparece encima de la estructura metálica ya apostada en el pavimento. 

Durante el interrogatorio, el basquetbolista explicó que solo se tomó la foto días después y no estuvo cuando lo derribaron, pero el inspector insistió, fue golpeado y agredido verbalmente. 

Según la policía, el nombre que usaba en su red social Facebook: “El castigador” era porque pertenecía a una banda de delincuentes que derribaban “árboles de la vida”, colocándole el sobrenombre “El castigador de árboles de la vida”. 

 Silva fue detenido, acusado y condenado injustamente a dos años de prisión. Oscar Sánchez/END

A las 10:00 p.m., en la noche de su detención, el manifestante fue llevado a la celda 21, luego de haber llorado de rabia, miedo e impotencia. El lugar era sucio, hediondo y con solo un camarote de tres literas; una sin tablas, otra solo con dos reglas de madera y la de abajo completa.

Recuerda que ahí pasó 55 días; 20 de ellos sin lavarse los dientes o cambiarse el bóxer húmedo, única prenda con que permanecía todo el día. 

Los días de terror solo eran aminorados con las pocas noticias que llegaban de fuera con la presencia de nuevos reos y con la única visita que le permitieron con su madre, hasta los 27 días de su detención.

Compartió celda con el líder universitario de León, Byron Estrada, el miembro de la Alianza Cívica y líder estudiantil  Edwin Carcache, el autoconvocado de los barrios orientales Wilmer Prado, y el manifestante Luis Miguel Díaz, de la Isla de Ometepe, en Rivas.

De las golpizas que recuerda en El Chipote está la que le dieron a sus compañeros cuando cantaban el Himno Nacional, refiere que en ese tiempo él no cantaba porque se ensimismó y deprimió pensando “en mi hija, mi esposa, mi perro, mis deudas y el dinero perdido”.

Los testigos falsos

A Silva lo llevaron a audiencia inicial hasta el 17 de octubre, luego de 55 días de detención ilegal, por supuestamente haber derribado el “chayopalo”. Asegura que lo que jamás olvidará del proceso judicial en su contra son los “testigos falsos” que declararon en su contra, sin siquiera conocerlo.

Rememora que uno de los falsos testigos era un anciano de unos 90 años que dijo venir de una “fiesta”, a eso de las 12:00 a.m., cuando vio a un grupo derribando una estructura metálica en el sector de la UNAN-Managua, entre ellos señalando a Silva vestido de short azul, casualmente, la vestimenta de la foto que le mostró el inspector al interrogarlo en El Chipote.

Agregó que, en otras de las audiencias, otro de los testigos falsos, un tipo de aspecto obeso, dijo que le había pedido C$20 en las cercanías de un tranque, cuando circulaba en una bicicleta, pero que al negarse lo amenazó detonando un mortero, acusándolo de producirle afectaciones a su salud por supuestamente padecer de azúcar.

Palizas en el penal

De toda la dura experiencia de encarcelamiento, lo único que rescata el basquetbolista es la hermandad entre reos, pues denunció que aunque en el penal las cosas “eran mejor en cuanto a espacio y apariencia”, las golpizas y amenazas eran las mismas. 

Silva indica que estuvo presente en las cuatro golpizas sufridas por los presos políticos, una de estas fue en las galerías 16-1 y 16-2 ell 31 de diciembre de 2018, únicamente por entonar las notas del Himno Nacional. 

Carlos Silva. Oscar Sánchez/END

En resistencia 

Carlos Silva afirmó estar fuera de la cárcel en resistencia y dijo tener fe de que “esto va a terminar porque no hay mal que dure 100 años”. Asimismo, dice que defraudó a sus compañeros de celda porque “no sabíamos que era casa por cárcel y creíamos que nos irían liberando a todos, si lo hemos sabido no nos hubiéramos venido”.

Ahora, desde su casa, el basquetbolista cada vez que come o se toma una bebida bien helada recuerda a sus compañeros y se pone a llorar, porque sabe cuánto anhelaban estando encarcelados tomar algo frío y comer en tranquilidad.