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Los hombres, de rodillas, se inclinan hacia adelante hasta tocar con sus frentes el suelo alfombrado. Con los ojos cerrados, susurran una oración. Se incorporan, y se postran nuevamente. Le piden perdón a Alá. Le imploran su misericordia. Le ruegan que cuide de su familia, de su hogar. Le suplican que los mantenga protegidos de las tentaciones y del pecado.

Mientras todos se mantienen en la misma posición, uno de sus “hijos” se reclina hacia atrás, alza la vista hacia el cielo, reza por unos segundos, cierra los ojos otra vez, y se coloca las palmas de sus manos en sus orejas, como si quisiera conducir un sabio mensaje hasta sus oídos. Concentrado en la oración, se agacha de nuevo hasta sentir el soplo de su respiración sobre la alfombra. Entre los sumisos murmullos de oraciones, una voz estalla en la mezquita y declama en lengua árabe: “Oh, Alá, Dios Creador del Universo, Dios Vivo Omnipotente, cariñoso, que da bendiciones. Oh, Alá, el más justo de los justos”.

El Imán, vestido con una inmaculada túnica blanca y descalzo, se aproxima de nuevo al micrófono, y llena de aire sus pulmones. Sus plegarias resuenan como un canto desgarrado de infinito dolor. “¡Tú que respondes a los necesitados! ¡Oh, todo oyente de quien te llama! ¡Sálvanos de nuestros pecados! ¡Salva a los necesitados! ¡No hay salida para nosotros si no es contigo! ¡Ayúdanos a corregirnos a nosotros mismos!” “Y Alá dijo: Para cada enfermedad hay una cura. La cura es el arrepentimiento”.

Con la mirada hacia La Meca

Viernes 29 de mayo. Faltan pocos minutos para la una de la tarde. Mientras afuera, los cristianos dejan por un momento sus puestos de trabajo, los oficios en casa, o lo que estén haciendo, para ir a almorzar, en el salón de esta mezquita ubicada en Ciudad Jardín, en Managua, no hay otra preocupación que rendirle culto a Alá. Hombres de todas las edades y de todos los oficios, desde diplomáticos hasta taxistas, comerciantes, abogados, contadores, dueños de centros comerciales, obreros y jóvenes estudiantes, se colocan en una posición más cómoda, ahora sentados, listos para seguir escuchando las palabras de Alá en las enseñanzas de Mahoma, “el último Gran Profeta”.

El Imán hace una pausa mientras recupera la atención de todos. Del otro lado del salón, en el fondo, un hombre de barba negra fina permanece recostado, con su vista clavada en los movimientos y en las oraciones del guía. Sobre este hombre, de unos cuarenta años, descansan las miradas de los oyentes que no entienden el árabe, porque él les servirá de traductor este día. El Imán, sonriente, empieza a hablar de la divinidad de Alá, y su intérprete, nos explica de buena gana, el significado de ese canto que brota de los altoparlantes. Una vez más, como ocurrió por primera vez en el año 620 después de Cristo, en La Meca (Arabia Saudita), el Islam se ha manifestado.

Templo para el Ramadán

Fahmi M. Hassan, presidente de la Asociación Cultural Nicaragüense Islámica, y quien durante la oración se encontraba en la primera fila, nos invitó horas antes a conocer lo que será la nueva mezquita de la comunidad musulmana en Nicaragua. Los casi 200 fieles radicados en el país desean que el templo esté listo, justo para celebrar el mes del Ramadán, que de acuerdo con el ciclo lunar, este año comenzará el 20 de agosto.

Ubicado cerca de las instalaciones del Instituto Pedagógico La Salle, sobre la pista que conduce a la rotonda universitaria, se levanta el edificio cuyo diseño de las paredes y de los marcos de puertas y ventanas asemejan el palacio de un sultán. En una esquina se erige el esqueleto de lo que será un minarete, una torre desde cuya altura se realizará el llamado a la oración.

En un recorrido por la mezquita, don Fahmi nos mostró cómo estarán dispuestos los salones del templo. Una sala de espera con acogedores sillones, al cruzar la puerta principal. De inmediato, a mano derecha, una zapatera para los fieles, quienes tienen prohibido por mandato divino orar con el calzado puesto. Y siguiendo de frente, cruzando otra puerta, el salón de oración mayor, donde en un bloque de filas se colocarán los seguidores musulmanes en dirección hacia La Meca. En este caso, la vista de los creyentes estará dirigida hacia el Oriente, hacia el Este. De frente a ellos, el Imán leerá los pasajes del Sagrado Corán.

En una segunda planta, en un salón dispuesto igualmente hacia La Meca, las mujeres tendrán su espacio amplio para rezar. La explicación de don Fahmi sobre esta división entre géneros a la hora del culto, tiene algo de sensatez. “Se hace por respeto a la mujer, porque si uno está rezando, y uno ve a una mujer, ya no se va a poder concentrar en el rezo, no se va a poder concentrar en Dios, porque usted sabe que la debilidad del hombre es el dinero y la mujer. Si estuviéramos con mujeres, allí estaría el demonio metido”.

El baño de los muertos

En otros salones, en los costados en la planta baja, estarán la biblioteca, una oficina administrativa, los baños. Pero lo que más nos llama la atención es el salón donde los musulmanes bañan a sus muertos. “A un muerto, antes de enterrarlo, siempre se le baña, para que entre limpio a su tumba. Porque estará al frente de preguntas de los ángeles al momento de ser juzgado. Entonces, es para que entre, por lo menos limpio”, explica nuestro guía mientras seguimos caminando.

Luego nos encontramos con el sitio donde los hombres se tendrán que lavar desde las manos hasta los codos, el rostro, las orejas, la boca, la nariz y los pies, antes de poder rezar. Si no se hace este ritual de limpieza “entonces no sirve el rezo”. Don Fahmi se detiene en su trayecto, se voltea y nos aclara: “Uno de los principales mandatos del Islam es la higiene”. Las mujeres también tendrán estos lavatorios, pero en el otro costado del templo.

Pakistaní financia mezquita
Lo invertido hasta ahora en la construcción de la nueva mezquita musulmana se calcula en, más o menos, medio millón de dólares. Más de la mitad del costo del proyecto ha sido financiado por Yusef Mohammed, un empresario hondureño de origen pakistaní, que durante una visita a Nicaragua se hizo la pregunta: ¿Dónde es que mis hermanos rezan a Alá?

Posee negocios de zonas francas y otro tipo de compañías en Arabia Saudita, la India, Pakistán y Honduras. “Él me dijo que iba a encargarse de la mezquita, y yo le dije, bueno, muchísimas gracias, que Dios se lo pague”, relata don Fahmi.

Además del templo de rezo, un segundo edificio se está levantando allí cerca, a pocos metros, donde estarán los salones de clase de religión para los hijos de fieles, y sobre éstos, en la segunda planta, las habitaciones del profesor y del Imán.

Según don Fahmi, se tiene planeado la compra de un segundo terreno del otro lado de la calle. Allí se levantaría un club cultural musulmán, otra biblioteca, y un centro deportivo juvenil “para que nuestros muchachos no anden de arriba para abajo”.

El Islam es una religión monoteísta abrahámica. Hoy sus fieles se cuentan en unos mil 500 millones en todo el mundo, lo que lo ha convertido en una de las religiones con más profesantes.

Los musulmanes en Nicaragua son sunitas, que en esencia, se identifican así: son seguidores de la enseñanza de Mahoma al pie de la letra.

La otra corriente es la chiíta. Este término viene del árabe “bando”, y son los partidarios del primer califa Alí, yerno de Mahoma. Ellos se consideran herederos del califato islámico. No obstante, los sunitas dicen que no es así, que no es asunto de herencia o parentesco, porque Mahoma le dio responsabilidades a un amigo. Los chiítas se consideran, por esa línea, los únicos con derechos a ser gobernantes. Para los sunitas, lo importante es estar lo más cerca posible de Dios.

De acuerdo con Fahmi Hassan, la comunidad la integran nicaragüenses, pakistaníes, palestinos árabes. No hay ningún iraní entre los fieles, aunque cualquier chiíta puede llegar a orar a Dios en la mezquita.

Se han casado con mujeres nicas

“Nosotros somos una comunidad abierta. Nos mezclamos con todos. La mayoría de nosotros estamos casados con mujeres nicas”, cuenta con Fahmi, quien explica que la construcción de la nueva mezquita y del centro cultural islámico, ayudará a la comunidad a conservar su propia identidad.

En esencia, los mensajes que transmite Alá a través de su profeta Mahoma y de las escrituras del Corán, guardan muchas similitudes con la fe cristiana, la paz, el amor al prójimo, la solidaridad. Aunque conservan tradiciones particulares, como el ayuno durante los treinta días que dura el Ramadán.

“El ayuno comienza desde las cuatro de la madrugada, y termina hasta la puesta del sol. Durante ese tiempo no se tiene que tomar agua ni comer, ni fumar ni tener relaciones con mujeres, nada”, señala don Fahmi, quien resalta que igualmente se debe de procurar decencia en la manera de hablar y de actuar con la gente. “No mentir, no engañar a nadie, sobre todo esos comerciantes, porque usted sabe que viven de la mentira”, comenta con una sonrisa.

El objeto de este ayuno es purificar el cuerpo y suavizar el corazón, ya que sienten en carne propia el hambre que padecen el pobre y el hambriento.

De nuevo, en la mezquita en Ciudad Jardín, el Imán da la espalda a los devotos, y se coloca él también, con la vista hacia La Meca. Invoca otras oraciones en árabe, a la gloria del Creador, y recibe unas últimas bendiciones. A una orden del Imán, todos los devotos se postran con la frente en el suelo, y agradeciendo, susurran humildemente rezos a la misericordia de El Grande Alá. Segundos después, todos terminan de pie, se miran a sus rostros, se dan las manos y se sonríen. Alá los ha glorificado.