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Maudiel Molina está esposado de pies, manos y torso en un avión que lo trae de Estados Unidos a Nicaragua. El angustiante sonido de las cadenas y la posición inmóvil en la que lo llevan son, ahora mismo, sus preocupaciones menos importantes.

A este hombre de 53 años lo atormentan tres cosas mientras comparte el avión con 89 compatriotas también esposados. Primero: ¿Lo llevarán a la cárcel El Chipote al aterrizar en Managua? Segundo: ¿Cómo podrá alimentar a su familia, si no tiene trabajo? Tercero: ¿Existe en este mundo una forma para olvidar el trauma de ser perseguido, arrestado, enjuiciado y deportado de Estados Unidos?

En noviembre de 2018, Molina puso en su billetera los únicos 200 dólares que tenía y abandonó Nicaragua, persiguiendo el “sueño americano”.

Maudiel Molina llora cuando relata lo que sufrió, al buscar el “sueño americano”. Óscar Sánchez/END

“Me fui en búsqueda de una mejoría, porque la economía de este país está bastante baja, a uno no le dan trabajo. El Gobierno da trabajo a quienes ellos ven conveniente, por eso tuve que marcharme hacia Estados Unidos, saltando países de Centroamérica”, relata este hombre.

Los 200 dólares con los que Molina pensaba viajar de Nicaragua a Estados Unidos, pasando por Honduras, El Salvador, Guatemala y México, en realidad no le duraron mucho.

Dice que en El Salvador un policía le “pidió” 50 dólares o, en cambio, lo iba a denunciar como migrante ilegal. Cuando logró llegar a México, tuvo que pedir limosna para sobrevivir, porque el dinero se le había acabado en Guatemala.

En Managua, Molina era vendedor ambulante de bolsas de empaque, hasta que la crisis que estalló en abril del año pasado en Nicaragua lo dejó sin trabajo, y optó por irse, para mantener a su esposa y tres hijos, incluido un menor de edad.

Miedo

En su casa en Sabana Grande, Managua, tras ser deportado, Molina refleja sufrimiento. Cuando cuenta lo ocurrido, este hombre llora y se ahoga. Las palabras se le van acabando con cada recuerdo.

El temor es por las persecuciones que sufrió, por las amenazas, por ver de cerca la muerte y por sentir hambre, todo al mismo tiempo.

“Hay que tener cuidado al cruzar, porque hay muchos criminales, mucha mafia, como los Zetas, ellos lo esperan a uno en la frontera (entre México y Estados Unidos) y si uno no lleva una clave, lo desaparecen, hay que llevar dinero para pagarles”, explicó Molina.

Él evitó a los Zetas y tomó un camino diferente. “Busqué para pasar un lugar que era un poco más sano, entre Acuña y Piedras Negras, fronterizo con Estados Unidos”.

Antes, Molina tuvo que conocer en El Salvador a unos agentes que se transportaban en una patrulla y lo bajaron de un bus, para pedirle todo el dinero que llevaba.

“Me preguntaron cuánto llevaba de dinero, me pedían mi billetera para quitarme los únicos 200 dólares que llevaba, el policía comenzó a revisarla (la cartera), pero al final solo me quitó 50”, dice.

Los 50 dólares, que en ese momento eran el 25% de su riqueza, los pagó para que los agentes de El Salvador no lo denunciaran como ilegal y lo deportaran a Nicaragua.

Con solo 150 dólares en mano, el “sueño americano” de Molina seguía más o menos vivo.

Guatemala y México

Cada paso hacia el norte le cuesta más dinero a los migrantes, quienes son estafados.

“Un hondureño en Guatemala me dijo que le diera 100 dólares para que me pudieran cruzar, pero me burló porque no fue así, desde ahí me quedé completamente sin dinero (…) eso es mampara que le hacen a uno. En Tapachula (México) los coyotes hacen que hablan por teléfono, nos meten en unas llantas de hule y nos pasan”, explica el migrante, quien aterrizó en Nicaragua el pasado 3 de abril. 

231  nicaragüenses  han sido deportados este año desde Estados Unidos. Óscar Sánchez/END

Ya sin dinero, Molina estaba sin esperanzas, hasta que descubrió que en México ser un migrante nicaragüense no es tan malo como ser un migrante hondureño.

“El nicaragüense casi no tiene problemas, pero sí los hondureños (…) Me preguntaban que si era  hondureño, porque ellos se dedicaban a meterse a las mafias, a robar, pero cuando les dije que era de Nicaragua, no hubo más problemas”, relata.

En Tapachula, en el Distrito Federal y en Monterrey, Molina sufrió los golpes más fuertes del hambre y se vio obligado a pedir limosna para garantizar su traslado hasta la frontera con Estados Unidos.

La captura

Allí, a los pies del “sueño americano”, Molina conoció a un grupo de nicaragüenses que le garantizó pasarlo por la frontera sin necesidad de pagarle a un coyote, porque ya conocían el lugar.

“Aliñé la ropa, pero ellos me compraron guantes, gorros, chaquetas, para cubrir del frío; no sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar caminando”, explica Molina.

“Nos tiramos por unos campos áridos donde hay animales muertos, terneros y vacas, aquello apestaba (…) esperábamos no encontrarnos con cadáveres de humanos, había calaveras de animales por todos lados”, describe.

Molina y los nicaragüenses caminaron como nunca, hasta llegar a un río que era fronterizo, donde esperaron un momento porque había helicópteros sobrevolando la zona.

Nadie tenía teléfono celular, porque los migrantes saben que los agentes detectan esos dispositivos mediante sensores e infrarrojos.

A este hombre de 53 años lo atormentan tres cosas mientras comparte el avión con 89 compatriotas también esposados. Óscar Sánchez/END

Los nicaragüenses pensaron que el peligro había pasado cuando ya no escuchaban los helicópteros y siguieron su paso, hasta que cruzaron un cerco de tubos, a eso de la 8:00 p.m. Allí estaba la trampa en su contra.

“Nos tiramos un cerco de tubos, y al parecer hicimos contacto (con sensores), al rato ya nos estaban siguiendo. En ese momento buscamos cómo escondernos, vimos venir una patrulla por el lado del río (…)  nos tiramos a unos cañaverales, donde hasta los ojos podíamos perder si no nos cubríamos bien”, dice Molina.

Después solo recuerda que escuchaba el sonido de unas cadenas, los perros ladrando y las sirenas de las patrullas cada vez más cerca, hasta que estaban acorralados.

“Nos tiraron a los perros, en ese momento, el muchacho que decía conocer la zona metió la  pierna en un hueco, de no llegar la migra quizá allí hubiera quedado él (muerto)”, reflexiona.

En su casa en Sabana Grande, Managua, tras ser deportado, Molina refleja sufrimiento. Archivo/END

Cuartos fríos

A los migrantes se los llevaron a Texas, a una cárcel conocida como Las Hieleras.

“Nos decían que de dónde éramos, que por qué llegábamos a ese país, nos botaron todo, solo el pasaporte nos dejaban (…) mientras pasaba todo eso a uno lo meten a una hielera (cuarto frío), a un volumen de congelamiento. Solo nos pasaban unas cobijas como desechables, ahí nos tuvieron como una semana, día y noche en camas de concreto”, recuerda.

Mientras estuvo detenido, Molina pasó por varias cárceles y lo llevaron frente a un juez en dos ocasiones.

El primer juicio era por el delito del “Perdón del río” y el otro era para decidir si podía permanecer en Estados Unidos, algo que le negaron por haber cometido la infracción de ingresar ilegalmente.

“A mí me tienen allí tres meses esperando, trasladándome de cárcel en cárcel, visité 7 cárceles en Estados Unidos (…) estuve en una cárcel criminal, donde solo los de máxima seguridad están, como que si uno fuera un delincuente”, reprocha.

Un regreso atado

La pesadilla llegó a su fin el 3 de abril, cuando lo esposaron y pusieron en un avión para mandarlo a Nicaragua.

“Hay marcas en las manos (dice con lágrimas). Directamente son cosas que uno pasa, a ellos no les importa nada, nunca en mi vida pensé vivir algo así, me tocó la mala suerte de caer y me deportaron (…) yo no era ningún delincuente, solo buscaba una manera de sobrevivir en otro lugar que no era mi país”, se consuela.

Ahora, con camiseta, gorra del LA Galaxy, jean, tenis y un bolso, Molina sabe que ya no tiene una preocupación: Cuando aterrizó en Managua no lo llevaron a la cárcel El Chipote.

De las otras dos se va encargando poco a poco: Sabe que debe garantizar el alimento para su familia y que algún día podrá convivir con el tormento que vivió siguiendo el “sueño americano”.

La primera impresión de regreso en Nicaragua

Cuando Maudiel Molina por fin bajó del avión en el que lo llevaban esposado, lo primero que vio en Managua lo golpeó: muchos agentes policiales armados.

“El montón de armados con AK, como que si iban a disparar, microbuses llenos de policías; ellos creen que porque uno se va a buscar vida a cualquier país es contrario (al Gobierno) y no es así, uno busca la manera de sobrevivir”, explica.

De Estados Unidos, lo único que Molina logró traer a Nicaragua es dolor, desgaste físico, pocas ilusiones y un bolso con ropa que personas de buena voluntad dejaban para los reos en las cárceles.

“A la mano de Dios esperamos que las cosas vayan cambiando, que tengamos empleo y que haya un progreso (…) pero, por lástima estamos atados”, dice este hombre con mirada angustiada.

Dentro de todo el drama, a Molina hay un capítulo que lo tocó con más fuerza.

Dice que cuando estaba en Nicaragua, llamó a unos familiares que viven en Estados Unidos, en búsqueda de apoyo y en un primer momento le garantizaron ayuda,

“pero cuando ya estaba en México y me contacté con ellos, me dijeron que no los involucrara”, lamenta.

El capítulo estaba cerrado.