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Esta mañana la nicaragüense Hilda Marenco, originaria de Diriamba, Carazo, siente una paz que había perdido hace muchos años, cuando llegó indocumentada a Estados Unidos en 1999.

La historia de Marenco y su viaje a Estados Unidos empezó en 1998, cuando su esposo, Léster Marenco, dejó Nicaragua y ella estaba embarazada de su primer hijo.

La separación le afectó mucho y cuando Léster Marenco junior cumplió los 14 meses de vida, Hilda decidió que era momento de hacer maletas y encontrarse con su esposo en Estados Unidos.

Sabía que la travesía no era fácil, pero tampoco imposible. Al final, Hilda y Léster pudieron fundirse en un abrazo en suelo estadounidense en 1999. En aquel momento sintieron que el “sueño americano” empezaba a tomar forma, pero estaban equivocados.

Al inicio, la familia Marenco pudo vivir sin mayores problemas en Estados Unidos, pese a estar indocumentados.

La situación cambió cuando a Léster junior lo tenían que inscribir en la escuela.

Léster (padre) no podía ir a dejar a clase al pequeño porque tenía que trabajar y la única persona disponible era Hilda, quien tomó el riesgo de manejar todos los días para llevarlo a clases.

Recuerda que cada vez que miraba una patrulla de policía el corazón se le salía por la boca, porque conducía sin licencia.

La familia Marenco, que encabezan Hilda y Léster, junto a sus hijos, Léster junior y Crhis, en EE. UU. Carlos Solís/END

“Yo no tenía un letrero en la frente que decía que era indocumentada, pero me daba pavor ver un carro de policía, pensaba que en cualquier momento me iban a detener. Cada vez que llevaba a Lestercito a clase tenía que pararme tres cuadras antes de la escuela, porque tenía miedo que alguien me viera y me denunciara a la Policía por andar manejando sin licencia”, relata.

Hilda explica que en varias ocasiones la chocaron cuando iba a dejar a su hijo a la escuela, pero por la falta de documentos nunca pudo llevar a los culpables a una corte civil.  

“Me chocaron en tres ocasiones con daños serios al carro, mi hijo y yo. Una vez salimos bien lastimados, pero como no tenía papeles, la gente me decía que me fuera para que no me metieran presa y deportaran del país”, declara.   

Buscando trabajo

La búsqueda de trabajo era otra tortura para Marenco. Al no tener un número de seguro social que la identificara como persona viviendo legalmente en los Estados Unidos, se le hizo casi imposible conseguir empleo.

Muchas veces los trabajos disponibles eran en horario de medianoche.

La situación era tan complicada, que Hilda ni siquiera podía comprar una pastilla en una farmacia.

“Una vez me enfermé con gripe y tenía una fiebre bien alta. Me fui a la farmacia a como pude, a comprar un jarabe de Tylenol. En la farmacia me pidieron una identificación con un seguro social, pero como no tenía nada de esto, no pude comprar el jarabe para bajarme la fiebre y me tocó regresar peor de como me sentía. A punta de pañitos tibios me bajé la fiebre”, recuerda con una sonrisa.

Tras años de vivir bajo la sombra, gracias a una acción del entonces presidente, Barack Obama, finalmente logró que el gobierno federal le otorgara un perdón para obtener su tarjeta de residencia o green card.

Los Marenco sufrieron años como indocumentados en Estados Unidos, pero ahora ya tienen sus papeles en regla. Archivo/END

Pero para obtener ese documento tenía que regresar a Nicaragua a solicitar la visa estadounidense en la embajada en Managua.

A Hilda le explicaron muy claro que tenía un 50% de probabilidad de que le denegaran la visa y le impidieran entrar nuevamente a Estados Unidos por un período de 10 años, ya que había quebrantado las leyes de ese país.

Pero esta mujer quería recobrar su tranquilidad y viajó a Nicaragua, muerta de nervios.

“Por un mes no pude dormir pensando que me iban a denegar la visa. El día de la entrevista en la embajada (en Managua, primero) me atendió un nicaragüense que me cuestionó hasta lo último de mi vida. Yo pensé que ya no me iban a dar la visa, pero luego me pasó con un gringo y el señor fue muy amable y me felicitó por ser residente de los Estados Unidos. Lloré de la felicidad”, declara Marenco.

A pesar de haber obtenido la visa, todavía quedaba un obstáculo más: que en su retorno a Estados Unidos el oficial de migración admitiera la entrada a Hilda.

“Cuando el oficial de migración me revisó mis documentos una y otra vez, yo pensaba que no me iba a dejar entrar y sentía que los minutos eran eternos, sudaba por todo lados. Finalmente me quedó viendo y, sin decirme nada, me estampó mi pasaporte con el sello de admitida para vivir en los Estados Unidos”, recuerda.

Para obtener sus documentos, la familia Marenco explica que pasaron muchas angustias. La movida clave la dio el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien emitió un perdón para los indocumentados que llevaban más de 10 años en suelo norteamericano. En ese momento, Hilda Marenco gestionó sus documentos. Carlos Solís/END

Hilda dice que, de forma instantánea, ella sentía que flotaba.

“Yo tomé mi pasaporte y me fui inmediatamente de allí. Sentí que no iba tocando el piso cuando iba caminando, recuerdo que donde estaba el oficial de migración se me olvidaron unos regalos que traía para unos amigos, pero del susto que el oficial cambiara de opinión, no regresé por ellos”, detalla.

El cambio 

Ese momento es el que marcó el principio de la tranquilidad para Hilda Marenco.

Su hijo mayor, Léster Marenco junior, ahora de 21 años, también era indocumentado, pero pudo obtener un permiso de trabajo gracias al DACA (Acción diferida para los llegados en la infancia), un programa migratorio que aprobó el presidente Barack Obama en junio de 2012, para proteger a los jóvenes que llegaron con sus padres de una forma irregular.

Marenco junior, además de obtener su permiso de trabajo, se graduó con honores en la escuela Lynn English High School en 2016.

Por sus excelentes notas, primero lo enviaron a Costa Rica a representar a los Estados Unidos como embajador de la hermandad y luego ingresó a la prestigiosa Universidad estatal de Massachusetts (UMass), ubicada en Darmouth, donde obtuvo una beca para estudiar Negocios Internacionales. 

Chris Marenco es el hijo menor de la familia. Tiene 18 años y aunque él nació en los Estados Unidos por muchos años sufrió que sus parientes fuesen indocumentados.

En respuesta a ese sufrimiento, el joven siguió los pasos de su hermano.

Se convirtió en el mejor alumno de su clase de Secundaria. Por su buen rendimiento académico lo aceptaron en ocho universidades de Estados Unidos. 

El joven decidió estudiar en la prestigiosa Universidad Boston College, donde más de 30,000 personas aplicaron para ingresar a estudiar en 2019, pero solo aceptaron al 9%.

El costo para estudiar en esta prestigiosa alma mater de Boston ronda los US$76,000 al año, pero las calificaciones de Chris Marenco, quien estudiará Neurosicología, lo hicieron acreedor de una beca que le cubre el 90% de su carrera. 

“Por muchos años pasamos muchas dificultades, pero gracias a Dios hoy estamos disfrutando de nuestros frutos. Yo vine a este país buscando oportunidades y mis hijos hoy las están aprovechando. Nadie les ha regalado nada de lo que tienen. Ellos han logrado entrar a prestigiosas universidades por sus propios méritos y eso nos hace unos padres muy felices”, afirma Hilda Marenco, quien tiene planes de regresar a Nicaragua para Navidad, con toda la familia.