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Con los primeros rayos del sol también llegaron los primeros disparos a Diriamba, Carazo, el 8 de julio del año pasado.

Las barricadas levantadas por los protestantes por toda la ciudad eran tumbadas una a una por parapolicías armados que ejecutaban la denominada “operación limpieza”, dejando a su paso cadáveres, heridos y miedo, mucho miedo.

A las seis de la mañana, las campanas de la Basílica Menor de San Sebastián empezaron a sonar como un grito desesperado que se expandía por toda la ciudad. 9 personas se encontraban en su interior y allí permanecieron atrapadas durante 36 horas, bajo el asedio de parapolicías. Sin agua, sin luz, sin comida y sin esperanzas.

Morir, sufrir torturas o ser trasladados a un lugar donde nadie diera cuenta de ellos son los escenarios que imaginaron algunos de los que permanecieron en el templo dedicado al mártir San Sebastián.

“En la iglesia estaba instalado el puesto médico. Lo único que teníamos allí eran vendas, suero y material de primeros auxilios y eso se puede ver en todos los videos del día en que los paramilitares entraron. Quedamos secuestradas 9 personas. Entre nosotros estaban dos sacerdotes que llegaron esa mañana. Uno era Fray Carlos Torres, de la iglesia San José, y el otro el padre de Casares.  Estábamos 4 del Movimiento 19 de Abril y dos voluntarios. Nuestra  misión era ayudar a los heridos que surgieran del ataque y coordinar su traslado al hospital, en caso de ser necesario”, comentó Maricarmen, nombre ficticio de una de las integrantes del Movimiento 19 de Abril Diriamba, quien está en el exilio.

Según comentó, personas que vivían en los alrededores de Diriamba les informaron muy temprano que los parapolicías estaban entrando a la ciudad. Desde la iglesia pudieron confirmarlo cuando escucharon las detonaciones de armas por doquier.

Maricarmen revive esos momentos como una película de terror en la que era protagonista, pero no había un guión que le indicara cuál sería el desenlace.

Refiere que de arranque los parapolicías rodearon la basílica para que “nadie pudiera ir a ayudarnos. Disparaban al aire y tiraban morteros contra la puerta principal. El eco era horrible, multiplicaba por 3 el sonido. En la tarde, que fue la dichosa caravana, en la que desfilaron los paramilitares en señal de victoria, dejaron a 5 personas bien armadas cuidándonos desde cada esquina y uno de frente. No permitieron que nos llevaran comida”.

Un grupo de personas que atacó verbalmente a los sacerdotes cuando llegaron a Diriamba, el 9 de julio del año pasado. Archivo/END

“Pasamos alrededor de 36 horas encerrados. No teníamos más que café y 2 paquetes de galletas soda. De allí nos quitaron la luz, así que ya ni café podíamos beber. Las galletas no duraron ni dos horas, lo que significa que tuvimos que aguantar hambre todo ese tiempo”, apunta Maricarmen.

El puesto médico

El puesto médico estuvo activo desde el 12 de junio, día en que atacaron el tranque de Las Esquinas, en horas de la madrugada, y la zona pasó a estar bajo el control de parapolicías que amenazaban con entrar a Diriamba.

Ese día, por medio de las redes sociales, el Movimiento 19 de Abril de Diriamba empezó a solicitar material de primeros auxilios. La población se desbordó y llevó frascos de alcohol, algodón, botellas de solución salina y equipos de curación. Asimismo, médicos y enfermeras se pusieron a la orden para ayudar.

Para la noche del 12 de junio brindaron la primera atención: el joven Marcos Villalobos, de 25 años de edad, llegó con herida de bala en la tetilla izquierda, producto de un disparo recibido en la estación policial, cuando un grupo de jóvenes llegó a protestar.

Aunque recibió atención, no pudieron hacer nada para salvar su vida. Desde entonces, los miembros del Movimiento 19 de Abril de Diriamba y los voluntarios hacían turnos de día y noche por si se presentaba alguna eventualidad en aquella época de tranques.

Bombas lacrimógenas dentro del templo

Casi un mes después, aquella noche del 8 de julio, esta joven madre tenía hambre, sed y mucho miedo, encerrada en la Basílica Menor de San Sebastián.

“(También) sentía enojo e impotencia pensando que no íbamos a sobrevivir, aunque estábamos luchando por una causa justa. El domingo estábamos bastante tranquilos, en la noche teníamos miedo. No dormimos, nos tenían asediados, se metían al perímetro de la basílica, es decir, en el atrio, nos golpeaban las puertas, se burlaban de nosotros y del padre César también, aunque él no estaba allí”, recuerda Maricarmen.

Los parapolicías “gritaban ‘padre César, abra la puerta, le traemos la cena, le vamos a meter esta pistola por el…’ También decían ‘buenas noches padre César, salga y saque a esos delincuentes terroristas’".

Maricarmen refiere que en la mañana del lunes, 9 de julio, la cosa se puso peor y el temor se agudizó, porque los parapolicías llegaron a gritar que sacaran las armas e introdujeron bombas lacrimógenas con el fin de ahogarlos adentro.

Civiles armados eran transportados a Carazo en camionetas, la mañana del 8 de julio de 2018. Archivo/END

“Ellos empezaron a golpearnos las puertas tipo 7 de la mañana. Nosotros entramos en pánico y nos movimos hacia la sacristía, que es en la parte de atrás del altar mayor. Parecía que estaban viendo todos nuestros movimientos, porque quebraron una ventana y por la puerta quebrada de la sacristía nos tiraron 2 bombas lacrimógenas, justo donde estábamos. Nos metimos en la secretaría y nos habíamos salvado de tragarnos los gases, pero un grupo de paramilitares se amontonó en el portón y a los padres les dio miedo que entraran y nos mandaron para el interior de la basílica. Allí nos tragamos todo el gas, pero teníamos agua y bicarbonato y 2 de los muchachos hicieron la mezcla y nos dieron unos trapos para ponérnoslos en la cara y después nos pusimos vaselina. Eso nos ayudó muchísimo”, comenta.

Sentimientos de culpa

Engel es un joven diriambino que pertenece al Movimiento 19 de Abril Diriamba y permaneció en el puesto médico prácticamente todos los días, sin embargo, por cosas del destino, no estuvo entre los secuestrados.

“Minutos antes del ataque (del 8 de julio) yo estaba con ellos, pero tras la lluvia de mensajes y llamadas de la población alertándonos sobre el posible ataque, nos pusimos en pie para tratar de darle ritmo a la cosa. Llamamos médicos, abrimos el puesto médico y demás. En eso, yo decido ir a mi casa por ropa y cambiarme por prendas más cómodas. Segundos antes de salir de mi casa comienza el ataque y el sonido de las balas era horrible, mi familia ya no me dejó salir por miedo. Traté de convencerlos de que me dejaran ir a ayudar, que no podía dejar solo al resto del equipo y que estando en la basílica no me pasaría nada malo, porque según yo era el lugar más seguro en el que podía estar”, señala Engel.

Este joven, cuyo nombre tampoco es real, y quien también vive en el exilio, dijo que por su cabeza pasó de todo en esos dos días.

“Lo  que más me marcó el pensamiento fue la culpa, yo sentía mucha culpa. Yo me culpaba por no estar allí con ellos y sentía que los había abandonado. Sinceramente los creía muertos a todos, por los antecedentes que habían creado los asesinos, yo decía que era cuestión de tiempo que ellos entraran a la iglesia a torturarlos y matarlos. Yo me escribía con los sacerdotes, con los encargados de los organismos que defienden los derechos humanos. Yo llamé hasta el último que pude llamar para pedir ayuda”, continúa.

Asimismo, Engel dice que rogaba para que les llevaran comida, porque los muchachos atrapados le decían que no tenían nada de comer, que se estaban sintiendo mal, porque hasta el agua había escaseado.

“Cuando les cortan la luz eléctrica y cae la noche fue lo peor. Yo no comí, no dormí. Yo quería tener súper poderes o tener un ejército y poder hacer algo más. Temía más por sus vidas cuando me enviaban mensajes informándome sobre cada uno de los caídos y de los heridos. Esos fueron los peores días de mi vida hasta ahora. Sólo en ese sector de la iglesia habían quitado los servicios básicos”, recuerda.

Engel dice que los frailes franciscanos “accedieron a mi petición de llevarles comida, pero fue imposible que se acercaran a la basílica. Como a 200 metros de donde iban con la comida, los paramilitares dispararon morteros contra ellos para evitar que siguieran caminando y que la comida fuera entregada. Ellos iban con sus hábitos para que supieran que eran religiosos, pero no los respetaron”.

“Los frailes al final hasta me lloraron pidiendo disculpas, por no poder hacer más de lo que estaba en sus manos. La impotencia se sintió en su máximo esplendor”, recuerda.

El sacerdote Edwin Román, retenido dentro de la Basílica Menor de San Sebastián. Archivo/END

La salida

Maricarmen tiene grabado en su memoria que sus familiares y amigos les llamaban para informarles que la Conferencia Episcopal de Nicaragua iba rumbo a Diriamba para mediar y lograr que los dejaran salir del templo. Era la mañana del lunes, 9 de julio de 2018.

Al acercarse el mediodía, mientras ellos esperaban ser liberados, afuera de la basílica los obispos eran atacados por parapolicías y adeptos al gobierno, quienes les gritaban asesinos.

Cuando los obispos ingresaron al área de la sacristía, el grupo progobierno penetró al inmueble y al ver que los sacerdotes se plantaron en la puerta que permite el acceso a la iglesia, empezaron a agredirlos, al punto de herir a monseñor Silvio Báez.

El cardenal Leopoldo Brenes, el día en que sufrió un ataque en la Basílica Menor de San Sebastián, en Diriamba, Carazo. Archivo/END

“De pronto vimos que entraron encapuchados y mujeres enardecidas. Nosotros teníamos trajes celestes de médicos y nos cubrimos el rostro. Nos arrinconaron y comenzaron a gritarnos que éramos unas zorras, que por culpa de nosotros la ciudad estaba mal y querían agredirnos, pero tuvimos la protección de sacerdotes, de unas señoras y de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH). De no ser por ellos, quién sabe qué suerte hubiésemos corrido”, comparte.

Maricarmen expone que salieron de la basílica con gente de la CPDH.

“En ese momento empezó una Odisea de al menos tres días. Curiosamente, la Policía decía irnos resguardando mientras la gente de los Derechos Humanos nos trasladaba en una camioneta a un grupo del Movimiento. Llegados al Crucero nos encontramos a monseñor Rolando Álvarez y él hizo que pararan la camioneta. Regañó a Carmona (Marcos, de la CPDH) y le dijo que qué venía haciendo con la Policía si ellos eran los que nos estaban matando, que no se confundiera. Monseñor fue mi ídolo en ese momento”, relata Maricarmen.

Salir de Nicaragua tampoco fue fácil. Maricarmen refiere que en la frontera detuvieron a 3 miembros del grupo, porque los vieron en “actitud nerviosa”.

“Nos tuvieron retenidos 9 horas y nosotros estábamos convencidos de que nos iban a entregar a la Policía, pero gracias a Dios eso no pasó, solo fue el susto”, añade.

Cambio de vida 

Maricarmen explica que su vida y la de todos los exiliados ha dado un vuelco de 180 grados.

“Perdí mi negocio, estoy lejos de mi familia, estar en el exilio no es fácil. Jamás imaginamos que querer ayudar nos iba a salir tan caro. Venir a otro país con una mano adelante y la otra atrás, cuando allá teníamos las cosas fáciles, no es sencillo”, comparte la joven diriambina.

Además, señala que en Costa Rica están trabajando duro. Viven 6 personas en un apartamento de 2 cuartos.

“Aquí todo es diferente, empezamos de 0, durmiendo en el piso, haciendo maravillas para poder comer 3 tiempos. La vida nos ha cambiado y eso que tenemos el apoyo de nuestras familias; si no, no sé cómo hubiésemos llegado hasta donde estamos”, apunta.

Engel es un joven sensible y al preguntarle cómo le ha cambiado la vida tras haberse involucrado en el Movimiento 19 de Abril de Diriamba no pudo evitar las lágrimas.

“La verdad es que hay tristeza y hay alegría. He aprendido a valorar más la vida, sabiendo que pudimos haberla perdido en cuestión de segundos, como muchos de nuestros amigos que fueron asesinados. Ahora todo lo recuerdo con tristeza y enojo, pero a la vez con lo satisfacción de todo lo que hemos logrado. Saber que sos parte de un cambio y de que Dios te está dando una segunda oportunidad para poder seguir luchando por la justicia, por la democracia y por el futuro  no sólo de uno, sino de muchos, resulta reconfortante”, expresó.