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Tiene 21 años y fue condenado a 16 años de cárcel por protestar contra el Gobierno, pero en el juzgado vio muchas anomalías cuando los acusadores trataban de probarles delitos inventados.

“La prueba de parafina dio negativo, no encontraron huellas por el delito que nos acusaban, no había fotos que nos ubicaran en el lugar de la quema… También nos acusaron de que cuando estuvimos en la casa de seguridad, nosotros salíamos a robar. Que había denuncias contra nosotros y eso no fue probado. Además, los agentes no eran congruentes en sus declaraciones y diferían en señalar a las personas y las horas”, relata Pedro Antonio Sánchez Aguilar.

¿Cómo se produjo tu captura?

Soy un sobreviviente del ataque de la policía y parapolicías a la iglesia Divina Misericordia, que está a un costado de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Pasamos momentos realmente feos. Nos quitaron la luz y disparaban desde tres costados, incluso con trazadoras. Creo que querían quemar la iglesia. Una de las trazadoras dio en la casa cural y comenzó a arder.

Ustedes salieron del templo por gestiones de la iglesia católica. ¿cuándo te capturaron?

Siete días después de salir de la UNAN, la policía llegó sorpresivamente a eso de las 6:00 a.m. a una casa de seguridad en el mercado Oriental, el 20 de julio de 2018. De ahí fuimos remitidos al Distrito I, para después llevarnos a la Dirección de Auxilio Judicial, conocida como El Chipote.

¿Cuál fue la experiencia en El Chipote?

Nos agredieron física y sicológicamente. Cuando entramos nos comenzaron a golpear. Nos llevaron a las celdas y cada quien esperaba su turno para ser interrogado. Los golpes eran por todo el cuerpo. Luego de la golpiza un oficial me llevó a un cuarto oscuro y dijo que lo esperara.

Enllavó y de inmediato sentí una patada en la costilla y luego más golpes y patadas que me dejaron en el piso. Oí que desenllavaron y regresó el oficial, me levantó preguntándome sarcásticamente por qué estaba tirado en el piso. Cuando le respondí que me habían golpeado, él me dijo que ahí no había nadie, que yo estaba quedando loco. Cuando estábamos dormidos llegaron policías, nos pusieron boca abajo a todos los que nos agarraron en el Oriental. Comenzaron a gritarnos golpistas, escoria de la sociedad, entre otras cosas. Los interrogatorios eran estándar: dónde teníamos las armas, quién era el líder, quién nos financiaba. Igual fue cuando nos trasladaron al penal de La Modelo.

¿Estaban aislados o con otras personas capturadas?

Había otros. Estaba un muchacho de Monimbó con el que fue difícil hablar. Se le miraba acurrucado como un perro con miedo, creo que estaba en shock. No hablaba, ni comía. Esto me extrañó. Al día siguiente medio habló y sonaba raro. Con el tiempo fue mejorando y logró explicarme. Me enseñó la lengua y la tenía quemada. Me dijo que le pusieron una plancha caliente en la lengua.

¿Cuáles fueron las acusaciones en tu contra?

Me acusaron por supuestamente haber incendiado el centro escolar Arlen Siu y por terrorismo. A tres compañeros los acusaron también por posesión ilegal de armas.

¿Cuando la policía los capturó en la casa de seguridad, alegó que ustedes tenían armas?

No, nada de eso. Lo que teníamos eran banderas, suministros y un mortero. Pero al momento de presentarnos nos colocaron una (arma) hechiza y una (pistola) 9 milímetros.

Iglesia Divina Misericordia. Archivo/END

¿Qué sentiste cuando el juez dijo que eras responsable de los cargos y pasarías 16 años en La Modelo?

La verdad es que mi primera reacción fue reírme. Después de tantas anomalías que vimos en los juzgados, como que la prueba de parafina dio negativo, no encontraron huellas por el delito que nos acusaban, no había fotos que nos ubicaran en el lugar de la quema y ninguno de nosotros tiene antecedentes penales. También nos acusaron de que cuando estuvimos en la casa de seguridad, nosotros salíamos a robar.

Que había denuncias contra nosotros y eso no fue probado. Además, los agentes no eran congruentes en sus declaraciones y diferían en señalar a las personas y las horas. Hasta después en La Modelo es que me puse a pensar que eran 16 años y que iba a salir a los 36, porque en ese momento tenía 20.

¿Cómo fue tu entrada al penitenciario de Tipitapa, La Modelo?

Desde la entrada, los oficiales nos dijeron que ahí pagaríamos lo que hicimos. “Aquí se van a podrir. O se pudren o salen en bolsas negras”, así nos recibieron. De hecho, en una ocasión entró un funcionario y nos dijo que si ellos querían nos podían hacer lo que quisieran y nadie podría hacer nada por nosotros. En el caso de los otros presos fue genial, nos acogieron muy bien. Ahí dentro comenzó otra lucha.

¿Por qué otra lucha?

Nos violentaban los derechos básicos, en especial el derecho a la salud, pero se justificaban diciendo que como estábamos presos no teníamos derecho a exigir nada. De hecho, desde que entramos a La Modelo comenzamos a padecer de fiebres, vómitos y defecábamos blanco y espumoso.

Era algo que se había generalizado en la galería. Como la atención médica era mala, entonces le sacábamos la esponja a las colchonetas, acostábamos a los más enfermos le echábamos agua, para bajar la fiebre que los hacía hasta convulsionar.

Se ha señalado al sistema penitenciario de que no atiende los llamados de los presos pidiendo auxilio, ¿es verdad? 

En muchas ocasiones tuvimos que golpear el portón de nuestras celdas. Algunos convulsionaban y hubo casos de preinfarto, como el de Roberto Cruz Altamirano, en el que a pesar de nuestros gritos la atención médica no llegó. A como pudimos logramos estabilizarlo con lo que se tenía a mano. En el caso de Róger Espinoza Méndez, en una ocasión en la 004 tuvimos que atenderlo nosotros. Antes de caer preso sufrió de un derrame cerebral y le dieron convulsiones. Golpeamos y gritamos, pero hasta dos horas después se aparecieron para atenderlo. Parece que creen que la gente se cura por arte de magia.

¿Estaban esperando a que el daño fuera peor o que fallecieran los enfermos?

De hecho sí, así se podría decir.

Con los reclamos, ¿cuál era la respuesta de los funcionarios?

Ahí nos dimos cuenta que ellos participaron durante el ataque a los tranques. Por reclamar la atención médica la respuesta fue que debíamos dar gracias a Dios de que ellos no nos encontraron en las barricadas, porque nos habrían pegado un tiro en la frente. Nos repitieron: ‘o se componen aquí o salen en bolsa negra’.

Se conoce de al menos tres golpizas a los presos políticos por reclamar derechos básicos…

En realidad los golpes eran siempre y por cualquier cosa. Una vez fuimos agredidos regresando de la visita conyugal. Iba a pasar una comida a los muchachos de la 001 y uno de los funcionarios me agarró del cuello, me tiró contra las verjas y como respondía a la agresión otros vinieron y me golpearon. Por un golpe en el brazo quedé con una especie de goma dura bajo la piel. A Lenín Antonio Salablanca lo golpearon bastante en la cabeza y la secuela de los golpes fue que presentó trastorno de personalidad, haciendo diferentes voces, haciendo como un viejito y otras veces hablaba como el de la película “El Padrino”. Esa vez nos golpearon a diez por querer compartir comida. Sucede que a los de la 001 les faltaba tiempo para su visita y algunos de ellos no reciben paquetería.

¿Qué sabés de las denuncias de golpizas generalizadas?

El 24 y el 31 de diciembre nos pusimos a cantar el Himno Nacional. El de la celda de enfrente me dijo que si quería escuchar una música revolucionaria y comenzó a cantar. Me puse en la escotilla (de la puerta) a escuchar y uno de los funcionarios dio un golpe que me dejó roja la cara. Ese 31 se corrió la voz que estaban golpeando a los muchachos del módulo 16, pero no fue solo con nosotros. Ese día los reos comunes habían hecho muñequitos con la cara de Daniel Ortega y los comenzaron a quemar. Los funcionarios de la cárcel corrían a la celda en donde se quemaba un muñeco para apagarlo y luego en otra celda quemaban otro muñeco y también corrían a apagarlo. Así pasaron buen rato, al menos eso fue chistoso.

¿Qué otras agresiones recordás?

Además de esa golpiza general, también estuvo la de la 001, la agresión contra nosotros de la 004 y también golpearon a los que están en otros módulos. El día que entraron con todo, nosotros estábamos aislados y solo vimos pasar a los funcionarios con estolas, escudos y las bombas de gases lacrimógenos. Una vez golpearon a los de la (galería) 300.

Al menos dos muchachos del caso UNAN-Upolifueron golpeados: Jeffrey Jarquín, de la ciudad de Bluefields, y Fredrych Castillo, de Estelí; a ellos los engrilletaron, los pusieron boca abajo y comenzaron a golpearlos.

Como su cónyuge es amiga de mi novia, le contó sobre los grandes moretones que todavía tiene visibles (Fredrych). En la 300 es que más los viven golpeando, pero eso no solo pasa con los presos políticos, también con los comunes. Los tratan igual de mal. Cuando pasa eso también protestamos y gritamos porque ellos son personas igual que nosotros. Entonces, por eso es que también ellos se solidarizan con nosotros.

Se dice que llegó la Cruz Roja Internacional, ¿pudiste ver a esta gente?

El que llegó es un señor. Nos contó que cuando preguntó dónde estaban los módulos 00 y la 300, el director del penal le dijo que ahí no existían celdas de castigo ni de aislamiento. Sucede que estas galerías están apartadas de las galerías de los comunes, sin embargo, el señor logró encontrarnos. Supuestamente estaba el compromiso de que se les permitiría atendernos, pero que no dirían nada sobre las condiciones en el penal. El señor se fue y no lo volvimos a ver.

Cuando les dijeron que algunos saldrían libre, ¿cuál fue la primera reacción?

No irnos y dejar a otros sufriendo. Pero después, analizando y viendo la situación, nosotros acordamos que nos iríamos, pero el compromiso era denunciar lo que se vivía en los penales, lo que le hacen a la gente por pedir democracia y libertad.

De la 004 salimos Pedro Antonio Sánchez, Darwin Hidalgo Pineda, William Sobalvarro Chávez y yo. Aún esperan su libertad Alejandro Arauz Cáceres, Roberto Cruz Altamirano, Róger Alexander Espinoza Méndez, Manuel Dávila Largaespada, Lenin Antonio Salablanca, Hamilton Sánchez.

Si antes de salir a las calles a protestar hubieras sabido lo que ibas a sufrir, ¿lo hubieras hecho?

A pesar de todo no me siento mal. Para ser sincero no me arrepiento de haber alzado la voz, igual que muchos nicaragüenses que exigimos los derechos que nos corresponden. Cuando me condenaron yo pensaba que otros habían muerto, así que 16 años no eran nada comparado con eso.

¿Qué pasó cuando llegaste a tu casa?

No solo mi familia; mucha gente del barrio me recibió con alegría.