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Hace casi once meses, doña Lizeth Dávila vio interrumpida la normalidad de su vida familiar cuando vio el video de su hijo, de apenas 15 años, ahogándose en su propia sangre por el disparo de un francotirador que recibió en el cuello.

El adolescente pasaba agua a los estudiantes que protestaban en el sector de la Universidad de Ingeniería, durante un enfrentamiento con la Policía Nacional.

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Hoy, su hijo es un héroe para muchos, un niño mártir de las protestas de abril y símbolo de lucha contra el gobierno. Su rostro es ícono y hasta en su escuela le han levantado un monumento.

Sin embargo, para la madre sigue siendo el niño que la llenó de ilusiones y cuya ausencia es el golpe más grande que ha sufrido en la vida.

“Mi duelo ha sido difícil. Siento que tengo el mismo dolor desde el primer día y después de casi once meses, mi hijo me hace la misma falta, es más, siento que cada día me hace más falta. Al inicio me hacía la idea de que andaba de paseo o donde un familiar, o en cuestiones de clase, pero hoy en día estoy cayendo a la realidad de que no lo voy a volver a ver”, comparte.

Aunque al inicio se mostraba fuerte, no pudo evitar que su voz se quebrara cuando recordó que Álvaro siempre fue un niño bondadoso, de manera especial resaltó que a su hermana nunca la llamó por su nombre, solo le decía hermanita, su pipe, al igual que a su hermano menor.

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“Cuidaba a sus hermanitos y en la escuela, como era ducho en matemática, física y química, cuando los compañeros tenían dificultad con esas asignaturas se reunía con ellos antes de que empezaran las clases para explicarles”, recuerda.

“Mi hijo quería ser bombero –señala visiblemente afectada- y le pregunté por qué, pues no tienen ni salario, y él me respondió que porque si se está quemando alguien hay que buscar cómo auxiliarlo”.

En su proceso de duelo, Dávila ha encontrado cierto consuelo en acudir con regularidad a su tumba.  “Ahí uno se siente acompañada, en ese momento platica, yo me siento bien cuando voy al cementerio”, confiesa la mamá de Alvarito Conrado, como le llaman cariñosamente al adolescente en Nicaragua.

LA PÉRDIDA

En la Revista Internacional de Psicoanálisis Aperturas, se plantea que el duelo de una madre por su hijo se encuentra entre los duelos especiales y refieren que hay palabras como “viudo” o “viuda” que designan a aquel que sobrevive a un cónyuge; o “huérfano”, a quien ha perdido tempranamente a un padre.

Sin embargo, no existe nominación alguna para quien ha perdido a un hijo.

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Asimismo, sugieren que la muerte de un hijo produce una abrupta ruptura de la idea de la “inmortalidad del yo” y de la “continuidad generacional”.

Se desgarra la vida porque se coló definitivamente la muerte. No se puede aceptar haber sido padre como algo efímero; es decir, asumir la destitución de ser padre.

El psicólogo clínico Yamil Cajina dijo a El Nuevo Diario que el duelo ante la pérdida de un hijo implica un dolor que solo la madre puede entender, aunque otros pueden sufrir por la muerte pero en intensidad diferente.

En cuanto al tiempo que se puede sufrir un duelo así, Cajina fue claro al manifestar que “el dolor por esta pérdida difícilmente va a desaparecer: hay madres que aún cargan el duelo por la muerte de un hijo en la década de los 80”.

Sin embargo, recomienda que se haga un trabajo de adaptación “que ayude a tener un equilibrio, un balance emocional personal, familiar y social, para que ellas puedan aún con la tristeza de la pérdida tener una adaptación que les permita convivir con el dolor. No se trata de acostumbrarse, sino de adaptarse a esta pérdida, porque ahora las cosas son diferentes: falta alguien, falta un hijo”.

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Cajina asegura que es necesario vivir el duelo, así como es normal sentir tristeza, pero también es importante poco a poco ir aceptando la pérdida para integrar las emociones.

“En el caso particular de las madres que perdieron a sus hijos en las protestas surgidas en abril, sería muy bueno un acompañamiento espiritual, porque por la pérdida repentina vivieron un shock que les sume en depresión, crea inestabilidad y obviamente un trauma”, apunta.

Nicole Louraux, en su libro “Madres en duelo”, plantea cómo de Atenas a Roma y de Shakespeare a Freud, el exceso de dolor de una madre atemoriza, porque pide justicia, reclama explicaciones y también puede clamar venganza.

DOBLE DOLOR

“Cuando mis otros hijos entraron a clases, tanto su papá como yo comprábamos los útiles escolares y nos pusimos tristes porque recordamos que este año hubiera sido el último de Álvaro en el colegio; uno lo recuerda en cada momento y en cada situación de la vida diaria. Con él hasta ya estábamos pensando qué iba a estudiar. Me decía que tenía dos opciones, leyes y contaduría pública, y yo le decía que iba a ser excelente abogado porque defendía su manera de pensar a costa de todo”, relata la mamá del joven mártir.

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Para Lizeth, quien forma parte del grupo de Madres de Abril, la forma en que su hijo y los de las otras madres fueron asesinados abre una herida mucho más difícil de sanar.

“Si la muerte de mi hijo hubiera sido de manera natural, que se te va porque así tenía que ser, lo aceptás, no es que no duela, pero no podías hacer nada para evitarlo, pero cuando es así, de una manera brutal, inhumana, es más duro, porque además de la pérdida te toca seguir luchando contra un enemigo poderoso”, asegura Dávila.

PERIPLO POR JUSTICIA

En medio de esa búsqueda de alivio, esta madre le prometió a su hijo que va a llegar hasta las últimas consecuencias y le pide a Dios fuerza y salud para enfrentarse a todo lo que sea necesario.

“Tengo fe en Dios de que habrá justicia y estoy segura de que eso dependerá de la lucha que hagamos todas las madres a las que nos dejaron sin nuestros hijos”, prosiguió.

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“Mi duelo ha sido un proceso duro, un cambio brusco, algo que no lo esperábamos, después de diez meses, casi los once, seguimos exigiendo justicia, viendo que el Gobierno no ha aceptado la culpabilidad en el asesinato de mi hijo y de todos los que mandó a reprimir, no hay voluntad política de llevar una solución al país y menos de hacer justicia, porque asesinó a nuestros hijos y de manera indirecta a los presos políticos los está matando”, dijo Lizeth Dávila.

Esta madre, cuyas lágrimas no dejan de escurrirse, dice sentir “tanto odio hacia el Gobierno como hacia la persona que le disparó a mi hijo, porque sé que esa persona sabía que disparaba para matar, frustraron su vida de forma tan perversa y hasta ahí llegaron todos sus proyectos, no lo veo justo”.

Padres de Álvaro Conrado develan monumento en honor a su hijo. Foto: Bismarck Picado/END

“No lo voy a superar y este dolor me lo voy a llevar a la tumba y todavía me toca ver el descaro del Gobierno y el cinismo de la Sonia Castro. La verdad está de nuestra parte, pero como ellos controlan todos los poderes nos quieren hacer quedar como mentirosos, pero tenemos el informe del GIEI que es una verdad escrita con la que vamos a recurrir a instancias internacionales en busca de justicia, porque en Nicaragua no la hallaremos mientras ellos sigan en el poder”, apuntó.

“El de nuestros hijos es un doble asesinato, porque los casos están engavetados, lo tiene en sus manos los Poderes y el que mueva una tecla por la justicia pierde con el Gobierno, exigimos llevarlos a Corte Internacional”, finalizó.

Por la crisis en Nicaragua se contabilizan al menos 325 personas muertas de forma violenta y un número no precisado de heridos.