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A  simple vista parece que todo ha vuelto a la normalidad en la ciudad de Masaya. La gente va por las calles y al llegar al parque central se encuetra con fuerzas especiales de la Policía Nacional que rondan la zona o vigilan desde la glorieta principal.

En esta ciudad hubo al menos 36 muertos durante las protestas del último año, según registros de organismos de derechos humanos; y desde abril de 2018 hay un ambiente de luto y temor que ha silenciado las marimbas, el instrumento principal de las fiestas típicas de aquí, dicen habitantes.

Fotos: Masaya y Carazo: Extrema vigilancia y pobladores con temor

César, un nombre ficticio para evitar represalias, cuenta que ha vivido en Monimbó por casi 40 años y recuerda que el 19 de abril del año pasado, cuando empezaron las manifestaciones contra el Gobierno en la ciudad, ese barrio se convirtió en el bastión de las protestas.

Afirma que varios de sus vecinos que participaron en las protestas huyeron de la ciudad y se exiliaron por temor a represalias. Actualmente, algunos pobladores afines al Gobierno se dedican a espiar y denunciar a quienes consideran opositores, por lo que la desconfianza está latente.

“Hubo una familia entera que se fue, dejaron abandonada su casa. Sé de otra que vivía ahí por la placita de Monimbó y también salió del país; esa propiedad actualmente la ocupa la policía como una especie de comando”, dice César.

“Ese día (19 de abril) los enfrentamientos empezaron en el parque central y se extendieron hasta las inmediaciones del Colegio Salesiano y la placita del barrio; ahí comenzaron a levantarse las primeras barricadas como un mecanismo de defensa ante los ataques de la policía”, recuerda.

El parque central de Masaya luce desolado. Óscar Sánchez/END

La resistencia ciudadana soportó hasta que la policía y parapolicías ejecutaron la operación limpieza, en julio de 2018, tumbando todas las barricadas y dejando muertes a su paso.

Civiles armados

Otros sitios de referencia en Masaya, como el tiangue en la placita de Monimbó, también están vigilados por la policía, y en las noches al patrullaje se suman civiles armados al servicio del Gobierno.

“Ahí todas las noches se reúnen simpatizantes del Gobierno y motorizados que después salen a recorrer las calles de la ciudad. También en el sector de las Siete Esquinas, la Barranca y el empalme de Monimbó siempre está la vigilancia policial. Este barrio ya no es igual, ha perdido la alegría”, narra César.

Everth Rodríguez, un artesano de Monimbó, dice que grupos de parapolicías realizan patrullajes por la noche y algunos vecinos le han contado que en altas horas de la noche algunos jóvenes han sido amedrentados y en ocasiones asaltados por los civiles armados.

“Pasan como a las 11:00 p.m., andan patrullando entre 10 y 20 motos, los registran y si les encuentran dinero o teléfonos, se los roban; ellos andan haciendo alarde de noche”, asegura Rodríguez, refiriéndose a los civiles armados pro- Gobierno.

El artesano dice que por la crisis ha cambiado la forma de trabajo en su taller. “No he despedido a ninguno de los muchachos que trabajan aquí, pero hemos tenido que reducir el horario; ahora solo trabajamos de martes a viernes (mediodía). También los costos de la materia prima se han incrementado”, explica.

El asedio

El padre Edwin Román, párroco de la iglesia San Miguel, afirma que todavía hay asedio contra quienes participaron en las protestas, incluso, él ha sufrido abusos de autoridad y asedio policial.

“Algunos feligreses me han contado que experimentan asedio, la policía pasa por sus casas, les toman fotos, hay jóvenes que han tenido que dejar de trabajar en zonas francas porque los siguen; muchachos que se han ido a otras ciudades”, explica Román.

En su caso, el sacerdote relata que usualmente es seguido y fotografiado por simpatizantes del Gobierno, aun durante la homilía; y cuando es detenido en su automóvil, los policías le piden sus documentos de manera prepotente.

Edwin Román. Archivo/END

“Entre 100 personas que me saludan, tal vez dos o tres personas me insultan. Si salgo a visitar a amistades, a los pocos minutos comienzan a circular motorizados por la zona. Creen que ando conspirando, pero no, ese no es mi papel”, comenta Román.

Esperan libertad

En el barrio San Juan, de Masaya, un taller de hamacas artesanales muestra los estragos de un incendio. La propiedad pertenece a la familia de Yubrank Suazo, uno de los líderes de las protestas, que está preso en la cárcel La Modelo, en Tipitapa.

La quema del taller fue un acto de represalia de simpatizantes del Gobierno, explican los vecinos. En la esquina opuesta a la vivienda, dos hombres y una mujer trabajan en la elaboración de una hamaca. Wilfredo Suazo, papá de Yubrank, dice estar esperanzado que el Gobierno cumpla los acuerdos que permitirán la liberación de los manifestantes presos.

“Esa es la esperanza de todos los padres que estamos involucrados, y en general de toda Nicaragua”, dice Suazo.